Por Msc. José Villarroel Yanchapaxi

El escritor y dramaturgo Albert Camus premio Nobel de Literatura 1957, en su novela La Peste, publicada en 1947,  narra  cómo Orán, ciudad entonces francesa de Argelia sucumbió a la peste en los años 40 del siglo anterior.

El personaje, un narrador anónimo recluido en un confinamiento absoluto por un tiempo indefinido que habría de durar diez meses, describe en la trama la incredulidad y la incertidumbre de sus pobladores al principio de la peste, el  aumento repentino en la tasa de fallecidos, la sensación de abandono, la angustia de futuro anticipado por el exilio doméstico de la gente separada de sus seres queridos. “Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo”, apunta Camus en su libro.

Ya en el siglo XXI, aquella realidad que creíamos lejana, llegó con el  Covid- 19, en Marzo de 2020, para alterar lo que creíamos la normalidad. La humanidad absorta se vio obligada a un confinamiento social como  medida para detener el embate de un enemigo invisible. Los gobiernos decretaron  toque de queda como si de una guerra se tratara,  estado de emergencia sanitaria y desinfección permanente,  el uso obligatorio de trajes especiales, gel,   alcohol, lavado de manos permanente y  mascarilla.

El cuasi cotidiano contacto humano que, por la vanalización de los afectos, estaba herido de muerte,  pasó a ser revalorizado, pues siguiendo a Camus: “La plaga no está hecha a la medida del hombre, es un mal sueño que tiene que pasar”. Ninguno de los líderes mundiales en su primer momento tomaron en serio la pandemia pues, exacerbados como estaban de controlar geopolíticamente sus interese personales se empecinaron en minimizarla.

El virus se expandía como una vorágine incontrolable e incontenible poniendo en jaque los sistemas sanitarios de los países del primer mundo como China, Alemania, Italia, Estados Unidos, etc. La velocidad del contagio, las muertes que superaron las estadísticas, revelaron las contradicciones del Sistema Capitalista y la dicotomía china ubicada entre el sistema político unipartidario y la diversidad económica.

En Ensayo sobre la ceguera, novela publicada en 1995 por el escritor portugués José SaramagoPremio Nobel de Literatura en 1998 en la que se narra la historia de una epidemia de ceguera repentina en una ciudad y un país desconocido, y como los ciudadanos tienen que acostumbrarse a esta nueva situación, por demás problemática, anota: “Ahora somos todos iguales ante el bien y el mal”.

Con la pandemia del Covid 19, la condición humana se vio cuestionada. La muerte por siempre aplazada (tal es la naturaleza humana) se presentificaba a la vuelta de la esquina. De ahí al distanciamiento social, a que el otro se volviera en potencial sospechoso como si fuese un apestado, un sicario de la pandemia, alteró psicológicamente a los seres humanos ya que las conductas y las formas de actuar de la así llamada normalidad ya no actuaba con los códigos que hasta ahora habían permitido las relaciones humanas, en tanto se desarrollaban alteraciones psicológicas como:  el Síndrome de la cabaña, la Antropofobia (fobia a los seres humanos), Nosecomofobia (fobia a los hospitales), el  Trastorno compulsivo por la limpieza, asociado con la Hipocondría, trastorno mental que se caracteriza por una preocupación constante y obsesiva por la propia salud y por una tendencia a exagerar los sufrimientos, que pueden ser reales o imaginarios, la ansiedad, y la depresión, etc

En el campo de la educación los efectos de la pandemia afectó a la comunidad educativa en su conjunto por motivos de las clases no presenciales y la falta de conectividad. Los maestros tuvieron que utilizar plataformas de comunicación hasta entonces desconocidos, dar contención emocional, reportar al Ministerio de educación el teletrabajo a más de informes que seguramente los burócratas no leerán. Muchos de los docentes hoy sufren estrés laboral y enfermedades asociadas como la alopesìa.

Mientras escribía este artículo recordé una frase de Camus: “No tengo ganas de morir, así que lucharé. Pero si el juego está perdido, quiero tener un buen final”.

Personalmente, el aislamiento y el distanciamiento social provocó buscar nuevas estrategias telemáticas para seguir con mi profesión de Psicólogo Clínico atendiendo de manera virtual, además de resolver el día a día como conseguir los alimentos para la subsistencia limitándome a salir a la tienda del barrio o aprovisionándome de vegetales con los campesinos de la parroquia La Merced y Alangasí, lugar de mi residencia actual.

Por otro lado había que tomar medidas de psicoseguridad echando mano de la creatividad, la lectura y la pintura, revisando tutoriales en las redes sociales para perfeccionar técnicas, ver documentales históricos o científicos y películas sobre todo del cine de oro mexicano que me evocaron la época de mi niñez y juventud.

 “El único milagro a nuestro alcance es seguir viviendo, amparar la fragilidad de la vida un día tras otro, como si fuera ella la ciega”, decía Saramago. Ahora, a puertas del nuevo año 2021 considero que el mejor regalo es gozar de buena salud y vivir a pesar de que familiares, amigos y conocidos que perecieron por la pandemia y esperar que la vacuna contra es virus sea efectiva, pues subsistir, remorir o sobrevivir, es el reto de vivir o como diría Albert Camus: “La peste no era para ellos más que un visitante desagradable que tenía que irse algún día, puesto que algún