La patética figura de Jaime Galarza en algún evento de apoyo al correismo nos ha llevado a recordar a la escritora Rosa Montero cuando habla de los llamados “intelectuales orgánicos”.  Al hablar de los escritores dice que “cuando nos arrugamos, cuando nos vendemos, somos doblemente notorios en nuestras marranadas… Todos los poderes  necesitan heraldos y voceros; todos precisan intelectuales que inventen para ellos una legitimidad histórica y una coartada moral… Los intelectuales orgánicos son, desde mi punto de vista, los peores. Son los mandarines, y ese papel tripudo de gran buda, no se ejerce impunemente. Se paga en creatividad y enjundia literaria…”.

El otrora poeta y escritor de vanguardia formó parte de ese grupo de intelectuales que involucionó hacia esa versión light de la izquierda, denominada en América Latina como progresista, que en el caso del Ecuador se ubicó en esa cosa llamada Socialismo del siglo XXI, especie de miel que atrajo a conocidos y desconocidos y que logró cooptarlos a través de reconocerlos como los pontífices del arte o de la estética, y como tales hacerse merecedores de las delicias del poder.

Llegaron a ser  ministros, viceministros, embajadores, presidentes de organizaciones viejas  y de otras nuevas, creadas para ellos. Fue una etapa de enjundia, luces, viajes, reconocimientos. Todavía recordamos los mega espectáculos, a los cuales llegaron también, quizá sin saber bien dónde ponían el pie, algunos de los cantautores, vates, teóricos insignes, llegados de Argentina y España, especialmente. Desde luego, muy bien remunerados.

Su tarea fue, como dice Iván Carvajal, desarrollar  una base teórica para  crear  “… una increíble capacidad de  ´inversión` de valores. Lo que en el pasado era heroísmo, en el correismo se llamaba terrorismo; lo que antes se llamaba levantamiento popular, en el correismo era anarquismo letal.  A los luchadores populares fácilmente se les calificaba de `tirapiedras´ o emepedistas”.  Inversión ideológica que además les permitió reconocer, emplear y homenajear  a los ex militantes de Alfaro Vive, y enjuiciar o enviar a la cárcel a los que luchaban en las calles y en los campos en defensa de sus intereses y de los derechos humanos. Los casos de inversión ideológica se sucedieron hasta después del correato, pero ahora desde el exilio y con el apoyo logístico de alguna fundación o de algún gobierno que se empecina en sostener al ídolo de barro.

Y claro, al regresar a ver lo creado estos últimos diez años, vemos soledad y esterilidad. Las loas creadas para mimar al dictador, y a veces su causa, igualmente vaga e inasible, se las ha llevado el viento. No queda nada. Ni las estatuas. La brutal corriente de la corrupción, muchas veces salpicada con correrías de estos intelectuales, terminó por destruir los falsos íconos.

Pero los hay heroicos … o miserables, dentro de ellos, como diría Montero. Algunos salieron a tiempo, otros han optado por una honorable pausa en el proceso creativo y seguramente cavilan ahora sobre la monumentalidad del proyecto derruido.

Los peores, aunque pocos, son los que se quedaron a las órdenes del ex comandante Patiño y se encuentran en la imposible tarea de darle forma política e ideológica a su Frankenstein llamado MANA, que busca legalizarse en los tribunales electorales. Pero el vocabulario lleno de exaltaciones al líder que turistea por medio mundo no se acomoda a la realidad actual. Las atroces piezas comunicacionales creadas para  burlarse de la discapacidad del gobernante o al minimizar la muerte de los periodistas resultaron como una pedrada que los descoyuntó,  y ni siquiera los desmentidos ni los escuálidos  trolls lograron rebajar la antipatía popular. Ahora se atreven a deslegitimar el trabajo sanitario que efectúa el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, transitorio.

La cantera se agotó por cuanto se cerró el grifo monetario, pero especialmente porque ya no hay como inventarse matrices productivas, talentos humanos, himnos guerreros. También se cerró la fábrica de propaganda ubicada en la SECOM  gerenciada por los Alvarados. Ya no podrá el periodista-acosador escribir toda una novela durante su viaje de regreso de Madrid a Quito. Ni siquiera a nivel internacional las cosas marchan bien puesto que se agotó el dinero o el lobbyng, y por tanto cesaron los doctorados honoris causa.

Los ex intelectuales orgánicos o se mudaron o se cambiaron de profesión.

7 V 2018