Mi primer profesor de Música fue Filemón Proaño, cuando en l948 iniciaba mis estudios en el colegio “Abelardo Moncayo” de Atuntaqui; el maestro cotacacheño  era ya septuagenario y todo un personaje en la música nacional, pues había creado el melodrama “El Príncipe Cacha”, premiado con medalla de oro en la exposición internacional de Sevilla en l930. Gran intérprete de piano y compositor, gracias a él escuché por primera vez el famoso vals “Danubio Azul”, magníficamente interpretado; pero en aquella época no alcanzamos a entender la grandeza del maestro Proaño. Luego vino Armando Hidrobo,  joven músico de la estirpe cotacacheña de los Hidrobo Cevallos, quien era popular por el paseíto el “Poncho verde”, de cuya autoría  conversábamos con él; fue un amigo más de los estudiantes.

El número de profesores de educación musical nativos de Cotacachi se multiplicaban  no solo dentro de Imbabura sino también en otras provincias del país, pues eran muy apreciados por su habilidad interpretativa. Ante la evidente falta  de estos profesionales en el país la solución recurrente siempre fue buscarlos en esta privilegiada tierra, así como también encontrar la banda de músicos  o las  orquestas para amenizar una fiesta. El prestigio musical  de Cotacachi fue siempre creciendo. ¿Pero, cuáles fueron los motivos y razones para  este singular fenómeno cultural y artístico? Buscamos en sus raíces y encontramos una apasionante historia.

JOSÉ PÁLIZ, PRIMER VIOLINISTA Y VERDADERA LEYENDA

Para hacer un perfil de la vida de este  ilustre músico más antiguo de Cotacachi, recurrimos al libro: La Música en la Provincia de Imbabura, del pionero de la investigación musical del Ecuador, Segundo Luis Moreno, publicado hace 95 años, o sea en l923, por la Tipografía y Encuadernación Salesianas. Así nos encontramos con el “Taita” José Páliz, como se lo conocía popularmente. Nació a finales del siglo XVIII, en l780 fue discípulo del músico español Nicolás N. Chávez, radicado en Otavalo, a finales de esa centuria. Bajo la dirección del maestro Chávez, José Páliz había alcanzado amplios conocimientos musicales y  la maestría que había logrado en la  interpretación del violín, su instrumentos predilecto, del cual no se separaría en toda su vida, pues aún en sus últimos años:” sentado en un sillón recibía los rayos solares en la puerta de una tienda y su violín era su compañero: tocaba el viejecito hasta quedarse dormido en el asiento”, relata Moreno.

El repertorio musical de Páliz fue muy escogido. Se dio formas para conseguir partituras de autores europeos y fue así como conoció a Haydn, Mozart, Weber y más clásicos.  Páliz, para aquella época, fue una leyenda porque interpretaba temas sinfónicos, trozos de ópera,  danzas clásicas y toda clase de contradanzas;  andantes, moderatos, meditaciones, que ejecutaba en las fiestas religiosas, amén de un sinnúmero de yaravíes.

Este patriarca de la música imbabureña murió en1890, luego de cumplir  ampliamente su  misión cultural. Trabajó sinceramente y con el entusiasmo propio de los hombres de espíritu superior, por la propagación de la música que fue el encanto de su fecunda vida. Páliz tocaba muy bien la flauta (hecha de carrizo) en las fiestas populares de  los indígenas, en San Juan, San Pedro y  de la Patrona de Cotacachi, Santa Anita, en septiembre de todos los años. Tocaba con maestría cuando los indígenas entraban a la plaza o salían de ella, pero siempre acompañados de la banda de música. De este hecho se deduce que para la época ya existían bandas que alegraban a la población y no debían ser pocos los músicos que se esmeraban en el cultivo y expansión del divino arte.

MERCEDES PÁLIZ: LA ARPISTA QUE DELEITÓ A UN PRESIDENTE DEL ECUADOR

Fue hermana menor de José, según lo anota Moreno: “Tañía el arpa con gracia y cantaba con  expresión” -y continúa: “Ataviada con sus mejores joyas salía al balcón de su casa a deleitar a sus transeúntes con las armonías de su instrumento”.  Los jóvenes acudían a escucharla y cumplimentarla, pero ella los desdeñaba;  solo aceptaba las “onzas” de oro que los ricos colombianos, comerciantes de ruanas, entusiasmados al oírla tocar y cantar, le echaban al balcón.

Siempre respaldados en las investigaciones de Moreno, consignamos el interesante dato de que cuando el presidente  José María Urbina vino a la provincia  de Imbabura quiso – antes de regresar a Quito- conocer la hermosa laguna de Cuicocha, lago-cráter situado al pie del Cotacachi. Fue  cuando Mercedes Páliz acompañó  en la embarcación a la comitiva de honor embelesando al gobernante con los melodiosos sones  de su arpa. Mercedes -como gran exponente de la música- siempre estuvo presente en los principales jubileos que durante el año se celebraban en la parroquia; y ambos hermanos con sus respectivos instrumentos contribuían al mayor esplendor y solemnidad; acompañaban con el canto  las “Tres horas” y “El descendimiento” los Viernes Santo. Esta artista vivió cerca de un siglo, pues murió en 1900.

OTROS NOMBRES, SEMILLA  Y TRADICIÓN

Apareció Páliz, hijo y  discípulo de José, era tan buen violinista como su padre, y tocaba además el clarinete, el arpa y la guitarra. Murió en el terremoto de 1868, a la edad de 75 años.

Segundo Proaño es el primer nombre con el apellido Proaño dentro de una pléyade de músicos que prestigiaron el pentagrama cotacacheño. Fue compañero de la orquesta con los Páliz  y tocaba la flauta con maestría, así como el clarinete, se distinguía por su destreza y limpieza en la ejecución, según lo afirma Moreno. Falleció en 1895, a los 75 años de edad.

José Reyes fue un otavaleño  discípulo de Rafael Chávez. Se estableció a mitad del siglo XIX en Cotacachi, donde formó su hogar y organizó una banda, pues dominaba todos los instrumentos, pero en el que más descolló fue en el requinto; pues, según la revelación de Segundo Luis Moreno: “Se ha llegado a saber que, con la constancia  propia de un verdadero carácter, pasó más de dos años haciendo ejercicios mecánicos para formar y afirmar la embocadura de su instrumento predilecto…”

NACIMIENTO DE LAS BANDAS

La banda de Reyes llegó a tener tal prestigio que una ocasión fue contratada para animar un matrimonio de una familia acomodada de Ibarra; no obstante, ya había sido contratada también la banda dirigida por Miguel Gallegos, quien al saber que vendría un grupo musical de Cotacachi lanzó un carcajada y dijo: “pobres chagras, cuando toquemos nosotros tendrán que salir corridos como perros que oyen cohetes”. Y cuál no sería la sorpresa de la gente cuando los cotacacheños comenzaron a tocar la primera pieza. Los curiosos salían de sus hogares para escuchar  según creían ellos una banda de Guayaquil, pero corrió la noticia de que era de Cotacachi la banda que con tanta precisión y limpieza ejecutaba la música. Quedaron asombrados, pero el mayormente avergonzado fue Gallegos, que hubo de abandonar el lugar:” lleno de bochorno y preso de  profundo desaliento”, como anota Moreno.

La banda de José Reyes  se ganó  un puesto de privilegio en la provincia, y sin pretenderlo, quizá, sentó un precedente positivo para la historia de la música cotacacheña.

Las bandas de música eran realmente escuelas elementales del arte, las cuales mutuamente se estimulaban en los ensayos. Los padres eran maestros de sus hijos, y ellos a la vez maestros de nuevas generaciones. Los apellidos Proaño, Moreno Andrade, Hidrobo Cevallos, Guzmán… no son sino una cadena de eslabones fuertemente unidos por sus genes y vocación que construyeron el prestigio musical de Cotacachi. Se conformaban bandas una tras de otra o en otros casos hasta dos, y entre ellas se creaba una sana competencia para alentar una superación positiva. Son proverbiales las rivalidades que se dieron entre los “Martillos” y los “Chirimoyos”  según contaban los mayores.

De las bandas salían prestigiosas orquestas que luego paseaban su arte en las fiestas populares de muchos rincones del país, o fuera de él;  tal el caso de la  “Rumba Habana”, “Bayana”, “Continental” y nombres, son dignos de mención: “Los Danys”, “Los Chagras”, “Aires de mi Tierra”, “Grupo Cotacachi”, amén de consolidados tríos como “El Rosal”, hermosos coros, dúos, o solistas que brillaban en  las fiestas. Cotacachi se dio el lujo de tener una orquesta de música de cámara, con la dirección de Gilberto Proaño Baroja y la participación de profesores del  arte musical.

El GAD de Cotacachi exhibe con orgullo el “Museo de las Culturas” (antiguo Palacio Municipal),  que tiene una sala especial dedicada a exaltar los más altos exponentes de la música cotacacheña, y otro recinto para honrar a la orquesta “Rumba Habana”, con un muestrario de su trayectoria, sus integrantes y su producción discográfica.

Hasta aquí solo hemos relatado las contribuciones de algunos personajes de la rica historia musical de Cotacachi.

 Escribe para OPCIÓN Gustavo Báez Tobar