La semana pasada, se hizo viral un video en el que, un inspector del colegio Mejía, golpeaba con un palo a estudiantes que -supuestamente- habrían incumplido unas tareas. Tras la denuncia realizada por personal del DECE del plantel, la subsecretaría inició un sumario administrativo y, como medida cautelar, dispuso la suspensión del docente implicado.

Las reacciones -a favor y en contra- no se hicieron esperar, incluso, se produjo una manifestación de estudiantes, egresados y padres de familia en respaldo al docente suspendido. Finalmente, tras una “negociación”, encabezada por las autoridades del plantel, se resolvió restituir al inspector mientras continúan las investigaciones.

Durante las protestas se produjeron incidentes, varios estudiantes fueron agredidos y detenidos por la policía. Algo que llama la atención es que, el “Mejía”, que, históricamente, ha defendido los derechos estudiantiles y del pueblo, hoy, se exprese a favor de agresiones contra estudiantes, lo que hace pensar: ¿En qué medio social se origina este pensamiento que, lastimosamente, tiene asidero entre varios sectores de jóvenes y adultos?

¿Dioselopagui amito?

Las clases dominantes, siempre han buscado imponer sus ideas para garantizar sus privilegios, sin embargo, el pueblo y la juventud han sabido resistir -en lo fundamental- y enfrentar a los gobiernos de turno. Sin embargo, el correismo se empeñó en atacar, precisamente a las formas y los instrumentos con los que, desde siempre, el pueblo y los estudiantes, han frenado los abusos de poder. ¿El resultado?: una juventud sumisa, que calla ante los abusos, que teme el castigo, que sobredimensiona la autoridad, que se somete, que “besa el látigo”.

“… Tenía que besar mano y látigo de verdugo. / “Dioselopagui, amito”, decía de dolor y de tristeza…” reza el poema “Boletin y elegía de las mitas” escrito por César Dávila Andrade, escritor, poeta y periodista ecuatoriano. La obra narra, en primera persona, los sufrimientos de los indígenas en manos de sus verdugos de turno. Al parecer, esta realidad no ha variado del todo…

Entre los defensores del inspector, se levantaban argumentos que, inevitablemente, traen a la memoria ese “ beso en la mano del verdugo y del látigo”, acompañado del “Dioselopaguiamito”, ya no como ritual forzoso, marcado por el “dolor y la tristeza”, sino, como cruda evidencia de cómo, al cabo de los años, los verdugos de turno nos han impuesto una idea de sometimiento a la autoridad, de apología al autoritarismo, de institucionalización de la violencia; por el peso de la represión, del miedo, de la costumbre.

La letra con sangre… ¿Entra?

En el Ecuador, la Constitución prohíbe cualquier forma de castigo físico y la agresión verbal, psicológica, física o sexual, dentro del sistema educativo, es considerada falta muy grave para docentes o estudiantes. Cuando se trata de vulneración de la integridad física de un menor de edad -de cualquier forma posible- y de aplicación de sanciones humillantes -venga de quien venga-, ¿Es correcto tener criterios diferenciados?, ¿La policía no debe golpear a los estudiantes, pero el profesor sí, porque “les hace bien”?

Los castigos físicos como forma de disciplinamiento educativo, surgen desde la antigüedad y, durante el medioevo fueron recomendados y normados por la iglesia; a partir del siglo XVI, psicólogos y educadores cuestionan su implementación; adicionalmente, varios estudios científicos han demostrado que, además de condicionar los actos por estímulos negativos e irracionales (No hacer algo, por miedo y no por conciencia de que no es correcto hacerlo), este tipo de castigos dejan secuelas físicas y psicológicas que acompañan al individuo toda la vida.

Sin embargo, tan solo el 12% de los país prohíben expresamente y declaran ilegal el castigo físico en instituciones educativas, en EEUU, por ejemplo, 24 estados lo permiten. En contraparte, los países que se consideran con los mejores sistemas educativos, como Islandia y Suiza, castigan severamente a los docentes agresores.

¿El burro hablando de orejas?

Los dardos se dirigen contra el Gobierno, contra el Sistema Nacional de Educación, a las autoridades que, a nombre del Estado, del Ministerio, del Distrito y demás instancias; han tenido un doble discurso, puesto que hablan de defender los derechos y la integridad de los estudiantes, pero, no han dejado de reprimir sistemáticamente a la juventud, negándoles el derecho a opinar, a organizarse, a participar en la definición de políticas educativas. El menosprecio llega al extremo de que cada expresión de reclamo de la juventud es interpretada como “manipulación”, “inconciencia”, ¿La frase de que la juventud es el presente y el futuro de la patria sólo sirve en elecciones?, ¿ Es tan malo que el estudiante “le falte el respeto al profesor” diciendo lo que piensa, lo que siente?

La realidad dista de la normativa: Entre el 2014 y 2017, se registran 818 denuncias de agresión sexual cometidas en instituciones educativas; se calcula que, solo en tres años, 639 estudiantes han sido sancionados, en lo fundamental, por motivos políticos, por resistirse ante abusos de autoridad. En el caso del propio colegio “Mejía”, permanecen en la memoria colectiva, casos tan aberrantes como el de Javier Gallardo que perdió un ojo, Edison Cosíos que permanece en estado vegetativo, de los 52 estudiantes que fueron torturados, permanecieron detenidos hasta por un mes y fueron reubicados a otros planteles.

Esta ocasión no fue la excepción: Ayer, los estudiantes cerraron las calles y la policía respondió con violencia, golpeando y deteniendo a estudiantes indefensos para “salvaguardar su integridad”; quizás lo diferente es que, por sus intereses, esta vez, no estaban los inspectores, en calidad de “chapas” golpeando, amenazando e insultando a los jóvenes que se enfrentaban al gobierno contra el alza del azúcar y la leche; contra el bachillerato improvisado; contra el alza de pasajes o en solidaridad con sus compañeros reprimidos.

“Aquí estoy, ¡Aquí estamos!”

No es cualquier violencia la que nos han impuesto, con leyes, instituciones y armas; en las aulas, desde el Ministerio hasta los Rectores, Inspectores y algunos docentes retrógradas y serviles; es la violencia reaccionaria, la que se ejerce desde el poder, desde el estado, la que busca mantener el status quo, la que busca frenar el espíritu transformador de los pueblos, atemorizar y desarmar a la juventud. Ese es, en esencia, el discurso del famoso “Estado de derecho”: El monopolio de la violencia en manos del estado, para enfrentar a un supuesto “enemigo interno”, a quienes piensan distinto, resisten y protestan, que son tildados -desde arriba mismo- como saboteadores, terroristas y tirapiedras.

La juventud, por ahora, en expresiones aisladas, -incluso- un tanto confusas, en las pequeñas manifestaciones que se han producido estos meses, reclamando una nueva educación, por temas particulares; -de a poco- está dejando ver su verdadero potencial, pese a la enorme carga que representan las ideas, la represión y el sistema que fortaleció el correismo -que, por cierto, no ha cambiado-. Pero, este proceso no se va a dar de la noche a la mañana, ni de manera espontánea, sino por el accionar consecuente, por la ofensiva permanente, por el trabajo de las organizaciones y de los sectores democráticos y avanzados de estudiantes.

“Pero un día volví. ¡Y ahora vuelvo! / Vuelvo, álzome! / Levántome del tercer siglo, de entre los muertos!…” Reclaman nuestros ancestros en el “Boletín y elegía de las mitas” de Dávila Andrade, porque esa ha sido nuestra historia, la que nos han querido robar, hemos resistido y seguiremos resistiendo ante la tiranía y los abusos de los que tienen el poder. La rebeldía de la juventud que anhela un mejor futuro, no podrá contenerse indefinidamente por el dique de la represión, de la demagogia, de las ideas reaccionarias; más tarde que temprano, la realidad que es necia, la vida misma, nos va a permitir identificar plenamente a nuestros enemigos, a nuestros aliados, las formas y los instrumentos para transformar la sociedad a favor de las mayorías. Al igual que nuestros antepasados, la juventud debe alzarse contra lo establecido y gritar: “…Aquí estoy, aquí estamos.”

*Ricardo Naranjo, VICEPRESIDENTE DE LA JRE