“Pasaron el retén militar y se les advirtió de lo peligroso que era”, dijo César Navas, ministro del Interior, en relación al secuestro de los dos periodistas y el conductor del vehículo en el que se movilizaban, en la parroquia Mataje, provincia de Esmeraldas, el pasado 26 de marzo. Para variar, las víctimas son las culpables. Eso es lo que uno saca de conclusión al escuchar esas palabras; eso y que el gobierno se lava las manos por lo ocurrido.

En cuanto a lo primero, resulta insultante la pretensión del régimen de que los periodistas se conviertan en un grupo de timoratos reproductores de la fuente oficial. Hay que contrastar, si se quiere ser responsable con los lectores, hay que contar la historia con todos los detalles posibles, y con todos los actores de los sucesos, si se quiere lograr audiencias que se formen una opinión libre e informada de los hechos. Eso exige el oficio. Lo contrario es pensar el periodismo como siempre lo pensó el correísmo: como un apéndice del poder.

“Tenemos que reiterar la observancia al protocolo de cobertura emitido por el Ministerio del Interior hace más de un mes, esto en el marco del estado de excepción. Estas normas se hicieron para precautelar la integridad de ustedes señores periodistas y también garantizar las condiciones propias de su trabajo”, dijo Navas. ¡Sí señor!, ¡lo que usted diga, señor!, ¿así deberíamos responder?, ¿y tal vez hasta cuadrándonos?

No lo acepto. En mi opinión, los colegas que sufren la dura situación del secuestro, merecen nuestro más profundo respeto y admiración, merecen un homenaje y no un tirón de orejas por parte del poder. Tal vez escuchar a uno de los maestros del periodismo universal ayude a entender el porqué de esta postura:

“Los periodistas tienen que seguir adelante. Resulta muy difícil cuando hay un gobierno que los increpa o intenta censurarlos, o donde los mismos líderes los amonestan y los critican en público. Eso no es lo debido, ésa no es la forma de proceder. Los periodistas tienen que seguir adelante ofreciéndose como los máximos interlocutores sinceros de una sociedad en la que no son necesariamente servidores de nadie”. Así se expresó, en una entrevista al diario La Nación, Jon Lee Anderson, famoso periodista norteamericano, que ha cubierto los conflictos más duros en Medio Oriente y América Latina.

Anderson se ha caracterizado por la cobertura independiente que ha hecho de los conflictos bélicos a nivel internacional, por negarse a alojarse en el hotel en el que las autoridades militares colocan a los periodistas; por no quedarse única y exclusivamente con las imágenes y textos que las oficinas de propaganda del Estado entregan. ¿Ello le ha significado riesgos a su integridad personal? Definitivamente sí. Son famosos sus relatos en los que prácticamente se puede escuchar el silbido de las balas junto a sus oídos. Pero aquello corresponde a la decisión personal que él, como profesional experimentado que es, ha tomado, consciente de los riesgos.

Es evidente que no es obligatorio para todos los periodistas actuar de la forma en que el norteamericano o que muchos otros que cubren conflictos complejos actúan. Un periodista sabe hasta dónde elevar la barra antes de saltar; el paso de los años, la experiencia y compromiso con la verdad los hacen subirla cada vez más.

Entonces, no se puede culpar a los periodistas por haberse arriesgado a cruzar el control oficial; es más, eso es lo que debíamos esperar de ellos. La pregunta es: ¿qué debemos esperar de las autoridades de gobierno? Ciertamente efectividad en su rol de garantizar la seguridad de los ciudadanos. Lo cual no parte de una actitud belicista como la que tibiamente intentó proyectar el presidente Lenin Moreno, al amenazar a los irregulares diciendo que “se van a arrepentir de lo que hicieron”, sino de una lectura adecuada del escenario.

¿Por qué estas acciones terroristas aparecen ahora, y no ocurrieron durante el gobierno anterior? Puede ser una pregunta que resulte incómoda para algunos, pero es necesario tratar de responderla.

Y es que los ecuatorianos hemos sido testigos en estos meses, de cómo  entre acusación y acusación de compadres, se escucha a ex funcionarios, militantes del correísmo, sugerir que alguno de ellos podría usar el recurso de colocarles droga para acusarlos de narcotráfico. Y bueno, no nos olvidamos aún del caso de la narcovalija…

No se trata de acusar sin pruebas, sino de formularse preguntas que saltan en medio de una crisis política sin precedentes, que ahora tiene también el correlato de una crisis de seguridad interna.

“Creo que el periodismo tiene un papel importante en cuanto a despertar conciencia. Por eso yo hablo como hablo. Hay que provocar inquietud entre una población que es totalmente apática y pasiva, como si fuese espectadora”, afirma Anderson. Y yo agregaría: sin miedo ni sometimientos, y con un gran compromiso con la verdad.