¡VIVA ALFARO, CARAJO!

Francisco Garzón Valarezo

No entraba a la escuela cuando comencé a oír seguido el nombre de Alfaro. Dos viejas muy viejas, de una vejez ruinosa eran vecinas de mi casa y mi madre me enviaba a socorrerlas en trajines que para ellas eran imposibles: recoger los huevos de patas y gallinas de los nidales, regar los geranios y las rosas sembradas en bacinillas despostilladas, llevar hasta la cocina dos baldes de agua y otras tareas. En esos quehaceres me decían que habían conocido a Eloy Alfaro. Guapo, bembón, patucho, revolucionario, eran las cualidades que le encontraban. Estas viejas eran desmueladas por completo y se las oía raro silabear esa palabra:

Cuando cogí cuerpo fui a trabajar en los muelles de embarque de banano en Puerto Bolívar y conocí a un hombre que recorría los barcos de punta a punta y de arriba abajo, gritando a todo pecho: En las noches, cuando daban tiempo para comer, en los tugurios de las cantinas o en los lupanares andrajosos aparecía el gritón, llegaba sigiloso y soltaba el grito brusco atrás de la gente que estaba chupando en las mesas: Uno que otro le acolitaba la consigna, otros le daban un vaso de cerveza para que no joda, se lo tomaba raudo y se iba.

En el colegio lo conocí más de cerca, leí sus biografías y me sedujo su historia. Supe el chisme que su padre, el español Manuel Alfaro había hecho plata en el negocio de los esclavos en Cuba. En la militancia política lo entendí mejor y fue tal el efecto que me causó en el alma que armé viaje desde Machala hasta Montecristi para conocer el antiguo museo municipal llamado Casa Alfaro que había antes de que se construya Ciudad Alfaro.

Asocio al hombre que gritaba en las bodegas de los buques con la acción de los pueblos. El grito ha sido siempre arma de protesta, de exigencia, de rechazo y también de ovación. Alfaro fue un general “gritado”. En su tiempo no existía el ejército como lo conocemos ahora y los grados militares eran otorgados por las autoridades oficiales del Estado, mientras que los guerrilleros reunidos en el campo otorgaban el grado militar a punta de gritos. “Viva mi capitán, viva mi coronel”, y en el caso de Alfaro “Viva mi general”. Los rivales ironizaban con desprecio, les decían “macheteros” insinuando que no tenían ideas, solo el machete. Algo parecido a la sátira de tirapiedras que nos dedican ahora.

Al recordar 108 años del crimen de Alfaro el pueblo vuelve a gritar sus iras, a revivir la lucha y la herencia de la Revolución Liberal. América Latina, Europa y el mundo gritan su voz insurrecta frente al neoliberalismo. En Chile retumba el grito de “El pueblo unido jamás será vencido” y en España, en Francia la popular bella ciao estremece a los pueblos con su canto.

Los dueños del Poder están paniqueados, arrecian groseras las campañas de descrédito contra los luchadores populares, la vieja prensa ha heredado las tarimas de las iglesias para difundir en sus medios el odio de su veneno y repiten lo que creen un vejamen, el mismo que aplicaron contra Alfaro: ¡indio!

El 28 de enero de 1912 no murió Alfaro, se trepó sobre la muerte para ser eterno, por eso lo recordamos, porque nos enseñó que ningún cambio social es pacífico, que el cuenteo de las teorías políticas de la burguesía no significan nada para los pueblos. Lo recordamos como guerrero porque desplegó una lucha tenaz, feroz y nos orientó con el legado de que solo la revolución es cambio, lección que sigue vigente en los días de hoy.