Por Gustavo Báez Tobar

    La Colección PICHAVÍ NÚMERO 13,  trae con gran acierto, la reedición de dos poemarios del poeta Rafael Arias Michelena, libro que fuera lanzado por el Núcleo de la Casa de la Cultura, a los treinta días de su fallecimiento ocurrido el 20 de abril del presente año. “La nueva edición de este libro es un homenaje a la inteligencia, al buen gusto, a la extraordinaria sencillez, a la grandiosidad de la humildad”, expresa Ramiro Ruiz en el prólogo acertadamente diseñado, porque como alumno conocía a su autor, a su maestro y guía en la Universidad Católica, él manifiesta: “Recuerdo a Rafael -así lo tratábamos-, más que sus alumnos fuimos sus amigos no solo de él sino de todos- hablaba en sus clases como si tratara de una conversación. Hombre tranquilo, centrado en su vida de trabajo, maestro de estilo y poeta. Nunca escuchamos nombrar o referir sus poemas. Brillaba con naturalidad su sencillez y humildad”, recalca Ramiro.

   De esta cumbre de la sencillez, donde anida la bondad y la nobleza de sentimientos brota cual de un manantial su acopio de versos, nutridos de belleza cotidiana, de lirismo puro extraído de las cosas al parecer más insignificantes de la vida, del  campo o la ciudad, de la playa o del monte; de las cosas más útiles y necesariamente infaltables para nuestra supervivencia, como el agua y el pan; pero a la hora del ocaso, cuando los paisajes se pintan de caprichosos colores y formas en el poniente,  el corazón se pone triste, a veces… sin saber por qué. Así nace el poemario Occidentalmente tristes, de la inspirada pluma, de Arias Michelena, pluma pulida en filosa cresta del mismísimo Imbabura.  Ramiro Ruiz, experto en la materia literaria compendia en un sustancioso catálogo la temática abordada con diáfana sutileza para referirse a la lluvia, a la pobreza, a la soledad, al amor, a la mujer, inclusive, a la muerte de su padre.

   En ligeros rasgos voy a referirme a Los columpios de la noche, nacidos quizá las noches de duermevela cuando los pensamientos se dan de bruces contra la oscuridad, para tocar el firmamento o acariciar los montes. O la nada. Para acuatizar en los mares… para retornar al filo de nuestros sueños. O al borde de la almohada.  En ese vaivén -en ratos turbulento o pausado-, nacen los versos de Rafael para invitarnos a  la reflexión, sobre muchas cosas, sobre su propia esencia, en el análisis crítico de su propio yo, o de su duro oficio, cuanto expresa en este brillante retruécano:

“Mis cosas no son/ni poesía para la  vida/ni vida para la poesía/son poesía de la vida”.

O este retrato vivo, que tantas ocasiones hemos mirado en la esquina de la barriada,  desdeñosos y quemimportistas; pero el alma sencilla del bardo, con ojos sensibles mira al “Albañil”:

“Me he quedado a saber/qué come mi hermano albañil/carcelero del cielo/cuando le cae el sol en la cabeza. Tan poco pan/ es el pan que come/ que es un pan para comerlo/ a escondidas. Cola con pan/ plátano con pan/ y un largo remedo de sueño/ sobre la yerba”.   

Versos que, sin duda, tienen mucho del gran espíritu humano y solidario del admirado vate atuntaqueño.

Y…aparece el filósofo, el pensador profundo para meditar en los misterios de la vida y de la muerte, pero con una pasmosa sencillez, que nos llena de encanto, pero nos invita a meditar. Tomamos sólo una estrofa de “Caminos”:

“Parece tan fácil morir/a veces/ pero no/quiero saber/si soy capaz de vivir/y vivir/es encontrar un motivo para morir”/.

Disfrutemos de estos, tiernamente musicales y armónicos, bellos, dulces e inspiradores versos de su poema “Primera vergüenza”:

 “Es irónico decir/pan/presente/al mismo tiempo/da vergüenza el presente”.

“Tardamos en morir/ por si acaso nos llegue/ alguna vez/ por fin/ la vida”.

¡Rafael Arias Michelena, con toda seguridad, seguirá viviendo!