Este texto del poeta y escritor Diego Velasco Andrade, fue preparado como introducción al  libro  Selección Poética de Alfonso Murriagui, publicado por la  Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, el año 2009.  Diego, hace  un recorrido por la vida y la obra estética, se adentra en la poesía y la poética de Alfonso Murrigui. Por diversas razones solo se publicó un pequeño fragmento del texto. Opción, al cumplirse dos años de la partida de nuestro querido Alfonso, entrega a nuestros lectores el texto completo de este minucioso y rico análisis de la obra del poeta tzántzico.

 

Por Diego Velasco Andrade*

Alfonso Murriagui, nace en Quito en 1929. Su interés hacia la literatura empieza desde temprana edad, gracias al apoyo de su abuela, maestra de escuela; ella fue quien le enseñó a leer y a escribir, cuando apenas tenía 4 años de edad. Abuela le compraba historias y cuentos infantiles y allí, entre las aventuras y desventuras de aquellos héroes legendarios, Alfonso Murriagui aprende a valorizar las primeras palabras. Este fue sin duda, el primer contacto del futuro escritor, con el complejo arte de la palabra poética en movimiento.

La situación económica de una familia, que no había pasado nunca limitaciones, pero que de pronto se ve sumida en la más completa necesidad, obliga al joven lector a tener que apoyar a su madre y a sus hermanos menores, asumiendo adolescente el sostenimiento de su hogar. Su vida desde entonces no fue fácil, habiendo tenido que trabajar como pintor de brocha gorda y obrero para poder sobrevivir. Por eso tal vez sus poemas hablarán con tinta propia, de lo injusto que resulta trabajar en una fábrica, para recibir gotas de remuneración: “Las manos, no deben ser ingenuas, si producen, debe ser para vivir mejor, y si golpean, debe ser para acabar, con los que quieren mutilar el futuro”.

A causa de su necesidad de trabajar desde muy joven, recién se graduará de bachiller, en el colegio Mejía nocturno, cuando tenía 30 años; pero cuando todo “un Mejía”, será el fundador del periódico “Buscapié”, además de director de una revista literaria juvenil llamada: “Inquietudes”. Al decidir con ilusión qué carrera seguir en la Universidad, mucho tuvo que ver el empleo de amanuense que había encontrado poco tiempo atrás, allí donde le pagaban dos sucres por cada hoja que escribía haciendo de “tinterillo” en alegatos judiciales. “Por ello, compré el derecho para el examen de ingreso a la Facultad de Jurisprudencia”, -cuenta entre sus anécdotas en su entrañable diario de combate Opción- : “tenía que presentarme un día lunes, a las 7 de la mañana, para ser registrado en las oficinas de administración, pero llegué atrasado y era el último de una cola de cuatrocientos. El aburrimiento se apoderó de mí; entonces eché un vistazo a quienes estaban entre los aspirantes en mi fila, y decidí salir de allí pues había tanta gente, que conocía demasiado en los juzgados, que resolví no seguir jamás esa carrera”…

 

Rafael Larrea y Alfonso Murriagui.

 

Murriagui cambia entonces para la Escuela de Periodismo, por entonces parte de la Facultad de Filosofía, que funcionaba en la calle Chile. Allí encuentra gente que hacía literatura, sobre todo un grupo que se llamaba: “Caminos”. Murriagui, por invitación de uno de sus integrantes, asistió algunas veces a escuchar sus lecturas y recitales, pero sintió que no era ese precisamente su “camino”; para entonces (1957) tenía ya escrito un libro que estuvo a punto de ser editado por la Casa de la Cultura y que se titulaba “Desde mi soledad”; y que hoy aparece en primer lugar en ésta, su selección antológica.

  1. DESDE MI SOLEDAD

En este libro primerizo, son evidentes las influencias del modernismo “decapitado” de inicios del siglo XX, con sus angustias existenciales, sueños, soledades, muertes y cementerios por doquier: “Esta necesidad eterna de ser aire/de ser inmensa nube/el deseo constante de ser agua / de ser llanto, dolor, incertidumbre/ y la infantil quimera de ser sueño…El ansia de ser ave/ el angustioso pesar de ser humano/ y la tremenda certeza de ser barro”…(PARABOLA DE ANSIEDAD)

Murriagui describe así el paso vertiginoso de su infancia a su prematura madurez: “Entonces se nos vino / el mundo como un río/ incontenible/ inmenso/y el viaje se tornó/ en incertidumbre/ y el puerto en cementerio”…Sin embargo, hay una vitalidad luminosa que irrumpe y ya se adivina en el poeta político y comunicante en el que se convertirá más tarde y así, en aquellos felices versos de SIMPLICIDAD, nos confiesa:

“Como hoy me encuentro / quisiera vivir siempre/ bueno como la luz del día / como el sol / con la sonrisa abierta / como un río / con el alma tranquila / y el corazón en flor”…

Y enfrentado prematuramente, y sin razón, a la idea de la muerte tan lugar común en la poesía modernista, el joven poeta se sacude y advierte:

…“Yo no deseo estar sin movimiento / quiero viajar entre la luz y el agua…Quiero tener valor para enrumbarme / hacia cualquier lugar / y que la muerte / me encuentre caminando / y no sin fuerzas / clavado, como en cruz / sobre mi nada”… “Quiero tener una ventana grande / siempre ansiosa de cielo”…“Vivo en constante lucha con mis nervios/ y en desigual combate con mis sueños”…

De igual manera, en su primer libro, la notable influencia micro poética del gran Carrera Andrade, es evidente, como en aquellos cromáticos versos de la sección

ACUARELAS:

…“Panecillo: cerro cruzado/por los equinoccios/ centinela constante/ de todos los insomnios / te estás mojando ahora / y la lluvia parece / que bañara la sombra / de un cacique lejano”…

…“Eucalipto: árbol de peces iguales / que navegan lentamente entre las ondas del aire; /murmullo de mil cristales; / que se rompen en la tarde /manos tenues que dibujan / el paso de las edades”…O en este otro, en donde ya se manifiesta su obsesión arquetípica por el movimiento, fuerza, transparencia y constancia del agua:

VISIONMARINA

“Ruges cuando despliegas / tu bravura potente / cuando sobre la playa / te recuestas cansado / y besas las arenas / con deleite infinito / para obsequiar tus flores / espumosas y tristes”…

 

“Compilador de algas,

museo de medusas,

confidente de todos

los secretos,

eres un gran silencio

movedizo y eterno,

eres la vida misma

flotando sobre el tiempo”.

 

 

2. LOS REDUCTORES DE CABEZAS Y LA IRRUPCIÓN DEL POETA POLÍTICO

Son los años 60: la sociedad ecuatoriana, había agotado sus posibilidades de respuesta a un mundo en plena reverberación. En el mundillo literario local, algunos representantes de la magnífica literatura realista de los años 30, habían trocado sus plumas beligerantes por los mullidos sillones de instituciones oficiales y por el cóctel y el aperitivo diplomático, en ciertas embajadas.

El ambiente cultural del Quito de entonces, estaba sumido en el marasmo de elogios mutuos entre los “aristócratas personajes” de una literatura pretendidamente culta, mas “ingenuamente provinciana”, que pretendía eludir entre bocadillos y cócteles, su responsabilidad política y social, difundiendo a los cuatro vientos la imagen del escritor románticón y sensiblero, con un delicado tonito nerudiano, mal aprendido y peor, muy mal asimilado.

Sin embargo, la Revolución Cubana ocurrida en 1959, había constituido un golpe a la conciencia latinoamericana, no solo en el nivel de las concepciones políticas y sus prácticas, sino también dentro de los procesos artísticos y culturales. Así pues, las corrientes vanguardistas de la época, pretendían encomendar a la literatura, que se constituyese en clave y pivote, de una conciencia beligerante y que aportase a la transformación de “la realidad social”.

A inicios de los sesenta, se constituye en Quito el movimiento Tzántzico (reductor de cabezas) que surge con la intención de buscar “una voz nueva”, “un hablar verdadero” del poeta humano y del artista y, constituirse también en una vanguardia provocadora hacia nuevos derroteros de una “poética ecuatorial”. Son ellos quienes editan desde 1962 hasta 1969, la Revista Pucuna, con cubiertas negras en formato libreta y en papel periódico, distribuidas en insólitos y teatrales actos de difusión masiva en aulas universitarias y sindicatos, donde los tzántizicos parodiaban y provocaban a aquellos otros sus rivales del grupo Caminos, retratados caricaturescamente vestidos de frac, misal de curita y corbatín de académicos.

Alfonso Murriagui, al igual que otros jóvenes escritores del movimiento tzántzico, sienten que la literatura elitista en decadencia, no cumple con sus expectativas e irrumpe en la escena artística ecuatoriana, haciendo parte de una joven intelectualidad quiteña, que se inquieta y se rebela frente a aquel medio conventual, pacato y provinciano; posicionando desde entonces su imagen de escritor político y polémico; asumiendo su responsabilidad generacional y desarrollando a partir de entonces, una obra relativamente poco difundida y convenientemente oculta por el sistema y sus leales voceros del “desencanto”, pero tercamente imaginada, escrita y re-escrita y cien mil veces meditada, antes de su publicación.

 

Su compañero de movimiento: el poeta Raúl Arias

 

Así, en la punta de los dardos envenenados de Pucuna, podemos rastrear ya la voluntad de Alfonso Murriagui, escribiendo sus primeros cuentos y poemas políticos y aportando con su madurez al surgimiento de nuevas voces poéticas, que en aquellas legendarias páginas conversan, interpelan e imprecan al escritor oficial y al sistema que lo engendra y mantiene. Alfonso Murriagui hace parte desde entonces con Ulises Estrella, Euler Granda, Rafael Larrea Insuasti, Raúl Arias, Humberto Vinueza y Marco Muñoz Velasco, de la generación poética de los sesenta en Quito, e intervine como fogoso activador del movimiento tzántzico, aportando con su voz al coro de otras voces nuevas en el ensayo, como aquellas de Agustín Cueva, Bolívar Echeverría, Fernando Tinajero, José Ron, entre otros.

Para entonces una poética revolucionaria florece en su mente; la política y la izquierda han entrado irremediablemente en su vida, es elegido Vicepresidente de la Asociación de escritores Jóvenes del Ecuador en 1965 y con los primeros y vitales tzántzicos dice: “Mirar a nuestro pueblo, y no hacer nada por él, es reconocer, que nacimos castrados, y que moriremos vendidos, amén.”

Así, Alfonso Murriagui, es el primer poeta tzántzico en publicar un libro personal: el “33 Abajo”, que fue editado en 1966, en la Editorial de la Universidad Central. En aquella obra ya aparece el germen de su poesía comunicante, antipoética y mordaz, sarcástica con el sistema, y con quienes estaban (y aún siguen estando) en el poder y que lo defienden. Asumiendo la voz poética del “nosotros” hace parte del todo, de la masa, de “los de abajo”, no de las minorías ni de las elites; así el libro empieza con una imprecación: “Somos hartos los que estamos HARTOS”.

 

..“Empiezo aquí

con 33 abajo;

golpe de puño abajo,

abajo con mi grito,

abajo, abajo.

 

Comienzo aquí,

precisamente abajo,

grito y saliva

abajo,

con 33 caminos

hacia abajo

y muchos por delante

siempre abajo.

 

Sangre creciendo

abajo,

hijos en mí

con mi presencia abajo

y aquí clavado

con mi sueño abajo,

siempre hacia mí

pero hacia abajo,

abajo”..

 

El 33 que invoca el poeta, tiene un sentido crístico y a la vez cabalístico, la poesía es sonora, vigorosa y predispuesta al recital; al efecto dramático, al provocador acto público tzántzico; la poesía no basta en los libros de poesía, lo que importa es la poiesis, la emoción estética y empatía entre el poeta y el espectador bien despierto y no aquella del príncipe y la “bella durmiente” de una poética enclaustrada en torres y cenáculos; porque por primera vez en nuestro medio: “los poetas han bajado del olimpo” como quisiera Nicanor Parra y “la poesía está en las calles”, como dirían más tarde, esos locos anarquistas de “mayo del 68”; concientemente el poeta sabe y escribe que “Hay que escribir, lo sé, dientes afuera” “33 abajo”:

 

“El 33 me sale fatalista:

pies rajados, venid;

manos difuntas,

hambre y dientes

venid;

grito y sueños,

venid, venid

si al fin somos los mismos;

hueso y putrefacción,

igual, lo mismo;

tripa y banquete

igual,

igual, lo mismo”.

 

“Yo escribí 33

eso es mi vida,

cristo decapitado

ausente cristo;

33 para mí

ausente y mío,

cristo de los demás,

dios derrotado”…

 

 

“Yo el deshabitado,

muro de cal al viento

y piel entumecida;

yo el de abajo,

con humo en las costillas

y el silencio en los ojos

desafiando”…

 

“Yo el de abajo:

sexo, nariz y pelo;

yo el que viene,

sin domingo de ramos

y sin viernes.

soy el nuevo,

nuevo yo, nuevos vosotros,

nuevos todos y libres

para la inhumación de la miseria”

… “soy vosotros:

contrabandistas, marineros,

nodrizas que amamantan

hijos ajenos”

 

.”.los de abajo,

los que no han renunciado a nada

aunque les han quitado todo;

los que en puntillas duermen,

los que agitados

dan vueltas en el aire

y se sumergen

tranquilos en la noche

 

En el silencio vienen:

bautizan a sus hijos,

dudan de dios

y en cada mano tienen

cinco angustiados gritos,

y ríos desbordados,

y continentes limpios,

y libertad y sueños.

 

Son los de abajo;

vienen

incontenibles, presurosos.

Abridles paso,

su voz se riega por las calles

y sus ojos

dialogan con la vida.

 

Abridles paso,

que regresan, que van,

que a veces mueren”..

 

Logotipo del movimiento tzántzico.

 

 

3CON LAS MISMAS PALABRAS

Desde aquellos ya legendarios 60s, Alfonso Murriagui, perseveró en la esencial propuesta Tzántzica: situar su poética, -no solamente su poesía-, en el corazón de la vida y de las cosas; asumió su compromiso con la realidad social inmediata: la calle, la plaza, el barrio, la ciudad cada vez más inhóspita; recobró la memoria de su infancia perdida en los barrios legendarios de Quito: La Tola, La Loma Grande y la Mama Cuchara; dejó atrás el Quito ampuloso y artificial de las torres de marfil, que terminaron por devorar al …MEJOR TROMPÒN DEL MUNDO, -entrañable personaje de su libro de relatos-, pero a la vez fue incorporando en su poética, todo su bagaje vital, sus ricas experiencias personales, para proyectarlas en un poema mayor, en el meta poema de su vida: aquel que teje vínculos trascendentes entre poesía, memoria cotidiana y vida colectiva:

Es así como en su siguiente libro, que constituye un continum de su obra tzántzica, invocará como en un mantra o rezo personal, premeditadamente y con alevosía a sus raíces:

 

… “El recorrido siempre fue igual

desde la lengua del caracol

hasta la barba del maíz.

 

…No debemos quedarnos

sobre las mismas huellas,

ni mirarnos

en las mismas aguas.

 

Tenemos que cambiar,

ir hasta las raíces,

dar un salto

al follaje nuevo;

porque todo está listo

y ya nos han brotado

los dedos necesarios”.

 

Sí, el paso de los años patentiza lo intangible de aquella espiral inagotable que constituye nuestra memoria, también hace visible esos “pequeños momentos, pequeños espacios, pequeños tiempos, millares de segundos…de los que estamos hechos…”, como dijera a su tiempo su gran amigo y camarada “el poeta: Rafael Larrea Insuasti. Alfonso Murriagui, junto a él y al también desaparecido Alfonso Chávez, imaginan el Taller de Literatura Joaquín Gallegos Lara y el recordado Centro de Arte Nacional, impulsando la colección Huellas y el café El Quiteño Libre, en los perdidos 80s, y es allí en ese ambiente en donde quizás los jóvenes poetas matapiojos, utópicos y patojos de entonces, los conocimos por primera vez; y entre la admiración y asombro de nuestros años juveniles, los escuchamos hablar de los años posteriores al naufragio, del desencuentro y desencanto de algunos “ex reductores de cabezas” que terminaron, -como decía Rafael Larrea-, “con la cabeza reducida”:

 

..“Un día

vinieron los lobos

y empujaron mi aurora

con su sombra.

 

Luego asomaron

los que dicen

que gozan de la vida

y quisieron venderme

su fórmula secreta.

Después se acercaron

los que obstinadamente

aman la tierra

y me dijeron “vamos”.

 

Aquí estoy desde entonces,

junto a los vientos nuevos

y llevando en mis manos

los mensajes secretos,

que encontré en las tumbas

de los viejos abuelos”

 

 

En los 70s y 80s, Alfonso Murriagui, retoma la escritura y se declara consecuente CON LAS MISMAS PALABRAS, renueva los textos de su época juvenil pero ahora como si hablará con mayor sigilo, aunque siempre cauteloso y DESDE EL OJO DEL ÁRBOL: “Agazapado, tenso, / con el huracán en el ojo,/ camin(a) sobre el mundo”…y persevera en su posición estética, ética y política: no quisiera que se mantenga quieto el rascacielos/ que juega en la sombra/ del agua”.

El poeta se sabe voz de la corriente social, de la gran ola que transformará este mundo y toma su opción de trabajador de la palabra, de anunciador de LAS HUELLAS DEL FUTURO:

 

“Toma tu verdadera ruta,

corta los siete pies al gato

y date prisa,

te están buscando

para curtir tu piel

y hacer monedas

con la fuerza asombrada

de tus brazos”.

 

“Busca la luz que te hace falta,

y descubre la música

que tienes en tu barro

y en tu limpia mañana.

 

Todo lo que reclamas

está en tu propia sangre,

en la nube espectral

que dejó tu presencia

en la piedra ignorada.

 

Vas sin buscar respuestas,

sin preparar tus dientes,

ni dar las dos puntadas

que faltan

al paladar del agua.

 

¡Deja de reclamar

el sol:

toma tu voz y canta!”

 

Así el poeta, EN BUSCA DE RESPUESTAS, nos invita a mantenernos despiertos, a no caer en la inacción como EL BUZO ADORMECIDO, pues cada día: “Amanecemos/con la misma cara / sin ver/ (en nuestro derredor) que hay ojos tumefactos / y gargantas cortadas”…:

 

“…Todos vieron ayer

como cayó asombrado

el voceador de peces

para el aire;

lo vieron por la calles

con su rostro

de buzo adormecido,

estaba ahí

cuajada la mirada

y los pies en silencio”…

 

Por eso, también Alfonso Murriagui nos habla con ironía de aquellas tentaciones y pesadillas, ante las cuales, algunos de sus camaradas claudicaron, y las caricaturiza como a cocodrilos; burlándose de aquellos colmilludos seres que lo tientan maquillados con las últimas modas poéticas de París y a desviar su sendero:

 

…”Los cocodrilos

muerden la madera

con dientes de hojalata

y me impiden buscar,

en el tatuaje,

la soledad del búho

y el golpe circular

de su mirada.

 

Los cocodrilos

suben la escalera

mientras que yo,

en suspenso,

defiendo mis lunares

y me cubro del golpe

que descarga

la mano lateral

contra la otra mejilla.

 

Los cocodrilos danzan

seguros de que nunca

seré libre.

 

Entonces me preparo,

me quito las agujas

que me atan contra el muro

y me abrazo del río

con su mil ojos de agua.

 

Los cocodrilos

danzan en las sombras

mientras yo les cerceno

sus dientes de hojalata”.

 

En tanto, en otra parte del mismo libro, titulada: LA VIDA Y OTROS PAISAJES, el poeta se bifurca hacia otra vertiente de esencial de su obra y que es también evidente en la poética contemporánea; el poema de tono epigramático, aforístico, minimalista, siempre exteriorizando su afán de libertad, en contracorriente, de imitar el vuelo del diminuto y sagrado colibrí:

 

“Yo no nací

para quedarme quieto,

clavado como señal

de kilometraje

en el camino. 

Necesito viajar

en las manos del aire”

 “Desde la ventana

miro el bosque,

el vuelo

de los pájaros;

el enjaulado

soy yo”

 

“Excéntrico señor,

dueño del bosque,

suspendido en el aire

el colibrí se baña

con la miel del geranio

y la luz de la tarde”

Pero es también una arista poética de Alfonso Murriagui, la de aquel quien canta al amor, pero a una visión simple, trascendente y tierna del amor:

 

“El beso

es una pluma

o la dulce expresión

de una manzana;

es la luz detenida

en el instante

en que la vida

canta”

 

 Y refiriéndose a Marina, su compañera de toda la vida le dice:

 “Nombre de mar,

sonrisa de ternura,

mi compañera

teje la mañana

mientras los colibríes

chupan la miel

en sus pupilas claras.

….

…Mantente despierta:

si cierras los ojos

se me apaga

el mundo”.

 

Alfonso Murriagui en Machu Pichu, a fines de los años  60

 

Sí, Alfonso Murriagui nos habla de un amor vinculado al mundo, porque también su visión del amor es tremendamente integrada a la naturaleza, es panteista y por qué no, también húmeda y acuática, porque:

 

“Si buscamos

algo que se iguale

al amor,

encontraremos

que no hay un beso

tan envolvente y tierno

como el beso

del agua”.

 

4.  ENTRE LAS NUBES Y EL ASFALTO (Ediciones Opción 2004)

“Las puertas

de las cavernas iluminadas

han abierto sus tentáculos

para dar paso a la lengua

de los predicadores.

Me duermo

y sueño con una escalera

que termina en el instante

en que surge

la magia de la Poesía”

 

En su siguiente libro ENTRE LAS NUBES Y EL ASFALTO, recién editado en 2004, después aquel gran síntoma de demolición y decadencia del imperio que constituye la caída de las torres de Nueva York, con poética y lenguaje acorde a los oscuros tiempos neoliberales de los 90s, el poeta se confiesa incólume ante sus sueños y a pesar de los años, nos invita a dar el gran “Salto que salta en contra/ del caimán roedor/del hidrópico pulpo/ que se engulló el presente”…

Bien sabe el poeta que llegaron “otros tiempos, que la memoria ya no está deslumbrada” pero que todavía “los dientes son piedras preparadas para romper el miedo que nos ata”…Sabe también que como poeta inserto en su tiempo y su sociedad, deberá dejar su legado de palabras enlazadas como kipus, para que otras generaciones construyan con éstas, la “memoria del futuro” y prosigan en su utópica y poética batalla por la igualdad y la diversidad de los pueblos.

“Tendido

bajo la vieja acacia,

inhabitado,

con un letargo visceral,

miro pasar las nubes

que se llevan los recuerdos.

 

Cierro los ojos

y escucho

la risa de los niños.

 Buena es la vida,

digo,

y me levanto”.

 

Sin embargo de su optimismo vital, aquello de ser poeta humano y no un semidiós cuasi descendido del Olimpo, cuesta tiempo y energía para robar a la urgente cotidianeidad. En sus confesiones en el periódico alternativo OPCIÓN donde milita con su palabra, Alfonso Murriagui nos da algunas claves de su Ars Poética:

“Cuando el arte se lo concibe desde la perspectiva social, no es muy dulce, ni muy hermoso el acto de crear; al contrario, es muy doloroso… Cuando se escribe no se lo puede hacer con los ojos cerrados, sino con los ojos muy abiertos, y constatar la realidad que vive nuestro pueblo, duele”…

“No vengan a decir

que soy el mismo,

que pueden encerrarme

en cualquier laberinto

sin que yo me resista;

es absurdo pensar

que no he cambiado,

que soy aquel iluso

al que golpearon tanto.

 

Véanme limpio,

ombligo en vientre nuevo,

fruta o miel en la tierra;

conozcan mi color,

los ojos de mi sangre,

los árboles creciendo

en mis entrañas”

 

…“Toda la vida he trabajado, para vivir, nunca me han sobrado las cosas…Sin embargo, la literatura me ha dado momentos muy gratos. Con el arte viajé por toda América, nutriéndome de historias hermosas y del cariño de la gente… El placer de estar siempre al lado de personas humildes, de los indígenas, de los obreros, campesinos, quienes han escuchado mis recitales, es una experiencia única e inolvidable”…

…”Los “intelectuales”, creen que la gente pobre, sencilla, no tienen sentimiento artístico, que no comprenden el arte; pero están equivocados: todo lo que uno aprende del arte, lo aprende precisamente de ellos, el arte más puro, libre y expresivo está en su esencia, en sus vidas”.

Sin embargo de la poética de lo comunicante y social que Murriagui asumirá como opción estética para sus versos, en ella hay también briznas de hierba fresca con olor a campo dulce, en medio de la agitación diaria:

 

“En la pradera,

cerca del canto del grillo,

hay un rumor intenso

que se agranda

mientras la hierba crece.

 Me quedo tenso,

con miedo de ensuciar

las huellas de la noche”

 

Frente al “desencanto” y al “desencuentro” de sus movedizos contemporáneos, él asumirá como lo hizo su recién desencarnado hermano de utopías Rafael Larrea, la poética de la fuerza, de la acción y del encanto, del siempre MÁS, hacia nuevos y mejores tiempos, por eso en la segunda parte del libro, el poeta nos advierte que sigue militando en: EN EL OJO IZQUIERDO DE LA LUNA Y PARA QUE NO SE OLVIDE, en la memoria colectiva, incluye poemas en los canta en sendas elegías a sus amigos, hermanos y camaradas, desaparecidos en sus luchas respectivas:

 

..“Porque querían callar tu voz

para que el huracán no gritara,

seguros que al detener tus pasos

ya no quedaban piedras

en las calles”

(A Milton Reyes)

 

… “Ayer volvió el Poeta

a visitar mi casa,

compartimos el ron

y la guitarra

y nos dijimos cosas

sobre el surco y la fragua,

esperando, tranquilos,

que apareciera el alba”.

(A Rafael Larrea)

 

…“Nada te ha detenido,

ébano incorruptible;

…Aún están ocultos,

aquellos que lanzaron

el arsenal sombrío

de tu muerte.

y no podrán dormir

porque tus ojos

sin tregua los vigilan

Ébano de fuego eterno”…

( A Jaime Hurtado Gonzáles)

 

5.  MI SOMBRA Y SU BOÍNA

En este su más reciente libro, el poeta Murriagui, maduro, reflexivo y sapiente, el que ha vivido muchos soles y lunas y nos ha tendido el lazo de los ancestros, pero también el abuelo y amante tierno, nuevamente reaparece:

“Quiero romper la noche,

llenar de incertidumbres

las verdades,

reposar junto al peso

de los años vividos

y caminar,

sintiendo las distancias,

sobre el mapa fugaz

del tiempo ido” …

 

Porque con la llegada de los años:… “Ámbar / dentro del vaso/perfumado/es el ron /que se filtra / en la memoria” y…

 “Esa presencia gris

que es la nostalgia,

hace su aparición

en las canciones;

salta los muros

del tiempo detenido

y nos espía,

agazapada y sola,

en la penumbra

de los viejos sueños.

Es la vida que vuelve

en el insomnio

y nos pone al filo

del recuerdo,

en donde nos esperan,

como conejos tristes,

los tibios resplandores

de nuestros soles

muertos”.

Así, la memoria, la nostalgia y los recuerdos, se confiesan en estas páginas que escribe bajo la sombra de los años y con su boina guerrillera a cuestas, testimonio para sus amigos, colegas y contemporáneos, o para quienes queramos aprender de sus experiencias y alegorías, que la memoria personal si no se la escribe, es fugaz y se vuelve cada vez más lejana, porque para el veterano poeta la memoria:

…”Viene como los cantos posesivos,

como la dulce niña

que me dejó sus peces;

como la voz materna y sus silencios

poblados de ternura”

 

Y no se olvida tampoco, en sus nuevos versos del canto, pues “Canta el amor su nana de recuerdos” y cantan aún los versos para su compañera Olga Marina “en la gran aventura de la vida”:

 

“La biografía del mar está en las olas,

como la vida mía hoy descansa

en el cielo sin nubes de tus ojos;

no sé hasta donde,

pero estás conmigo,

en los cauces intensos

de mi sangre,

en la penumbra viva

de mis versos,

en la apertura escueta

de mis sueños.

 

No hace falta llamarte

para sentir que siempre

estás presente,

Olga Marina tiempo,

conmigo envejecida;

eres como la hierba amanecida,

como la luz viajera y sus insomnios,

eres agua para beber toda la vida”.

 

Es pues en dirección a la vitalidad del agua, del amor y de la memoria colectiva, que creemos que la mejor poesía de Alfonso Murriagui “se dice” por sí misma, no por las palabras de otro, ni por el canto o alabanza de ningún crítico de opereta o de algún “canónico” de la lengua; se dice por sí misma y permanece, intentando restaurar con sus versos, no solo la infancia del mundo y de la voz poética subjetiva, pero también la infancia de nuestra propia identidad: de nuestra gran infancia colectiva ecuatorial. Una infancia con mitos y personajes legendarios y también con seres diminutos, vulnerables y de carne y hueso. De niños casi árboles o de animales casi seres humanos o aún de seres humanos cuasi leones, fantasmas depredadores o fieras…

 

Los tzántzicos. Alfonso Murriagui en el centro

 

Mas, y a diferencia de la poesía apolítica y hermética o de aquella truculentamente erótica, tan en boga en nuestros días, los poemas de Alfonso Murriagui, aún permanecen insuflados de humanidad y de solidaridad humana, aquella solidaridad y juventud que atraviesa las generaciones y aún es capaz de traernos sus destellos y fulguraciones:

“Nacimos cuando el mundo todavía era bueno, sin hornos crematorios, ni átomos infernales. Deambulamos junto a un río que aún no había sido encadenado; los sueños vivían en nuestros ojos y era fácil pescar las ilusiones debajo de cualquier eucalipto rumoroso…”, nos dice el niño interno del poeta; ese mismísimo niño, hoy el “abuelo Alfonso”, quizás aquel memorioso padre colectivo que todos hubiésemos querido tener, para que nos leyera en la chimenea de un cálido hogar, los poemas que hoy se encarga de recordarnos el siempre vital e irreverente Alfonso Murriagui Valverde.

 

* Este texto constituye la presentación de la antología poética de Alfonso Murriagui Valverde, que la Casa de la Cultura Ecuatoriana publicará en pocos días.