Por Jairo Terán

Llámase así el día en que en la faz de la tierra, se recuerda a quienes en inexorable viaje se alejan de este mundo, dejando una estela de misterio y de silencio sepulcral.

Hablar de sus primeros orígenes, formas, creencias, razón, como, por qué y cuánto tiempo tomaban para celebrarlo, no me atrevo a manifestarlo, pues habría que haber nacido con el principio de la humanidad para decirlo con toda claridad.  Mas como de algo hay que partir, os voy a repetir que “desde el siglo VI, los monjes benedictinos, ofrecían oraciones a los muertos, como una forma de ayudar a su alma a lavar sus pecados a que pudieran reunirse con el protector del universo en el eterno cielo”.  Esta práctica se dio en varios lugares del mundo, como Alemania, Grecia, Francia, en los siglos IX y XI.

Aunque la Iglesia siempre ha orado por los que se fueron al más allá, es el 2 de noviembre del 998, en que el monje benedictino, de origen francés San Odilón, establece un día especial para honrar la memoria de los fieles difuntos;     esta idea fue adoptada por Roma en el Siglo XVI y se la expandió por todas las regiones del mundo.

En América, el Día de los Muertos, toma cuerpo, tras el encuentro de las civilizaciones americanas con los conquistadores europeos y la implementación que estos hicieron con la religión católica.

En Ecuador, en cada una de sus regiones, se recuerda a los difuntos con una gama de ritos y tradiciones ancestrales, se tiene por costumbre visitar el campo santo, donde se encuentra su última morada, arreglar sus tumbas, colocar flores, es lo principal; y, en un acto de fe se elevan oraciones para el descanso de sus almas.

Por tradición general está el saborear la deliciosa colada morada y las guaguas de pan, en compañía de familiares, amigos y allegados; sin embargo, este año por la excusable razón pandémica que afecta a la humanidad, la conmemoración será restringida y en innumerables casos el altar de oración cristiana en favor de las personas que nos precedieron en el viaje al infinito, estará en vuestra casa,  muy pocos lo harán frente a la tumba donde elevarán su oración o meditarán en silencio sobre el enigma de la muerte;  razonarán también sobre el inconmensurable valor de la existencia y, encontrarán que:

-Vida, muerte y amor, deben estar en la conciencia de cada uno de los que aún estamos en este espacio terrenal-, lo expresado entre líneas me nace de leer el pensamiento de dos grandes hombres de la letra universal, como son: José Luis Borges, cuando dice “Vida es una vida vivida, la vida es una muerte que viene”; y, Pablo Neruda, expresa “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”; así como de sumar mi humilde concepto de que “la vida, no es sino un alfiler sostenido en una esquina del tiempo”.

Por tanto, apreciemos el inmenso valor que tiene la vida y que hay que cultivar el amor, al menos en este tiempo que nos toca vivir,  con situaciones adversas, aislamiento, restricciones necesarias, enfermedades, estrés, ansiedad, depresión;  pero con entereza, corazón y decisión, alegraremos nuestra existencia.

Lo expresado en párrafos anteriores, siendo atinentes a la ocasión, no nos distraen del verdadero espíritu del tema: DIA DE LOS DIFUENTOS,  en suma, señalado para la meditación y recordación de los seres que pasaron a la eternidad; sí, cuántos de ellos habrían sido nuestros mejores amigos; hermanos que se alejaron para siempre y sólo quedaron clavados hondamente los recuerdos; y, también el padre, la madre, esos seres los más queridos, sólo a quienes se les sigue confiando los sinsabores de la vida, porque ellos desde la eternidad, velan por sus hijos, sean éstos de cualquier condición.

En todos los pueblos, existe un lugar santo, llamado cementerio, cuántos de ellos vistoso por sus adornos y, otros, humildes y miserables, pero allí se guardan los restos de nuestros hermanos; y, precisamente, el “2 de Noviembre” tenemos oportunidad de concurrir en forma recogida a depositar una ofrenda como símbolo de amor y cariño, junto con una piadosa plegaria para aquellos seres que cerraron sus ojos para siempre.

Perdonen mi desvarío por cantar a la muerte, pero aprendí de Gabriela Allende, “si nos llaman locos sonriamos… porque es mejor estar muy  locos, que estar un poco muertos”.

Este puñado de lanzadas ideas para hablar a lo inerte, y que estocan mi alma, sirvan para cantar con dulzura y estrujante ternura al antepasado, que este terreno ha dejado, y que aún es cobijo temporal de los que hemos quedado.

Atuntaqui, 31 de octubre de 2020

*PRESIDENTE DEL CENTRO CULTURAL “ANTONIO ANTE”