Por: Guido Proaño Andrade

Cuando algo así ocurre en otros países, la respuesta de Washington es clara y contundente: «La democracia se encuentra en peligro y los EEUU preparan tropas de ocupación para restablecer el orden».

Cientos de partidarios de Donald Trump irrumpieron en el Capitolio. Sobrepasaron vallas, destrozaron ventanas, treparon paredes y lograron evitar que el Congreso valide los resultados de las elecciones de noviembre pasado, en las que Joe Biden resultó ganador. La noticia corrió como pólvora por el mundo, comentaristas de las cadenas de televisión y reporteros que cubrían los sucesos -exaltados- repetían ¡Esto es los Estados Unidos!, ¡Estamos en el Capitolio!, incrédulos de que allí se produzca algo que solo puede ocurrir en países «bárbaros» o, como lo dijo George Bush, en una «banana republic».

Los manifestantes actuaron cumpliendo las disposiciones de Trump. «Esta elección les fue robada a ustedes, a mí, al país» los azuzaba minutos antes y los instó a dirigirse al Capitolio, agregando que «el país nunca se recuperará con debilidad». En las filas republicanas hay división respecto de la respuesta Trump a los resultados electorales, el vicepresidente Mike Pence se negó a cumplir con su «pedido» no certificar la victoria de Biden, obteniendo como respuesta que «no tuvo el coraje para proteger el país y la constitución». Biden declaró que estos actos «limitan con la sedición (…), no es una protesta; es una insurrección».

Estados Unidos vive un momento de crisis política, hoy ha llegado al punto más alto, pero sus expresiones han estado presentes desde hace algunos meses. Otro momento crítico se produjo por las masivas movilizaciones en rechazo al asesinato de George Floyd, que abrieron las compuertas para que estalle el sentimiento antirracista y condene el supremacismo blanco promovido por Trump y los sectores más reaccionarios de EEUU, ahí y en nuevos momentos en los que se rechazaron otros asesinatos a jóvenes negros, Trump fue el centro de ataques, y en algún momento lo pusieron contra las cuerdas: debió refugiarse en un «bunker» y huir de la Casa Blanca.

El proceso electoral de noviembre pasado desató un nuevo capítulo en las agudas contradicciones existentes a nivel de las élites económicas y políticas. No es Trump per se que pelea con Biden, son los grupos financieros de Wall Street, los monopolios internacionales, el complejo militar industrial los que confrontan, para no perder posiciones o para recuperar las que tuvieron en algún momento.

Aún no han de salir del shock los adoradores de la «ejemplar democracia estadounidense» que, cuando en el país se producen acontecimientos similares, lo primero que se les ocurre es calificarla como «democracia tercermundista».

Cuando algo así ocurre en otros países, la respuesta de Washington es clara y contundente: «La democracia se encuentra en peligro y los EEUU preparan tropas de ocupación para restablecer el orden».