Por Jairo A. Terán*

El 14 de febrero es una fecha que el calendario nacional y de algunos países del mundo lo establecen para rendir culto al amor y la amistad.

Esta festividad, tiene un origen cristiano y se remonta al Siglo III, cuando en Roma el año 270, el Emperador Claudio, quien prohibió la celebración del matrimonio para los jóvenes, ordenó decapitar a Valentín, médico romano que se hizo sacerdote y casaba de manera secreta a los jóvenes, entre ellos a soldados, ya que el Emperador consideraba que, siendo solteros y sin familia, cumplirían de mejor manera su trabajo.

El Papa Gelacio, que lideró la Iglesia en los años 496 y 498, señaló el 14 de febrero, para honrar a San Valentín; como un símbolo que preconiza el amor.

Esta ligera referencia, la vibración del cuerpo, los sensoriales estímulos de bondad y simpatía, las elucubraciones que bullen en la mente, se entrelazan para hablar del amor; y, la mirada de los ojos del alma, circunda en forma apacible y profunda, por los senderos de la vida, hasta alcanzar a embriagarse con las dulces sinfonías del sentimiento,  brotadas desde lo más íntimo de mi ser, al compás del palpitar de un corazón que sabe de tristezas y alegrías, llorando a veces su dolor y cantando en otras su emoción, junto a la fuente cristalina de la vida, contemplando la distancia que se pierde en el horizonte, donde nace el cielo azul, tachonado de estrellas en la noche callada, con su hermana mayor la luna, que regala su luz, adormeciendo el alma al murmullo del viento que pasa, llevando el canto del río, dejando el aroma de la enramada, para despertarse con el trino armonioso de las aves que cruzan el espacio, dando muestras de libertad.

 En medio de este cuadro, el alma suspira y lanza el grito potente, para decir que al amor se lo siente, enloquece y apasiona, es tierno y siempre está naciendo, es pan que alimenta una ilusión, es blanco por su candor, es algo que quema el pecho por la conquista de un querer comprendido; es música cuyas notas se elevan hasta copar el cielo azulado de la existencia, es la fuerza guerrera por la paz y la tranquilidad, es un todo e infinito; por ello, es hermoso y bello.

El amor y amistad van de la mano; la amistad tiene raíces profundas en el alma, es duradera y desinteresada, sincera e invariable, funde dos almas en comunión perfecta y los eleva a perfeccionarse, por lo que siempre se dice que un buen amigo vale más que todos los tesoros del mundo.

La amistad está inmersa en la lealtad, confianza y apoyo; excluye: envidia, engaño y egoísmo.

El valor de la amistad y el sentimiento de amor tienen en común el profundo afecto, respeto y lealtad.

*Jairo A. Terán, presidente del Centro Cultural “Antonio Ante”