Francisco Garzón Valarezo

En medio de las protestas de octubre algunos ecologistas de coyuntura rompieron en un lloriqueo chillón al enterarse de la quema del tronco de un árbol seco muerto hace diez años en un parque de Quito. Que era patrimonial, que tenía 200 años, que era secoya afirman unos llorones; que tenía 100 años, que era un ciprés corrigen otros como si no hubiese otro motivo digno de atención. Alimentan su quejido asegurando que allí vivían muchos animalitos.

Los indígenas también posaban en algunas universidades y allí fueron atacados por la policía. Quién sabe si estos voceros del fascismo criollo aplaudieron este delito y quién sabe si conocen, o se harán los cojudos al saber que en Ecuador se han talado 56,396 hectáreas de manglar. Allí no se los ha visto sufrir como lo hizo el alcalde Yunda que casi, casi se va de moco cuando plantó el “árbol de la reconciliación” como símbolo de paz en reemplazo del árbol quemado.

Debe haber gente de buena fe que censura la quema de la esa madera seca, pues en rigor no era un árbol, de haberlo sido no hubiese ardido con tanta facilidad; sin embargo, importa destacar que la pretensión de la derecha es utilizar este tema para desfigurar las razones de la lucha, para encubrir su hipocresía, confundir a la gente y hacer que ésta asuma su discurso reaccionario. Cuando la derecha habla, se presume honrada, casta, ecologista, generosa, íntegra, sincera y busca por todos los medios ganar razón, y al no haber dirimido el conflicto político de octubre a su favor, como ocurrió en otros casos busca desacreditar la lucha independiente del pueblo acusándolo de causar destrozos.

En anteriores conmociones también se arruinaron árboles, se dañaron adoquines y se escribieron leyendas en las paredes, pero la oligarquía no rezongó porque ellos decidieron los términos del final de la pugna política. Ahora no solo que no ocurrió así, si no que la pequeña y opulenta pandilla de banqueros y millonarios fue vapuleada, su discurso perdedor fue repudiado, su doctrina ideológica quebrantada, su orden social autoritario fue triturado, su poderío humillado, pues nadie hizo caso del Estado excepción ni del toque de queda. Quedó en evidencia que ya no pueden gobernar con la facilidad del pasado. Pero ojo, antes de que esta derrota les sirva de escarmiento la oligarquía se prepara para golpear de nuevo, tiene la sangre en el ojo y vigente su bestial necedad de considerar que son ellos los únicos dignos de gobernar e imponer su sistema fracasado al país.

La lucha de octubre fue una magistral enseñanza para el pueblo, reconoció a sus enemigos, los complotados con el FMI, a los caudillos militares, a los burócratas de alta jerarquía, y la prensa reaccionaria subordinada al Poder. Los jefes de las masas saben que a futuro el desafío con el enemigo de clase no será para nada amable, moderado ni elegante pues la rebeldía popular es la esencia de la historia y la violencia su partera.

Y a propósito del árbol, en una sociedad dividida, cada persona existe como parte de una clase, y todas las ideas, sin excepción, llevan su sello de clase; por ello, cuidado con asumir las disimuladas, pero reaccionarias opiniones de la derecha fascista.