Estados Unidos es el mayor consumidor de drogas del mundo, y esto habla de un inmenso mercado que solo puede tener explicación por la participación de funcionarios del gobierno y los sectores de poder. Lo aceptó el pasado 5 de febrero en Lima nada menos que Rex Tillerson, ex Secretario de Estado: “Tenemos que reconocer que nuestro país es el mayor consumidor de drogas ilícitas. Desde ahora comenzaremos a trabajar en ese problema”.

Pero además está el consumo de drogas lícitas, especialmente de analgésicos opiáceo,  que ha generado la declaración de “emergencia de salud pública” luego que el abuso causara la muerte de 64.000 personas por año (siete cada hora). La industria farmacéutica promueve libremente el uso de gran cantidad de drogas, y es conocido que para ello inventan enfermedades. Una de ellas, el “síndrome” (es decir no una enfermedad sino solo la presencia de unos síntomas) de déficit de atención, por lo que más de 10% de niños entre 4 y 17 años están siendo medicados con drogas que generan dependencia. Se trata de un negocio que tuvo ventas de 9.000 millones de dólares, en el año 2012.

La relación entre narcotráfico, burguesía y Estado imperialista no es nueva. Hay que recordar el caso Irán-Contras. El Informe del Comité Kerry del Senado norteamericano llegó a la conclusión de que los miembros del Departamento de Estado y la CIA «habían prestado apoyo a los contras de Nicaragua, estaban involucrados en el tráfico de drogas […] y los propios elementos de los contras, recibieron con su consentimiento asistencia financiera y material de los traficantes de drogas». Para ello, además, inundaron las calles de los barrios pobres y negros de los Ángeles y otras ciudades con el de crack, droga de laboratorios ubicados en Estados Unidos.

Entre muchos otros casos, hay que considerar la invasión a Afganistán. Los talibanes habían reducido la producción de opio a 185 toneladas anuales hacia 2001, año en que se inicia la invasión de EEUU. Pero, con el dominio de los imperialistas aumentó a 3.400 toneladas en apenas un año, y a 7.000 toneladas en 2016, aunque se considera extraoficialmente que la producción anual de opio en ese país ronda las 9.000 toneladas. Allí hay bases militares, 8.400 militares de USA, cerca de 30.000 contratistas (nombre de los mercenarios contratados a ejércitos privados que funcionan legalmente) y unos mil efectivos más de la OTAN. Sin embargo, Afganistán hoy produce un 95% de opio y de sus derivados, morfina y heroína, a nivel mundial.

Los EEUU están en Colombia, con al menos siete bases, pero ese país sigue como el primer productor de cocaína y aumentan las hectáreas sembradas de coca con ese fin.

El lavado de dinero sucio y particularmente del narcotráfico también es negocio imperialista.  Para 2001, el senador norteamericano Levin afirmó: “Las estimaciones indican que entre 500 mil millones y un billón de dólares de origen criminal se mueven y depositan anualmente en los bancos. Se estima que la mitad de ese dinero viene a dar a Estados Unidos”. Si se incluyen los dineros que envían políticos corruptos del mundo, James Petras afirma que esta cifra habría llegado a 100 mil millones de dólares por año. Sin duda, cifras en crecimiento.

Casi todos los bancos de fama han sido investigados por lavado de narcodólares, pero al final solo les piden pagar una multa mucho menor a sus ganancias, lo que incentiva más el negocio. Según Naciones Unidas, son 350 mil millones de dólares los del negocio de las drogas por año, de los cuales 44% se queda en EEUU y 33% en Europa. Los especialistas estiman que si ese dinero dejara de fluir, se produciría la bancarrota de la economía global capitalista. Complementariamente, Kieran Beer, integrante de la Asociación Americana de Especialistas Certificados en Antilavado de Dinero señaló que: “A ningún gobierno le conviene arruinar a la banca privada, menos aún al de Estados Unidos”.

Con estos antecedentes, si algún gobierno pide presencia militar y base yanqui o si se cumple el colonial acuerdo reciente entre el gobierno de Lenín Moreno y Estados Unidos, está pidiendo con ello el ingreso pleno de nuestro país en el encadenamiento productivo de la criminal industria de las drogas. La soberanía y la independencia son los escudos en contrario, para evitar que el narcotráfico y sus mayores beneficiarios entren al país y lo controlen.