Por: Xavier Andocilla Rojas.

A las pocas horas de que la ciudadanía se enteró del secuestro de los tres periodistas del diario El Comercio, hubo manifestaciones de solidaridad y rechazo por distintos medios, que permitió generar un debate nacional sobre la situación que atravesaban Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. En la opinión pública, se puso de manifiesto la labor que cumplen los periodistas en la sociedad y cuáles son los límites y alcances de la libertad de expresión.

Estas manifestaciones de solidaridad eran muy diversas, creativas, con mucha sensibilidad, e incorporaron a distintos sectores, principalmente a los jóvenes. Estas iban desde frases, diseños, crónicas, perfiles, artículos, fotografías, vídeos, hasta llegar a manifestaciones públicas de protesta como las veladas, mítines, movilizaciones, marchas y más.

Al pasar el tiempo y mientras se incrementaba la indignación, más aún cuando se dio la noticia del asesinato de los tres periodistas el día 13 de abril, estas manifestaciones de solidaridad subieron de calidad e intensidad y agruparon a un mayor número de personas. Me acuerdo, muy claramente, de un Twitter -no recuerdo el nombre del periodista que lo escribió, pero sí de su publicación- que decía: «ellos contaban historias, ahora son parte de nuestra historia».

Esa frase ha rondado mi cabeza por casi 365 días. Me impactó de tal manera que, en cada ocasión que mencionaban el caso de los tres periodistas, tenía inmediata relación con ese Twitter. Me llamó la atención no sólo por la simplicidad y simplificación del contenido, que en tan pocas palabras hace una profunda reflexión, sino también de la importante carga de emotividad con la que cuenta.

Haciendo una retrospectiva del momento del que fueron asesinados Javier, Paúl y Efraín, recordaríamos que muy pocos conocían sus nombres y un grupo más reducido aún conocía quienes eran y qué rol cumplían, probablemente un grupo menor conocían por qué los asesinaron.

Por ejemplo, recuerdo que participé de algunas veladas exigiendo la libertad de los tres periodistas, pero solamente después del asesinato que se informó el 13 de abril del 2018, llegué a conocer que uno de ellos había estudiado en la misma Universidad en la que me gradué y, más aún, que había sido de la misma generación con la que ingresé a la educación superior.

«De la Salesiana era el Javier» me dijo una amiga. Cada vez que sus amigos hablan de él, dibujan una personalidad muy interesante: un ser humano solidario, paciente, inteligente; amante de la literatura y del «buen fútbol», me dijo algún amigo. Javier era de «esas personas con la que podías hablar y tener una larga y entretenida tarde», me contaron algunas amigas.

Trato de cerrar los ojos y lo busco entre mis recuerdos. Algunas veces tengo la impresión de verlo entre las sombras en algún evento que organizó la Aso. de estudiantes de la carrera de Comunicación Social de la Salesiana; otras veces, me figuro verlo caminando con alguno de sus compañeros; pero, a pesar de que hago los esfuerzos, no logro enfocar bien su rostro, pero veo a sus amigos y compañeros de cursos, a los que distingo claramente, por ejemplo: recuerdo a uno de ellos que tenía una barba desaliñada, siempre estaba con un poncho, creo que era de color plomo; recuerdo a otra de sus compañeras que tenía unos grandes ojos claros y una cabellera no tan larga pero lacia, de color negro azabache; también tengo presente a una chica que tenía un montón de pecas, una nariz respingada y una alborotada cabellera zamba; me acuerdo de uno de sus amigos que era alto y flaco, que escribía una literatura muy fluida, hermosa y creativa; creo que lo vi con un amigo que era guitarrista, que entonaba ese instrumento de una forma sensacional y que admiré por la capacidad de hacer los solos de guitarra; así a cada uno de sus amigos.

Quiero pensar que Javier asumía su trabajo de cronista, el de un personaje que pasaba desapercibido por lo profundo del escenario para captar la esencia de lo quería contar, imagino que su trabajo no era ser protagonista de esa historia, sino que él quería ser el que contaba la historia que nosotros hubiéramos querido leer.

Creo que lo mismo sucedió con Paúl Rivas, su trabajo era captar lo fundamental de la noticia en una imagen y que ésta sea lo suficientemente fiel a la realidad. Para ello tenía que camuflarse, a tal punto de pasar desapercibido en el corazón mismo de lo que quería contar. Evidentemente, no tengo una idea cercana de él, pero de quién si me acuerdo es de su compañera sentimental, que en alguna ocasión fuimos compañeros de curso y que era una mujer callada y tranquila, a tal punto era así que me sorprendió verle en un foro y denunciar el asesinato de su compañero, la firmeza y seguridad con la que habló me creó un sentimiento de admiración por ella.

Con el que menos tengo contacto es con Efraín Segarra, posiblemente mientras yo estaba en planes de nacer y él ya estaba en el oficio de ayudar a encontrar la noticia, de ayudar a los periodistas a contar historias y probablemente en todos esos años de trabajo llegó a formar todo un almanaque de cada una de sus trabajos.

Es así que hoy, al cumplirse el año del asesinato de los periodistas o, mejor dicho, al cumplirse los 365 días del asesinato de nuestros amigos, nosotros tenemos el derecho y la obligación de contar una nueva historia. Una historia en la que están presentes todos los amigos de Javier, Paúl y Efraín, una historia que describe la desesperación del amigo ausente, del compañero desaparecido y del padre asesinado; una historia que mira las lágrimas recorrer el rostro de los familiares y que escucha los gritos destemplados de la indignación. Pero, también, es una historia que ve cómo la angustia se convierte en ira y a su vez se transformará en rebeldía.

Esta es una historia que será contada por una generación de comunicadores y periodistas que fueron marcados por un momento de ruptura social; será contada por miles de jóvenes que, al conmoverse, se enlistaron en un compromiso y una causa que se convirtió en fuerza material para irrumpir en lo establecido.

Esta historia no puede ser contada fuera de las condiciones materiales, de la realidad que atraviesan los ecuatorianos y los comunicadores sociales en particular, ya que en estos 365 días, la realidad de las personas que investigan la verdad no ha cambiado y en este año las condiciones de los comunicadores incluso se ha pauperizado.

En este año, si contamos desde el 26 de marzo, el Estado no les ha contado a las familias y amigos de los tres periodistas la verdad de lo sucedido con ellos, se les ha ocultado la información bajo el pretexto de que es información reservada. Pero, si hablamos en un contexto más amplio, los comunicadores en este año han sido víctimas, no solo del asesinato de sus compañeros, sino que son parte del conjunto de trabajadores despedidos de las entidades públicas que han reducido alrededor de un 20% los departamentos de comunicación. Ahora, los comunicadores tienen miedo a salir de feriado por el temor de toparse con una lavacara de agua fría y enterarse de su despido al regresar a su trabajo.

 

Claro, ahora a los comunicadores se les ha revictimizado una y otra vez, porque si no quieren ser despedidos, ellos tienen que trabajar con niveles de sobreexplotación: se redujeron sus sueldos y no reciben pago por sus horas extras, que además deben cumplirlas si no desean enfrentar al fantasma de los despidos.

Pero, en estos 365 días, las condiciones de los periodistas no han mejorado. La reforma a la ley de comunicación, si bien exige que los grandes medios de comunicación tengan que contratar a profesionales de la comunicación y permite que en la comunicación comunitaria pueda funcionar sin la obligatoriedad de un periodista para poder subsistir, no se han producido reformas en las que se democratice la propiedad de las frecuencias de comunicación, de hecho, permite que se mantengan monopolios de comunicación como los denunciados en la investigación de FUNDAMEDIOS. Aún peor, la reforma a la ley de comunicación no incorpora nada sobre la protección y la seguridad que se debe dar a los comunicadores en el cumplimiento de su labor investigativa en la búsqueda de la verdad. Es decir, los periodistas siguen estando tan indefensos como lo estuvieron Javier, Paúl y Efraín, por lo que hoy los comunicadores se encuentran en una disyuntiva: contar la verdad corriendo el riesgo de perder su vida o contar la noticia a medias para resguardar su seguridad.

A esto se debe complementar que los sueldos de los comunicadores van a ser pauperizados, ya que el título de tercer nivel con el que se gradúan de las universidades, ha perdido su valor en los medios y las plazas de trabajo podrán ser ocupadas por un tecnólogo o un auxiliar en comunicación. Es decir, van a cumplir las mismas labores con un salario menor al que tendría un comunicador graduado en la universidad; así, para que un profesional de la comunicación pueda trabajar, tendrá que aceptar un salario menor y una mayor explotación.

Los tres periodistas del diario El Comercio hoy forman parte de nuestra historia, pero esta historia no sólo debe ser contada y recordada. Nosotros tenemos la obligación de rebelarnos y construir historias esperanzadoras con finales felices. Finales en donde no nos falte la verdad o no nos falten otros 3 periodistas.