Por Oswaldo Albornoz Peralta [1]

Arrugas profundas, formando laberinto,

en la oscura superficie de la frente

y en la hoquedad de las mejillas: elocuentes,

parecen decir con grito largo y ululante,

el punzante dolor de un pueblo y de una raza.

Ternura fijada en sus facciones,

blanda y suave ternura;

como copo de lana o escarcha matutina.

No es una ternura sola,

es una ternura colectiva,

que abarca los afectos de los ayllus serranos,

transparentes, diáfanos y purificados

en el crisol del sufrimiento.

Contiene, encerrado en vasija de barro

para que no escape,

el tierno arrullo de las madres indias,

rítmico y grave,

como canto de tórtolas campestres.

Rasgos de dura firmeza,

coexistiendo con la mansa dulzura,

como la flor al lado del espino.

Fortaleza con consistencia de granito

y resistente a los golpes más furiosos,

como el puño de martillo de los amos

o el rayo lanzado por sus dioses.

Mirada potente y penetrante,

hecha para romper la niebla espesa

de los cerros nativos,

para distinguir entre la paja de la puna

la sierpe de los chaquiñanes.

Mirada prestada por los cóndores andinos,

para avizorar también, desde alta cumbre,

el camino y la meta del combate emprendido:

ese mundo feliz con tierra propia,

que titila en los horizontes del futuro,

irradiando claridad como una estrella!

Temple así –inquebrantable roca-

porque es de fe su basamento.

Porque es certidumbre pegada a la piel

y gravada en la mente

de reconquistar la tierra arrebatada,

para ya poseída, acariciar los surcos

y besar el brote de las mieses.

Y entonces clamar con voz potente,

para que retumbe con el eco,

el viejo grito de guerra y de victoria:

¡Ñucanchic allpa!

Barro arrugado –pachamama-,

ternura y firmeza confundidas,

ojos en éxtasis mirando hacia la aurora:

eso es Dolores,

esa obstinada perseguidora de una estrella:

el socialismo.

 [1] Tomado de Oswaldo Albornoz, Dolores Cacuango y las luchas indígenas de Cayambe, Ed. Claridad, Guayaquil, 1975, pp. 43-45.