Por Gustavo Báez Tobar

      Quién fue Filemón Proaño

 Nació en Cotacachi el 25 de diciembre de 1886 y murió el 27 de abril de 1977. Fue profesor de música, compositor, investigador y poeta, se destacó en el género melodramático. Se preparó en el convento de San Agustín de Quito en donde cursó estudios de literatura, filosofía y ciencias sociales. En el  arte musical  se inició con religiosos españoles, especialmente con  el maestro José M. Trueba, profesor del Conservatorio de Madrid. Como resultado de esta sólida preparación se desempeñó como preceptor de música en  varias escuelas y colegios del país. Lo conocí, en su edad provecta, como mi profesor de Canto, en primer curso del colegio Abelardo Moncayo de Atuntaqui.

 Nos legó los pasillos: Isleñita, Brisas caraquenses, Justicia humana y Amor ignoto, a más de 60 piezas dedicadas para la niñez y juventud. Sobresalió como compositor  melodramático, pues tiene en su haber las siguientes creaciones: “Reino del Kitu”, “Rumiñahui” y su obra cumbre: “El Príncipe Cacha” que fuera premiado  con MEDALLA DE ORO, en 1930, en la Exposición Internacional de Sevilla, España. Obtuvo también un Diploma de Honor en la Feria Exposición Internacional realizada en Ibarra, en 1928, con motivo de la llegada de la primera locomotora del ferrocarril  a Ibarra.

“El Príncipe Cacha”

Esta obra de teatro fue publicada en 1931 por Talleres Tipográficos Nacionales. Fue rescatada por el acucioso investigador Lenín Alvear, quien lo había encontrado en las bodegas  de la Biblioteca Nacional del Ecuador “Eugenio Espejo” y tuvo la gentileza de obsequiarme una copia del original.

El famoso escritor uruguayo Constancio Vigil dejó sentada una verdad: “Buenos son los libros viejos, pues, solamente los buenos llegan a viejos”.   El Príncipe Cacha es realmente una joya histórico-literaria, de cuya lectura he disfrutado con toda mi admiración para el autor Filemón Proaño, por su profundo conocimiento y minuciosa investigación del tema, pues el libro exhibe una amplia bibliografía consultada lo que da robustez la obra; está prologada por un conocido intelectual Alejandro Andrade Coello, vinculado a Cotacachi porque se desposó con la poetisa María Ester Cevallos.

“El Príncipe Cacha” es un melodrama de cuatro actos y un cuadro final, acompañado de  diez cantos en ritmo de sanjuanitos rescatados por el autor, y, otros sones de las propias comunidades indígenas de Imbabura y Carchi. Cierra la obra con una elocuente elegía, que según mi criterio, es el culmen de un gran logro literario por su concepción y significado histórico. El  autor reconoce que en cuanto a la música  no toda es original de él, salvo los arreglos armónicos y el acoplamiento en el desarrollo estructural y dramático, pero, en conjunto la obra mantiene  admirable unidad, a tal punto que, estudiada en tierras sevillanas se hizo acreedora a la Medalla de Oro, en el mencionado  evento mundial.

 Argumento

Sin aspirar a  un argumento exhaustivo quiero referirme primero al tema que nos ocupa como es el  propósito  de rescatar la figura del héroe Cacha, de la dinastía Duchicela, que  defendió con bravura hasta exhalar su último aliento para consolidar la unión  del pueblo Caranqui-Imbaya, en las comarcas que ahora constituyen la provincia de Imbabura.

Los tres primeros actos constituyen un acopio  de avances y retrocesos, de inestabilidad  entre los líderes  que conformaron alianzas en el período preincásico con los pueblos Panzaleos e Imbayas,  inclusive la comunidad  Cañari, estos últimos quizá fueron los primeros que propiciaron la desmembración; y no faltaron otras traiciones con fines políticos de sometimiento al Inca Huaina Cápac, usurpador de ajenos territorios. En este tramo de acontecimientos hay un afloramiento de momentos épicos que cantan los triunfos del valeroso Cacha Duchicela. No obstante… vino lo fatal. En uno de esos combates en tierras imbabureñas, una espada enemiga acabó con su vida.  Píntag, admirable guerrero y prometido de Pacha, se hizo cargo del ejército Cara, mientras ella, la hermosa Princesa, declarada Reina Imbaya, se lamentaba así, desesperadamente, ante el cadáver de su padre:

Y en tanto mi alma, mustia, acongojada, /naufraga del dolor en el vaivén…!/ ¿A dónde iré en pos de un lenitivo/para tan dura y cruel tribulación?/ ¡ Venga la muerte! Y en su eterno olvido/sepulte mi existencia y mi aflicción!”.

Sin duda, un sexteto profundo y sentido, poéticamente bello… casi perfecto.

Un poco antes de este doloroso episodio, el emperador Huaina Cápac, vil usurpador de estas tierras, en pleno apogeo de su mandato se dio modos para, en forma furtiva, conocer a la bellísima Pacha e intentar la ambiciosa conquista  sentimental, allá en el palacio real ubicado en la fortaleza de Atuntaqui. Este intento no prosperó, porque recibió el rechazo de la Reina Imbaya, que a poco levantó a sus guardias para que lo pongan en fuga. ¡Cómo iba a consentir que tan aleve invasor pretenda su preciosa mano, y además, traicionando así la paternal disposición de desposarse con el valiente Píntag, hombre de confianza de su ejército! Pero el gran conquistador no se dio por vencido. Envió diplomáticos embajadores incluida la sapiente Llira, Virgen del sol y hechicera, que lograron arrancar del corazón de la Reina Pacha el ansiado SÍ para unirse en matrimonio con el  poderoso dueño del Tahuantinsuyo. El alma magnánima de Pacha prefirió sacrificar sus íntimos sentimientos, con el fin de lograr la paz y unidad entre  los pueblos. ¡Denodada como impresionante decisión! Al fin y al cabo mejor le resultaba ser Reina y Emperatriz  del Tahuantinsuyo antes que compartir el tálamo en calidad de deshonrada concubina.

Cuadro final y Elegía

La  boda imperial se dio en el templo de Caranqui en medio del tradicional boato. Todos bebieron espirituosa chicha. Los flamantes novios bailaron un alegre sanjuanito, como signo  de unión en este histórico compromiso. No obstante, no todo fue senda de rosas. El cielo de la felicidad de pronto se cubrió de nubarrones. Píntag, el cóndor herido por la traición de su prometida a quien la había soñado  entre sus brazos, alguna noche pretendió rescatarla de su aposento real o acabar con la vida del propio usurpador. Huaina Cápac, entró en ira (al igual que Aquiles, de la Ilíada),  entendió que el pacto se había roto y se encendieron los fuegos contra el pueblo Imbaya, que, sorprendido, no pudo defenderse: se dio el masivo degüelle y feroz matanza, luego de lo cual sus cuerpos fueron arrojados al Lago, que se tiñó de sangre (de ahí el nombre de Yahuacocha), a donde también se arrojó, impotente, el desconsolado Píntag.

Este cuadro siniestro que sabe a cruenta tragedia  es contado con agilidad y maestría por el autor del melodrama; este culmina con espléndida elegía de 146 versos de arte mayor, en estrofas irregulares; lacerantes versos declamados y cantados por la adolorida Pacha. Un cúmulo de imprecaciones contra sus dioses al pie del Imbabura saben  a desconsuelo y amargura. Infinito dolor y arrepentimiento. O autoinculpación…   Con  voz enternecida de Reina y Emperatriz, la heroína Pacha,  aparece en escena para exteriorizar sus crueles sufrimientos. Escuchemos pues, las lastimeras lágrimas vertidas, y unámonos a esta náyade herida… acompañémosla en su dolor con estos pocos versos tomados de la extensa y sangrante elegía:

“¡Oh verdugo! Mil veces te maldigo, /porque del bien común fuiste enemigo…!/Y para despedirme te conjura/mi ronca voz de débil criatura:/ ¡¡Concluye tu obra, no la dejes trunca!!!/ O tritúrame Tú, para yo nunca/volver a verte en tu feral estrago; /o ahógame en las aguas de tu Lago,/o  déjame subir a las estrellas/con mi carga infinita de querellas”.

De las entrañas de esta ilustre Reina y Emperatriz, la legendaria Pacha, protagonista de este poco conocido melodrama, nacería Atahualpa, que representa la esencia de nuestra nacionalidad ecuatoriana. 

Soledad y tristeza en el ocaso de Filemón Proaño

Quizá hay muchos prohombres que han hecho mucho por la humanidad, por las artes, por la cultura, por la conquista de la libertad y la dignidad que han terminado sus vidas encerrados en su propia soledad y tristeza…

En este espacio quiero recalcar lo que publicó Ramiro Ruiz Ruiz, en el Diario La Hora, a principios de este año.  Con patético realismo pinta el retrato lastimero de los últimos días  de Filemón Proaño, autor del famoso melodrama que hemos comentado. Ramiro se pregunta ¿cómo pudo ser posible que así acabe sus días un hombre tan valioso, olvidado de la sociedad? ¿Sin que nadie reconociera su magna obra literaria y musical?

En efecto, el maestro Filemón vivía en una casa de color verde oscuro, de dos pisos, casi frente a la Plaza 17 de Julio, hoy denominada de la Interculturalidad. Una pieza la arrendaba a una señora Inés, vendedora de frutas. No pocas personas cuentan que vendía capulíes en las partituras musicales del solitario maestro. Así, se fue diluyendo su obra artística; al igual que su vida se fue deshojando sin pena ni gloria, pues, parece que la mayor parte de su obra está perdida.

Como extraídas de los relatos de realismo mágico, hay hechos que merecen ser contados, recordando el artículo de Ramiro Ruiz: Sus dos hermanas con las  que vivía eran conocidas como las Mocas, habían muerto. Don Filemón se había quedado solo; las tardes salía al borde de la acera, arrimado al zócalo de su casa, con su abrigo color del tiempo, en estado deprimente. Pero, se daba modos para (sobre una estera) secar los billetes al sol, producto de los préstamos. De esto se aprovechaba la frutera Inés, que a más de las partituras le usurpaba el dinero con el cual compró la casa grande, mientras el dueño tuvo que adquirir una casa contigua, de un solo piso. En esa vivienda, se exhibe la efigie en cerámica del maestro Filemón Proaño, como parte de la Ruta de la Música y  que en  homenaje de  preclaros artistas del pentagrama  exhibe Cotacachi como “ciudad musical”.

La “muerte anunciada” del maestro Filemón

Un poco antes de que falleciera el maestro Filemón Proaño, en 1977, (nos cuenta Ramiro Ruiz), llegaron a Cotacachi dos académicos españoles con el propósito de llevarlo a la Madre Patria y allí rendirle un merecido homenaje.  Esto no se dio, porque, según las autoridades, la situación del artista era prácticamente “impresentable por su  edad y  deplorable presencia física”, por lo cual “tuvieron” que mentir: “Filemón Proaño ya había fallecido”. Los extranjeros  regresaron a su Patria y ahí le tributaron el homenaje póstumo a un personaje que aún estaba vivo. ¡Cosas de la vida…y de la muerte! Los ajenos reconocieron la valía de este singular artista, pero en Ecuador, no. En Cotacachi, al menos una calle lleva su nombre; empero hace falta que se haga conocer de su grandeza intelectual. Es imperioso por ello, que se reedite el melodrama “El Príncipe Cacha”.  Esta obra bien merece ser llevada al cine.

Cotacachi, octubre 2019.