Por Marco Villarruel A

Es altamente improbable que España, especialmente su gobierno, se disculpe ante la humanidad por lo que hicieron sus antepasados a los pueblos originarios americanos en tiempos de la conquista

Ni que tampoco vaya a indemnizar a los americanos por la expoliación que duró 670 años.

Nadie espera que España, o quien tenga en sus bóvedas el oro y la plata que se llevaron en sus galeones, y peor todavía vaya a reconocer por la muerte de miles de indígenas mineros que trabajaron hasta morir para que las cortes europeas puedan beber su te en vajillas hechas del material andino.

La carta enviada por el presidente mexicano Manuel López Obrador a los reyes de España ha despertado un gran debate y lejos de causar escozor a las altas autoridades españolas ha despertado su encono.

Ahora justifica el gobierno “socialista” de Sánchez y de su “majestad” Felipe, que la invasión española vino a calmar la guerra intestina entre los indígenas en México y en el Perú. No es poca cosa lo que hicieron los españoles dicen ellos ahora. Contactaron mundos, crearon leyes, apoyaron a defensores de los indios, que nos formaron para actuar con responsabilidad, que pactaron con las poblaciones en contra de la “tiranía espantosa de los aztecas” y para ello  Hernán Cortez les ayudó, afirman. Para ellos, América debe agradecer que trajeron la filosofía griega, el Derecho romano, el Renacimiento. Pues como dijo Luis García Montero, director del Instituto Cervantes “No hay civilización que tenga las manos limpias – y de manera admonitoria dice – que la historia está hecha de barbarie. Nuestro compromiso debe ser con el presente y con el futuro”, con lo que pretenden justificar el genocidio.

Pero nadie podrá borrar de la historia la destrucción del desarrollo cultural de los pueblos originarios, el aniquilamiento de sus fuerzas productivas, las masacres incontables por las guerras de exterminio, la contaminación y el contagio de enfermedades abominables. La historia registra que tras agudos debates los españoles tuvieron que reconocer que teníamos alma, que éramos humanos y descendíamos de Adán y Eva, y por tanto debíamos ser evangelizados, y se la hizo a sangre y fuego. Es larguísima le lista de actos de crueldad y se hace más anacrónica si ahora escuchamos a sus descendientes que quieren lavarse las manos porque esos eran otros tiempos. A veces parece que algunos españoles recordaran con nostalgia a los pueblos que los invadieron.

Si de perdón se trata el mismísimo Papa pidió perdón en Bolivia ante miles de indígenas por el papel de la iglesia en la conquista. Y otros papas hicieron lo mismo, varias veces. El presidente Macron pidió perdón por el papel de Francia en la guerra de Argelia. Los alemanes no solo han perdido perdón mil veces ante los judíos, sino que, obviamente, les han entregado multimillonarias indemnizaciones. Japón pidió perdón por sus guerras atroces. Holanda ha pedido perdón a los indonesios por sus crímenes de guerra.

El presidente mexicano ha dicho que la carta era para “la reconciliación, pero no para olvidar, no odiar, pero no olvidar”. Y por ello, hasta que pueda dilucidarse aquello de las compensaciones económicas y humanas, es hora de una profunda reflexión histórica, con el  objetivo de que los genocidios no vuelvan a repetirse. En México el país con más hispanohablantes la memoria indígena no puede aún digerir que los fantasmas del pasado están liquidados. Ellos recuerdan que Pancho Villa fusilaba a los españoles por considerarlos ajenos al concepto de nacionalidad mexicana, y ahora en la voz de la dirigente Marichuy, exigen la entrega de las tierras, que siempre les perteneció.

En el fondo de las cartas y declaraciones la humanidad reclama la recuperación de la memoria, quizás no con resarcimientos económicos pero sí con el detenimiento de masacres y genocidios actuales, en todo el mundo. Para algo sirve la historia.