Por Omar Vidal *

Publicado en El Universal de México

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Vivimos tiempos difíciles. La sexta gran extinción de especies en la Tierra. A diferencia de las cinco anteriores, ésta la estamos causando nosotros, no los desastres naturales. Se le ha llamado “Antropoceno”, “defaunación antropogénica” y “aniquilación biológica”. El nombre es lo de menos, lo que importa es que somos los protagonistas de un episodio en donde la pérdida de biodiversidad avanza a un ritmo sin precedentes.

 

En todo el mundo, comunidades biológicas que tardaron millones de años en formarse – selvas tropicales, arrecifes coralinos, bosques, praderas y humedales costeros – han sido devastadas como resultado de las actividades humanas. Los científicos estiman que en las próximas décadas se extinguirán decenas de miles de especies y millones de poblaciones únicas.

 

Si las especies, las poblaciones y los ecosistemas pueden adaptarse a las condiciones ambientales, ¿entonces por qué se están perdiendo? La respuesta es simple: porque hemos alterado y destruido los hábitats a tal grado que estamos acabando con especies y poblaciones enteras. En los últimos 170 años ha tenido lugar la mayor destrucción ambiental, debido al uso, cada vez mayor, de los recursos naturales por una población que crece desenfrenadamente: en 1850 éramos 1000 millones de personas, hoy somos 7650 millones – casi 60 millones más que el año pasado. Con este tamaño poblacional, aun una tasa modesta de crecimiento suma decenas de millones de personas cada año.

 

Si seguimos haciendo más de lo mismo, entre más seamos mayor será nuestro impacto y menor será la biodiversidad. Las amenazas se agudizan debido a nuestras demandas y al consumo cada vez mayor de recursos naturales. Transformamos hábitats naturales en tierras dominadas por la agricultura, la urbanización, la industria y otras actividades humanas.

 

Según la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, llevada a cabo por más de 1360 especialistas de todo el mundo (incluyendo varios mexicanos) con el auspicio de las Naciones Unidas, en los últimos 50 años hemos transformado el mundo natural más rápido y más ampliamente que en ningún otro período de tiempo comparable de la historia humana. Y lo hemos hecho, en gran parte, para satisfacer nuestro apetito creciente de alimentos, agua dulce, energía, materias primas, vivienda, etc. Estos cambios han contribuido a alcanzar beneficios netos inmensos para el bienestar y el desarrollo económico, pero ha sido a costa de la pérdida de biodiversidad y la degradación de muchos servicios ambientales.

 

La gente en los países industrializados (y las minorías más ricas en los países en desarrollo) consumen una porción desproporcionada de recursos naturales. Por ejemplo, cada año los Estados Unidos, que tiene sólo 4% de la población del mundo, utiliza cerca del 25% de los recursos naturales del planeta. El ciudadano estadunidense promedio consume cinco veces más energía que el ciudadano promedio del mundo, 10 veces más que el ciudadano chino y 28 veces más que el ciudadano indio.

 

Son siete las principales amenazas a la biodiversidad. Siete son los pecados ambientales de nuestro tiempo: pérdida de hábitat, fragmentación de hábitat, degradación ambiental y contaminación, cambio climático, sobreexplotación, especies exóticas y enfermedades. Nuestros pecados. Valga decir, por ahora, que la mayoría de las especies amenazadas sufren los impactos de cuando menos dos, que actúan tan rápido, a tal escala y sumándose unos a otros que las especies no pueden adaptarse y se extinguen.

 

El primer pecado, y el más grave, es la pérdida de hábitat (la soberbia).

 

  • Omar Vidal, es un destacado científico y ambientalista, escritor y divulgador científico, columnista de opinión de problemas ambientales y de conservación de la naturaleza. Fue director del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) en México, entre 2003-2007.