Por Gustavo Báez Tobar

Marco Terán tempranamente develó sus inclinaciones, se descubrió a sí mismo y encontró el camino que le esperaba en la vida. Despertó en otra atmósfera de aire más soberbio que muy alto le llevaría. Descubrió sus alcances y  sus vuelos. Ascendió con sus propios impulsos en la búsqueda de sus niveles de inspiración; llegó a la altura de sus sueños. Es un autodidacto, nacido en la pintoresca parroquia de San Roque, al pie del Imbabura; de ese coloso andino extrajo -de lo más hondo de sus raíces- el  fuego y el sabor para plasmarlos en sus cuadros fantásticos y exclusivos.

Pablo Neruda, ese prolífico poeta y escritor chileno,  en su apasionante obra Confieso que he vivido, nos ofrece un bello acápite que lo titula Raíces, y en él nos cuenta que el famoso vate ruso Ehrenger, traductor de los poemas nerudianos, le regañaba porque en sus versos repetía tantas veces la palabra “raíz”, a lo que el laureado bardo  se explayaba en sus explicaciones, y en uno de sus motivos de fondo le dice, refiriéndose a su Chile querido, la patria del rojo copihue : “Las tierras de la frontera metieron sus raíces en mi poesía y nunca han podido salir de ellas”.

Destacados críticos de arte como Inés Flores, José Villarreal Miranda y Marco Antonio Rodríguez se refieren con mucha solvencia y estéticos enfoques tanto al contenido como la estilística de la obra de Marco Terán, de quien Rodríguez, se pronuncia así:

Terán es ser humano torturado y sencillo, reticente y familiar, rezuma  sencillez y transparencia, el aire incontaminado que envuelve el espacio donde  vive y trabaja parece haber modelado su personalidad. ¿El artista es alguien extraño, singular, único? El artista,  el verdadero artista -y Marco Terán lo es-, es aquel que crea mundos distintos pero arrancados de su realidad de su contexto social. Y lo hace porque no tiene otra opción en la vida: condena y liberación. Paradoja extraña e insólita a la vez”.

Marco Terán toma de su pasado -de nuestro pasado- sus refundidos ancestros, la cosmovisión andina a la que nos pertenecemos; y él lo hace con primordial orgullo, crea imágenes, máscaras de extraña presencia, con exóticas cabelleras y florecidos colores que estallan de alegría y refulgencia, para crear emoción estética: propósito supremo del verdadero arte. Ha recorrido ya un largo camino, desde hace 35 años de constante actividad pictórica, con sus creaciones en acrílico, en lona, en madera. Ha participado en 30 exposiciones colectivas e individuales  en algunas ciudades del país: Ibarra, Otavalo, Quito, Cuenca, Baños, en donde conoce y aprecia su obra. Con mucho acierto la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Imbabura, en el año 2012, le confirió la Presea “PILANQUÍ”

Ahora, el Centro Cultural Antonio Ante lo tiene entre sus preclaros miembros; sus coterráneos que tienen vivo interés de admirar su obra múltiple y variada: sus esplendentes  desnudos femeninos de recelosa doncellez, la naturaleza fragante, sus cuadros de alusión costumbrista y tótems que hablan, brillantes calcomanías y sugerentes mosaicos de su exclusiva geometría; todo, en exultantes colores y matices“ocres, blancos, púrpuras, amarillos, turquesas…”en expresión de Marco  Antonio Rodríguez.

Marco Terán ya es un gran valor de la plástica nacional; esperamos  de él muchas sorpresas de sus  hermosas fantasías…  Con sobresalientes artistas de esta valía necesitamos muchos más en la plástica,  las letras, la música, la danza, para conformar con ellos un colectivo  que limpie de violencia y sangre todas las patrias del orbe. Tenemos que repetir mil veces – y con resonante voz-, bienvenidas sean pinceles, plumas y colores, en todos los idiomas del Mundo, aquello que el inefable Neruda, lo dijo hace más de 50 años. Él pasó a la inmortalidad en  l973. Nos legó muchos libros y poemas; entre ellos un pensamiento precioso, parece escrito ayer, y  vale más que todo el oro del mundo: “Y sigo creyendo en la posibilidad del amor. Tengo la certidumbre del entendimiento entre los seres humanos, logrado sobre los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados”.

Y como sentenció Fedor Dostoyevsky:“Solo la belleza podrá salvarnos”.