Por Gustavo Báez Tobar*

“Nuestros pechos,  en férvido grito,

te saludan ciudad inmortal,

gloria a ti San Francisco de Quito

en tu historia muy noble y leal.”

Nada más emotivo que saludar a la ilustre Capital de los ecuatorianos con los inspirados versos del Cardenal Bernardino Echeverría Ruiz, consagrado poeta que escribió la letra del himno a Quito, y la música corresponde a Fray Agustín de Azcúnaga. Sí, cuando el 6 de Diciembre San Francisco de Quito cumple el Cuadragésimo Octogésimo Sexto Aniversario de Fundación, fecha en la que también  se evoca la memoria de Sebastián de Benalcázar.

Referencias históricas

Alfredo Pérez Guerrero en su obra” Aventura del espíritu” nos recuerda: “La Ilustre Municipalidad de Quito conmemora un aniversario más del día en que Sebastián Moyano de Benalcázar, labriego español, armado noble y caballero en nuestra América, fundó la Villa de San Francisco de Quito, instaló el Cabildo y dispuso que alcaldes y regidores asumieran sus funciones. Inmediatamente se trazó la Plaza Grande y las calles que a ella convergían; se repartieron solares y se inscribieron los primeros vecinos en número de doscientos tres españoles y dos negros. Había comenzado otra historia de Quito mientras en las cercanías de valles y montes rondaba hostil la fiereza de Rumiñahui, el héroe indomable que dejó  en ruinas la ciudad antes de abandonarla a la codicia de los conquistadores”.

Esta Villa así constituida ya ostentaba orgullosamente un pasado de hondas raíces históricas y  prehistóricas ya que fuera Capital de los Caras y los Shirys;  nació y creció como testigo de avasallamientos y dolorosos atropellos en la colonia, una noche de tres siglos de ignominia, explotación y muerte, pero también con vocación para constituirse en ciudad egregia entre las capitales americanas, como descubridora del gran Río de las Amazonas o como portadora de la antorcha de la luz independentista por su Primer Grito del 10 de Agosto de 1809 que iluminó el suelo americano; o la sangre derramada el 2 de Agosto de 1810, para rubricar su nombre en la historia de  las libertades.

Surgió aureolada con la corona de sus próceres como Espejo, Larrea, Riofrío, Ascázubi.  Cofre insigne de aprovechados alumnos de la Escuela Quiteña como Caspicara, Pampite, Miguel del Santiago, Gorívar, sangre indígena que legó su impronta artística en la construcción y modelación de sus templos. Después vendría González Suárez, Felipe Borja, Mejía Lequerica, y otros más. Cuna de célebres cantores y poetas.

 ¡QUITO, ciudad siempre querida y admirada de la Patria!

Con el tiempo la ciudad siguió robusteciéndose en mestizaje,  su criollismo; se multiplicó el número de habitantes, sus barrios crecieron por doquier,  y fue condigna a su historia como Capital de los ecuatorianos. Escenario de excelsas glorias: desde la gesta del Pichincha del 24 de Mayo de 1822; el advenimiento de la Gran Colombia y la Época Republicana, que marcara un difícil tránsito de progreso hacia la autogestión y gobernanza. Quito ha estado en la mira de todos los compatriotas por ser el centro de cambios políticos y administrativo, y con Guayaquil, son dos ejes que se complementan en el desarrollo socio-económico nacional.   

El crecimiento  de nuestra Capital ha sido por demás ostensible. Entre un desfile de montes y nevados ha extendido su presencia magna y respetable. Ahora es la urbe más poblada del Ecuador. Por los cuatro puntos cardinales, no se diga de Norte a Sur, ha ido absorbiendo parroquias y pueblos, cantones íntegros,  ayer apartados de la Capital, hoy conforman  una mega ciudad que a todos nos sorprende y enorgullece. Ha multiplicado también sus problemas  para la convivencia de sus  habitantes, pero esperamos que con la sapiencia de su gente y de sus autoridades logre mitigar las urgencias apremiantes, para que siga siendo la ciudad hospitalaria, digna de vivirla y disfrutarla.

Hace 42 años -en  septiembre de 1978-,  Quito fue designada por la Unesco: PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD,  por muchos méritos, principalmente por la gloria artística de sus templos, que ostentan con orgullo las maravillas de la escuela  barroca y las influencias del arte greco romano.

¡Obligación de todo buen ecuatoriano es velar por su vigencia como relicario de arte, de urbanismo y de historia!

Recuerdos del Quito de ayer

A la ciudad Capital se la lleva en el alma, con absoluta veneración. Tengo de ella los mejores recuerdos; por allá en los años 1951 al 55, mis inolvidables años de formación en el Normal “Juan Montalvo”. Antes de terminar la  educación primaria ya conocí la “Carita de Dios”. Era el tiempo del tren y del tranvía, cuando  todo nos llamaba la atención. Tiempos de añoranza aquellos, cuando se pagaba el pasaje de 15 centavos de sucre por este medio de transporte, por el recorrido de Chimbacalle a la Colón-, la línea era Colón-Camal. Para ese entonces Quito era la décima parte de lo que hoy es, el número de habitantes no llegaba a los 250.000 y las líneas de buses urbanos a más de la nombrada anteriormente, eran: la Iñaquito Villaflora, Marín- Cotocollao- Aeropuerto, y otras con recorrido transversal.

Cuando estudiantes del Colegio hacíamos entretenidas caminatas para recorrer el centro histórico, compartir la belleza de monumentos y edificios de enorme valor colonial y conocer, uno a uno, los tradicionales barrios cantados “El chulla quiteño”. Nos halagaba conocer el nombre de cada calle, guardábamos en nuestra memoria cada rincón del Quito antiguo, para nosotros tan queridos y respetados. Todos los cines y teatros eran frecuentados por los jóvenes; gozábamos de los dobles en las funciones de matinés o nocturnas,  con galerías repletas (a un costo de un sucre con veinte centavos). Vibrantes quedaron en nuestros recuerdos las voces y canciones de Jorge Negrete, Antonio Badú, Pedro Infante, Pedro Vargas, y otro más, que pusieron canciones en nuestros labios y nuestro corazón. Gozar con las películas de “Cantinflas”, era sensacional. En pocas ocasiones pudimos  admirar  el monumental teatro Bolívar, o el teatro Sucre, cuando a los internos del Montalvo nos llevaban para asistir algún concierto que se ofrecía a la juventud (y que por supuesto no  lo entendíamos, porque no alcanzábamos a vislumbrar su real valía),  o el melodrama “LA FLOR DE PICHAVÍ”  del maestro cotacacheño Alberto Moreno Andrade; esta obra sí la entendimos porque fue escrita con sentimiento nacional.

*Miembro del Centro Cultural   ”Antonio Ante”