Por Dimitri Barreto Vaquero. 

¡Oh condición mortal, oh dura suerte!”

Quevedo.

 

La muerte del ser humano ha sido, es y seguirá siendo un tema de honda preocupación para el hombre de todas las épocas y todos los lugares. En torno a este momento, que es parte consustancial de la propia existencia, se han construido infinidad de conceptos, mitos, ritos, costumbres, creencias, temores y deseos. Toda cultura tiene un espacio para la muerte; espacio en el que se intenta: interpretarla, definirla, reverenciarla, aceptarla o rechazarla. La magia,  la religión, la filosofía, la antropología el arte y más tarde la medicina han constituido los  pilares  fundamentales para procurar comprender  la dimensión de la muerte y sobre todo para  satisfacer el anhelo  humano de evitarla o prolongar su llegada de modo indefinido.

Cada ser humano vive  una serie de  profundas y constantes contradicciones frente al hecho de morir. De manera natural nadie lo desea, pero al mismo tiempo todos lo esperan. Cada individuo es absolutamente consciente de  que le llegará el momento de morir pero será incapaz de conocer  lo que será su propia muerte. Simplemente se vive siendo espectador o testigo y algunas veces autor de la muerte ajena, sin llegar jamás  a ser consciente de su propio final. Con absoluta razón Carlos Fuentes asevera:

            “La muerte  espera al más valiente, al más rico, al más bello, Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni  siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es”.[i]

Frente a la muerte  la actitud de cada individuo   debe ser entendida como una construcción histórico –social y no como un proceso estrictamente personal. Es la sociedad a través de  infinidad de mecanismos la que da un cierto sentido a la muerte individual. En las sociedades primitivas, el elemento central para enfrentar a la muerte fue la magia y la religión; con ellas  el habitante de entonces construía un escudo protector para atenuar las angustias de su finitud. Con el paso de los siglos y el desarrollo de la humanidad, la ciencia explica y fundamenta a la muerte como parte de un proceso estrictamente natural: el ciclo vital. El pensamiento mágico – religioso, si bien no con la fuerza de los primeros tiempos, sigue manteniendo un  peso significativo en su intento de tranquilizar al ser humano frente a su inexorable destino. La religión constituye para grandes conglomerados humanos  el soporte para el consuelo.

El significado de la muerte no es unívoco, puesto que varía   dependiendo del momento histórico, del contexto social y de la propia experiencia personal. A pesar de las diferencias conceptuales, hay un hecho común para  todas las personas: la muerte es una realidad de la que nadie escapa, es la una única certeza que tenemos para el futuro, es la verdad absoluta  frente a la relatividad de todas las demás experiencias vitales.  En un mismo individuo la conceptualización o la valoración de la muerte puede tener distintos significados dependiendo de infinidad de circunstancias: la edad, la formación académica, la actividad  productiva, la postura ante la religión, la salud, la enfermedad y su ubicación en el contexto social. Esta diversidad  tiene formas antagónicas,  es el tema  preferente para la divagación filosófica o religiosa como  para la especulación o la certeza científica.  Tan variados  criterios  van  desde aceptarla como un  hecho biológico natural o como el designio irrevocable de un “ser superior”; como la confirmación de la vida, puesto que se nace para vivir y se vive para morir  y solo los seres vivos fallecen, o como el fracaso de la vida;  como  el final definitivo de un ser o como  una transición para una vida   eterna.

La aceptación,  el rechazo, la negación, la ira, la tristeza, la culpa, la acusación, la tranquilidad, el alivio, la desesperación, el arrepentimiento, el llanto, el grito, la blasfemia y el silencio son las formas con que el hombre se expresa frente a un acontecimiento letal. No hay lugar para la indiferencia, para la apatía, la muerte convoca a expresarse a todos, es esa la “nostalgia de la muerte.”[ii]

Cuando una persona muere  termina para el futuro, su pasado tal vez subsista en la memoria de los que siguen vivos. Es probable que alguien lo recuerde, pero el difunto ya no tendrá la opción de evocar su propia existencia; la  memoria de su vida se extingue para siempre. Persistirá en la memoria ajena, porque la muerte  tiene memorias  como también olvidos. Con la  muerte se arriba al final de la conciencia,  la materia organizada en un cuerpo dotado de inteligencia y sentimientos, se descompone y vuelve a la tierra como materia inerte, como polvo o ceniza, para integrarse a la energía universal.

El anhelo de inmortalidad, o al menos de una vida extensa, ha sido una constan   te en los seres humanos  En este  antiguo y renovado deseo se sustentan las religiones del mundo; su razón de ser es la promesa de un mundo celestial mas allá de mundo terrenal. Saramago afirma con  severidad:

“Las religiones, todas, por más vueltas que le demos, no tienen otra justificación  para existir que no sea la muerte, la necesitan como pan para la      boca… para que las personas se pasen toda la vida con el miedo colgado al cuello y, cuando les llegue la hora, acojan la muerte como una liberación”[iii]

             El momento en que se alcanza la conciencia de finitud,  se deja de ser niños y se inicia  la aventura de vivir bajo la angustia de saber que ahora es una persona  y más tarde ya no será. A pesar de lo completamente natural que es la muerte de cada individuo, se vive la paradoja de rechazar la simple idea de morir. La muerte es percibida como algo antinatural, irracional e indeseable. La naturaleza privilegia la persistencia indefinida de la vida de la especie más no la vida individual.  La muerte de cada ser particular es también una necesidad de la naturaleza  como de la propia sociedad. Saramago en su novela “Las intermitencias de la muerte” nos pone en alerta sobre la crisis que viviría el mundo ante la eventualidad de detener, solo por un momento, la muerte de los seres humanos. Al inicio la euforia colectiva se desata, pero con el paso de los días aparece la desesperación y el caos total.  El periodista Lolo Lasso, nos recuerda otra obra en la que se constata lo absurdo de la inmortalidad.

La magistral novela de Simone de Beauvoir, ‘Todos los hombres son mortales’, muestra lo absurdo de una vida eterna. El príncipe Fosca está    condenado a vivir para siempre y la consecuencia es la futilidad de sus actos, que dejan de ser únicos, pues se repetirán una y otra vez tornándose banales. Fosca quisiera morir pero no puede. La «bendita muerte» es para él una ilusión, como es para nosotros la eternidad.”[iv]

Para el común de los habitantes de la Tierra, hablar de la muerte es un tema tabú, difícilmente se lo aborda con objetividad y como un acontecimiento natural y necesario. Se buscan caminos alternativos,  se le limita, se le escabulle, se le distorsiona y siempre constituye un evento ajeno; al fin y al cabo los demás son los que mueren y mientras se tiene la opción de hablar, de reír y de llorar la vida está presente  y  la muerte  ausente. Es difícil aceptar que mientras más se camina más cerca está el final.

“Que el hombre no acepte sin más su destino biológico, que viva la expectativa    de la muerte como tragedia, como contrario a su naturaleza parece delatar una sed de eternidad en quien no se resigna a desaparecer”[v]        

La certidumbre personal de la muerte nos humaniza,  nos convierte en verdaderos humanos, en mortales, asevera  Fernando Savater.[vi] La muerte de un ser humano, reiteramos,  no es un acontecimiento exclusivamente biológico; por lo contrario, es un momento fundamental en la biografía dé cada ser, es un hecho socio cultural.

La medicalización de la muerte.

En ese complejo entramado ingresa la medicina para dar un vuelco completo a la tradición  tanática: la medicalización de la muerte es un cambio histórico de profundas repercusiones. Pasamos al decir de Nietzche, “De la muerte soberana a la muerte anómala”. El hombre ha orientado su existencia  bajo el concepto de que  vivir es el estado normal en tanto que la muerte es su antítesis. Bajo esa premisa  a la medicina se le ha “encargado”  buscar para todos los seres humanos, una muerte lo más lenta  y lo más tarde posible. Hacía  allá se centran los mejores esfuerzos de la ciencia y la tecnología moderna; se alimenta la ilusión de una vida  sin plazos, de un futuro muy extenso  para cada individuo. La ciencia y la técnica están dispuestas para modificar o frenar  las propias leyes de la naturaleza. Al fin y al cabo el hombre no está simplemente para adaptarse al mundo, sino para transformarlo.

Ahora es la ciencia la que nos ilusiona con derrotar a la muerte. La nanotecnología, la biotecnología, la informática y las ciencias del cerebro ofrecen la posibilidad de reparar no solo los órganos sino los tejidos y las células, crear órganos artificiales y colocar implantes electrónicos. Una portada de la revista Time decía que el 2045 puede ser el año en el que el hombre se vuelva eterno. El doctor Laurent Alexandre, autor del libro ‘La mort de la mort’, terminaba una conferencia reciente asegurando: «Mi convicción personal es que algunos de entre los presentes en esta sala, vivirán    mil años». [vii]

Con la medicalización, el nacimiento y la muerte dejaron de ser asuntos inherentes al  grupo familiar y comunitario y pasaron  a convertirse en asunto  de salud pública, institucionalizada y rigurosamente registrada en cifras y con diagnósticos  precisos. La muerte en si, no cuenta en estos registros, sino la enfermedad o la causa específica que, a criterio del médico, la ocasionó. Del hogar pasó al hospital o la clínica;  antes la   presencia de los familiares y allegados era la garantía de una buena muerte; ahora la disposición de equipos, fármacos y personal altamente calificado es garantía de una muerte  inevitable. Antes en su propia casa se acompañaba al moribundo, ahora en los corredores del hospital  se habla del moribundo.

Al final de la clásica novela de Cervantes, Don Quijote de la Mancha  recuperó la razón y dejó atrás sus delirios y reconoció llamarse Alonso Quijano el Bueno, murió en su propia cama, acompañado de los suyos: su sobrina  Antonia Quijana, su amigo el bachiller Sansón Carrasco, el cura confesor,  el escribano y el leal escudero Sancho Panza, quien  acongojado y           llorando le decía:

             “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos    años, porque la mayor locura, que puede hacer un    hombre en esta vida es           dejarse morir sin más ni más, sin que  nadie le mate ni otras manos le acaben       que las de la melancolía”[viii]

            Desde una perspectiva diferente en la “Muerte de Iván Illich”, el genial novelista ruso, León Tolstoi, pone de manifiesto la entrega  del moribundo al poder del médico; en él vuelca toda la esperanza de ser sanado, de restituirle a la vida, de permitirle el retorno a sus funciones en la Corte de Justicia. La enfermedad avanza, el dolor físico va minando la voluntad de Illich, la incomodidad y la sensación de desamparo lo acosan y solo le queda la esperanza de ser salvado por  su médico y sus remedios, mientras “la muerte lo contempla como la fiera a la presa”. Tolstoi, no deja de advertir sobre la frialdad del encuentro del médico con su paciente, de las severas limitaciones de la ciencia para comprender la enfermedad del moribundo y del drama de toda su existencia.

             Entre tubos de respiración asistida, monitores, sondas, médicos,  enfermeras y más enfermos, transcurre, en un  hospital de Madrid,  una de las más críticas etapas de la vida de Paula, descrita con  sensibilidad y  dolor de madre en  la novela autobiográfica de  Isabel Allende. El hospital y la sala de terapia intensiva constituyen el escenario de  la historia; en una de sus camas  la porfiria y un posible error en el tratamiento mantienen a la paciente en coma profundo, en espera de una muerte artificialmente prolongada. Allende demuestra su angustia e inconformidad por la  experiencia hospitalaria,  por la desinteresada y  poca profesionalidad de la atención de los médicos, por la presencia de  cursos enteros de estudiantes de medicina que estudian a Paula pero sin ningún signo de respeto. Su decisión final: llevarse a Paula a California, en donde morirá rodeada de los suyos.

             En el mismo sentido de cuestionar la rigidez de algunos servicios de salud y los excesos  de lo técnico sobre lo humano; de la “calidad” sobre la “calidez”, Eduardo Galeano, en su  cuento “Terapia Intensiva” lo hace con marcada ironía.

            “Lo encontraron en su casa de Buenos Aires, caído en el suelo, desmayado,respirando apenitas. Mario Benedetti había sufrido el más feroz ataque de asma de toda su vida.

En el Hospital Alemán, el oxígeno y las inyecciones lo devolvieron, poquito a poco, al mundo, o a algún otro planeta más o menos parecido. Cuando alzaba los párpados, veía muñequitos que bailaban, tomados de la mano, en la remota pared, y entonces volvía a sumergirse en un silencio asueñado y ausente. Estaba molido. Había sido aporreado por Joe Louis, Rocky Marciano y Cassius Clay, todos a la vez, aunque él nunca les había hecho nada.

            Escuchó voces. Las voces iban y venían, se acercaban, se alejaban, y en alemán decían algo así como mal, mal, lo veo muy mal; un caso difícil, difícil; quién sabe si pasa de esta noche. Mario abrió un ojo y no vio muñequitos. Vio unas túnicas blancas, al pie de su cama. Con voz de bandera arriada, preguntó:

            — ¿Tan grave estoy?

            Lo preguntó en perfecto alemán. Y uno de los médicos se indignó:

            — ¿Y usted por qué habla alemán, si se llama Benedetti?

            El ataque de risa lo curó del ataque de asma y le salvó la vida.”[ix]

             Un médico salubrista argentino que por muchos años laboró en organismos internacionales de salud y a lo largo de su vida ha realizado aportes conceptuales y metodológicos a la salud pública, el doctor Mario Testa, debido a una enfermedad cardíaca tuvo que ser internado de urgencia en una Unidad de Cuidados Coronarios de un Hospital de Buenos Aires. Su experiencia en este servicio la describe con patetismo y sarcasmo:

“Después de una breve visita de Asia comienza la larga noche hospitalaria llena de ruidos, voces, alarmas de los monitores, quejas.  Un paciente llama varias veces con pedidos que no logro identificar; al parecer quiere ir al baño,  quitarse la guía, nada de ello es posible.  Al día siguiente oigo a alguien que comenta que ese paciente no es apto para estar en ese lugar.  A las cinco de la mañana me despiertan para tomarme un electrocardiograma de rutina, que se va a repetir durante los once días siguientes.  Más tarde en la mañana aparecen una mujer y dos hombres al pie de mi cama.  Deduzco por su actitud que son     médicos.  Uno de ellos –robusto, de bigote- dialoga con la mujer –petisa, rubia-, el otro –alto, flaco- se mantiene independiente.  Los tres miran los electrocardiogramas: el que me tomaron al ingresar, otro de control después de la colocación del marcapaso y el matutino de rutina.  Ninguno de los tres me mira ni me dice nada.  Robusto de bigote mirando fijamente al centro de la galaxia: ¿el señor estaba tomando algún medicamento antes del episodio?;    rubia petisa mirándome por primera vez: señor, ¿estaba tomando algún medicamento antes de éste episodio?, yo mirando a la rubia petisa: no; ella        mirando a robusto de bigote: no.  Intervalo silencioso; luego robusto de bigote siempre con la mirada fija en el mismo punto del espacio exterior, ¿qué edad tiene el señor?, rubia petisa mirándome: señor, ¿qué edad tiene?; yo: sesenta y siete, ella mirando a robusto de bigote: sesenta y siete.  La pareja dialogante se   retira sin otro comentario.  El flaco alto permanece un momento más siempre mirando los electrocardiogramas y luego se retira sin haber abierto la boca ni dirigirme una sola vez la mirada.  Yo me quedo, no se por qué pienso que puedo estar convirtiéndome en un pez.”[x]

             A raíz de la hegemonía hospitalaria en la atención a los pacientes en fase terminal,  la muerte está sujeta a nuevas consideraciones, empezando por su propia definición y por los métodos para su constatación. El debate se orienta hacia los limites y alcances de la tecnología pasando por las consideraciones bioéticas y culturales; el uso extensivo de medicamentos analgésicos, hipnóticos y tranquilizantes, la respiración asistida, la alimentación parenteral. Conceptos tales como: eutanasia, suicidio asistido, cuidados paliativos, obstinación terapéutica y derechos del paciente terminal son ahora una necesidad y una exigencia en la formación profesional de los médicos y enfermeras; amen de  constituir motivo de determinadas legislaciones y preocupación constante de la sociedad  y los individuos.

La muerte digna en el momento actual es un problema  técnico, precedida de una  agonía limpia,  aséptica,  higiénica, controlada con monitores, aislada de su familia y prolongada  todo cuanto sea posible, por lo que es oportuno recordar la sentencia de Nietzche:

“muchos mueren demasiado tarde, algunos prematuramente.  Aún no entra en   los oídos la doctrina del morir a tiempo”.[xi]

             La incertidumbre del médico no es ajena a  este proceso, puesto que en cada paciente terminal está en juego una serie de circunstancias particulares que agitan sus sentimientos más profundos, los que contrastan con las  posibilidades objetivas y reales que su saber, su experiencia y el desarrollo que la ciencia y la técnica  ponen a su disposición. Cuando la enfermedad  progresa irremediablemente hacia la muerte, cuando los límites de lo posible han sido superados, al médico  le embarga la  duda sobre cual es el camino  más deseable  para beneficiar al enfermo, atenuar las expectativas de  la familia y satisfacer sus propios anhelos de realización profesional.

En síntesis, la definición y actitud ante la  muerte es un acontecimiento que forma parte de todas las culturas y en cada una de ellas se expresa de forma diferente. Siendo un acontecimiento  universal e inexorable, genera un conjunto muy basto de reacciones, actitudes, ritos y mitos.  En las culturas modernas el momento de morir de los seres humanos, se  desplazó desde el hogar hacia las instituciones de salud; dejó de ser un acontecimiento familiar cargado de vivencias afectivas intensas para convertirse en un proceso técnico, frío y solitario. Es una  muerte olvidada, oculta, triste, que se registra con precisión en los documentos médicos y en las estadísticas oficiales.

Nacer es empezar a morir; el último momento de la existencia individual es consecuencia del primero. Ambos acontecimientos son trascendentes y por lo tanto, deben estar rodeados de todas las condiciones que les dignifiquen, porque ambos son expresiones de la vida. El uno, por ser inicio, es motivo de satisfacción social, el otro, por ser final, es causa de sufrimiento y pesar. Difícil, cuando no imposible, resulta pensar en qué sería la vida sin la muerte.

Así, así es la Muerte: ningún triunfo: ninguna derrota”

                                               Charles Hamilton Sorley.

[i] .- Fuentes, Carlos.: En esto creo. Alfaguara. México, 2008, pp 191.

[ii] .- Villaurrutia, Xavier.. Citado por Carlos Fuentes en  Op. Cit (1)

[iii] .- Saramago, José: Las Intermitencias de la muerte. Alfaguara. Buenos Aires, 2005, pp 45.

[iv] .- Lasso, Lolo.: La Muerte de la Muerte. El Comercio, 5 de octubre de 2013. Quito, pp 10

[v] .-Ballester, M.;  Ujaldón, Enrique.: Sobre La Muerte.  Biblioteca Nueva. Madrid,  2009, pp  9 -10

[vi] .- Savater, Fernando.: Las Preguntas de la Vida.

[vii] .- Ballester, M.: Op cit (5).

[viii] .- De Cervantes Saavedra, Miguel.: Don Quijote de la Mancha. Edición del IV Centenario.  Edit. Alfaguara. Sao Paulo. 2004, pp 1102

[ix] .- Galeano, Eduardo.: Cuentos Cortos.

[x] .- Testa. Mario.: El hospital.  Rev.  Salud, problema y debate. Año V, N°9, 1993.  Buenos Aires.

[xi] .-Nietzche, Fredrich.: Así Hablaba Zaratustra. Panamericana Editorial, Madrid. 2002,  pp 80.

*Este artículo se publicó en la Revista ANALES de la Universidad Central del Ecuador, No. 376, Volumen 1, 2018; se presentó a la comunidad universitaria en abril de 2019.

In memoriam

Iván Oñate, diretor de la Revista Anales expresa en la página editorial: “este número está dedicado a Dimitri Barreto Vaquero, gran amigo y respaldo insustituible de Anales… en una muestra de coraje y dignidad humana escribió el artículo Reflexiones sobre la muerte”.

Fernando Sempértegui Ontaneda, rector de la Universidad Central, le tributa a su entrañable amigo, Dimitri Barreto, un emotivo homenaje en un hermoso texto de profundo contenido, que consta en la primera página de Anales. He aquí unos breves extractos:

“En las aulas de su Universidad Central y en el hospital, extensión vívida de su universidad, ejercitaba la suprema entrega de su conocimiento científico, con rigor, con autodisciplina y con apertura incansable a la inquietud de sus alumnos. Inscrito en el dominio de una ciencia de retos inconmensurables por su incursión en la mente, cosmos de interrogación infinita, y por lo mismo, controversial, él, Dimitri había desarrollado caminos inéditos de aproximación, en una poderosa meyéutica, para que los alumnos siempre recordaran que es ciencia en construcción, de verdades refutables. Esa habilidad se fue perfeccionado a lo largo de su infatigable trabajo académico”. 

Y continua: “Hace poco más de medio siglo nuestras vida se encontraron convocadas por destinos que se unificarían gradualmente. Él provenía de una família de estirpe crítica, incómoda con la injusticia social, reclamante, unida a las organizaciones obreras en pleno momento de ascenso a la historia… Ya en 1972, compartimos el Consejo Universitario… en AFEME, vivimos una experiencia intensa de estudio, discusión y aprobación de documentos, alrededor de una visión crítica de la educación médica, enriquecida por las propuestas histórico-estructurales de Juan César García. Nacieron los seminarios de educación médica, los talleres de revisión curricular, la creación de los primeros programas de especialidad. Allí encontramos a Martha Muñoz, y allí, con ella, Dimitri encontró la luz de un amor que iluminó su vida con brillantez inextinguible”. 

Para concluir expresa en forma elocuente: “Más acá o más allá, queda el hombre de universidad, de esta Universidad Central, que solo tiene sentido en la voluntad de donación a los otros. Qué vida plenamente vivida la que se entrega sin reservas al decurso incesante de las generaciones. Aquí estamos, pues, sus alumnos, sus discípulos, sus colegas, sus amigos. Para el apretón de manos renovado. Para decirte qué vida a plenitude vivida, que se resplandece y recrea en los tuyos, tus hijos, tus nietos, tu amor cercano y a través de ellos se multiplica. Tantos cuéntense entre los tuyos como tus alumnos de la Central lo testifican. Nos inclinamos”.

Dimitri Barreto Vaquero: médico-psiquiatra, académico y humanista, desempeñó con brillantez la cátedra universitária, el decanato de la Facultad de Ciencias Médicas y otros elevados cargos como la dirección de la Cátedra de Cultura Universal, y, Talento Humano. Autor de varios libros, artículos científicos sobre temas médicos y de salud pública, numerosos ensayos referentes a problemas universitários y médico-sociales, en todos ellos hizo gala de un gran dominio teórico, vasta cultura y singulares cualidades estilísticas. Dimitri tuvo sólida formación filosófica y elevados princípios éticos que guiaron su vida académica, profesional y familiar.

Oswaldo Baez. Periódico Opción.

 

 

Quito, 9 de mayo de 2019.