Por Marco Villarruel A.

Era profesor de Escuela Secundaria en las afueras de París. Un día había preparado una clase sobre la libertad de expresión y para graficar su ejemplo presentó unos gráficos de Mahoma, el profeta de los musulmanes, en forma de caricatura.

En previsión de alguna dificultad pidió a sus alumnos musulmanes que si preferían podían abandonar el aula. Una alumna, lo denunció ante las autoridades del colegio y de la policía. Diez días después, otros alumnos tras el pago de una cantidad de dinero, identificaron al maestro delante de su asesino, un fanático encubierto, que procedió a herirle en varias partes del cuerpo y finalmente a decapitarle. Minutos más tarde la policía intentó detener al homicida quien al verse acorralado enfrentó a los hombres armados que lo eliminaron al instante, fue el 16 de octubre del 2020.

La muerte del profesor Paty fue otro acto terrorista proveniente una vez más de la inacabable intolerancia religiosa. Y no es el único. Por razones religiosas se sigue regando sangre en Siria, Afganistán, África, Palestina. Hace casi cinco años un comando fanático religioso asesinó a cuatro periodistas franceses, en París.

Por estas mismas razones, la de creer que la religión, su religión, es la única, la perfecta y la divina, centenares de predicadores de todas las órdenes recorren el mundo amenazando con el infierno, con el fuego de la venganza. De paso construyen grandes fortunas y hasta participan en eventos electorales de los cuales terminan como dignatarios o importantes asesores de los presidentes o ministros.

El poder de los terroristas religiosos se cimenta en potentes redes de comunicación que durante todos los días del año emiten programas agresivos y engañosos.

Hasta suministran atención médica y en muchos casos dicen organizar actos de caridad que terminan en muy buenas fuentes de ingresos. Dentro de los acontecimientos extravagantes a los que nos tienen acostumbrados estos violadores de las libertades y de las vidas humanas, montan espectáculos mediáticos donde dicen hacer milagros para  embaucar a muchas personas a las que convierten en robots y dejan llenas las arcas de estos nuevos ricos. La modernidad no ha llegado hasta ellos, que viven todavía en el siglo XIII.  Las nuevas tecnologías no les han modernizado, más bien con ellas se han hecho más crueles, más efectivos. Por ejemplo los decapitamientos transmitidos en vivo.

Es infame hasta el infinito la coacción que hacen con los niños en escuelas religiosas especiales donde fabrican personas que más tarde serán bombas humanas o feroces reproductores ideológicos.

En muchos países el Estado ha olvidado su responsabilidad en el control del sistema público de educación y ha dejado en manos de comunidades religiosas la enseñanza de la escritura y la lectura teniendo como texto básico sus libros religiosos fundamentalistas.

En el Ecuador el gobierno ha olvidado en gran medida el carácter laico del Estado al conceder permiso de funcionamiento a decenas de agrupaciones religiosas que no son sino vulgares centros de negocios y diseminación de ideologías fantásticas, coloniales y anticientíficas. La educación en no menos de un 20% está en manos de agrupaciones religiosas que se convierten en catedrales del pensamiento retrógrado en muchos campos del pensamiento social, económico y humano. Un porcentaje del presupuesto del Estado se les entrega so pretexto de cubrir la ineficiencia y poco alcance del Ministerio de Educación.

Desde comienzos de la República hubo que lidiar con la asfixiante dictadura religiosa y sería durante el gobierno liberal de Eloy Alfaro que por lo menos se consiguió la separación entre Estado e Iglesia. Desde entonces ha sido un constante retroceso en el control de algunas organizaciones religiosas que han hecho fortunas, han maltratado a la niñez y juventud, e intentan ahora tomarse el gobierno poniendo candidatos propios en las elecciones.

21/10/2020