Por  Raúl Arias*

Opción Cultura

 Muchos habrán leído en la página de opinión de diario El Comercio del domingo pasado (16-8-20) el artículo de Oscar Vela Descalzo titulado escuetamente “Don Juan”.

 Refiere el articulista algunos pormenores ocurridos en redes sociales sobre la disputa por conseguir el premio Espejo. “No vi a Juan Valdano inundando las redes sociales con su nombre y sus logros”, escribe Vela. “Tampoco lo vi formando parte de esas espantosas páginas promocionales que surgían como respuesta a las que habían lanzado otros candidatos que detallaban sus innumerables cualidades, premios y logros”, subraya.

 Vela destaca el alejamiento de Valdano de las redes sociales y anota que “la obra de un buen escritor, como es el caso de don Juan Valdano, vive y trasciende por sí misma sin necesidad del apoyo bullanguero de una peña o de una hinchada. Por eso me alegró tanto este premio, porque además de sus excelentes libros y artículos, se trata de una gran persona”.

 La buena persona o la “gran persona”, se aprecia y justifica únicamente por parte de sus allegados, por otras personas afines a las cualidades que elogia. Así, el señor presidente Moreno será o es una gran persona para Juan Fernando Velasco. El señor Guillermo Laso es una gran persona para el embajador de Estados Unidos en Ecuador. Y así, sucesivamente, la “gran persona” existe hasta que nadie demuestre lo contrario.

 El tiburón tiene dientes / y a la cara los enseña, / y Mackie tiene un cuchillo / pero no hay quien se lo vea. // El tiburón, cuando ataca, / tinta en sangre sus aletas, / Mackie en cambio lleva guantes / para ocultar sus faenas. (Bertolt Brecht).

 La relatividad de la bondad de las personas salta a la vista.

 La Asamblea Nacional, con la óptica de los políticos, está llena de buenas y “grandes personas”. Los “de abajo”, en cambio, piensan que está llena de sabandijas, corruptos desde los zapatos a la testa. Hay que cuidarse de creer en la existencia de buenas y grandes personas en la realidad. Si así fuese, el mundo estaría en paz.

 Durante el gobierno de Rafael Correa, el Ministerio de Educación publicó libros de autores nacionales en una colección denominada Memoria de la Patria. En la colección salieron a luz, entre otros, El indio ecuatoriano, de Pío Jaramillo Alvarado; Vida de Mariana de Jesús, del P. Aurelio Espinosa Pólit; El montubio ecuatoriano, de José de la Cuadra; y Literatura y sociedad en el Ecuador, textos de Agustín Cueva con prólogo y selección de Juan Valdano.

 Me pregunto: ¿por qué se contrató a Valdano para escribir sobre los estudios de Cueva? Valdano se aprovechó para dar cuchilladas en el aire, hacer autopropaganda fuera de tiempo de una revista a la que se perteneció (Syrma se llamaba y ¿quién se acuerda de este nombre tan “original”?         

  Salido de la caverna ideológica de la Democracia Popular, Valdano utilizó las páginas para dar manotazos contra los tzántzicos, de un modo esperpéntico, que rompe la sensatez que regularmente caracteriza a los catedráticos. Se solaza en atacar a esos poetas rebeldes que entre 1962 y 1968 redujeron a tzantzas a los pretendidos sesudos y vacas sacras. Exhibe una “cátedra” de mentiras, y con un oportunismo propio de los “políticos” de la partidocracia, escribió: En este mismo tono iconoclasta (el de los tzántzicos) y con idéntica sensibilidad (¿?), pero con menos estridencia y teatralidad y sin espuma en la boca, otros jóvenes intelectuales en otras ciudades del Ecuador –como el grupo Syrma fundado en 1961 en Cuenca por el poeta Rubén Astudillo y Astudillo y quien escribe estas páginas- publicaron sus revistas con igual actitud parricida.

 Los tzántzicos, ni de lejos, nos identificamos con los poetas lloriqueantes de Syrma. Al contrario, en Pucuna No. 5, revista de los tzántzicos, criticamos acremente a Syrma No. 3. Concretamente se criticó la poesía de Rubén Astudillo, quien “lógicamente se deja arrastrar por su fanatismo religioso y hace un pésimo y risible acto de contrición que, seguramente, le costará el infierno” (Pucuna No. 5).

En lados absolutamente opuestos estuvieron los tzántzicos de los syrma. Los tzántzicos profesamos ideologías progresistas, humanistas, no retardatarias. 

 Valdano se refiere a los tzántzicos de manera grotesca y tragicómica, impropios de una “gran persona”. ¿Por qué no citó ni una sola vez los juicios de Agustín Cueva sobre el grupo de los tzántzicos y sus actividades? Al contrario, Valdano suplanta a Cueva para expresar malas palabras en abundancia.

 De ejemplo, reproduzco un texto de Agustín Cueva de su libro Entre la ira y la esperanza: Odiados por los derechistas, detestado por los mini y micro ensayistas que le aplican la cobarde y sistemática represalia del silencio; ignorado por pontífices y periodistas “sesudos” pero aplaudido en universidades, colegios, sindicatos, etc., el tzantzismo, tierno e insolente es, mal que pese a sus adversarios, la verdad de nuestra cultura (y el público así lo siente: los Tzántizcos son los únicos poetas capaces de tener lleno completo en cualquier local donde se presentan).    

 Una lástima que los editores de la Colección Memoria de la patria hayan perdido la memoria dando la voz a una gran persona, devaluador  de la verdad -que en la cátedra debe ser igual, con gran perjuicio para los estudiantes- para poner el prólogo a los trabajos de un intelectual  valiente y honesto como fue Agustín Cueva.

 Aprecio lo que escribe Oscar Vela en sus artículos. He leído sus novelas, que me parecen de gran interés, y veo su constante inquietud por la literatura. Pero eso de dar opiniones sobre quién es o puede ser una gran persona, es relativo como he anotado.         

*Poeta Tzántzico