EEUU en la encrucijada: o fascismo o bancarrota

Periódico Opción
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Por A. Torrecilla *

Bajo los vociferantes discursos del «Duce» yanqui justificando el giro autoritario de su política interior e internacional en base a una presunta supremacía económica, militar e incluso moral de los Estados Unidos, se oculta el pánico en el que se ha instalado la burguesía estadounidense ante las cada vez más evidentes pruebas de un inminente colapso de su modelo económico.

El pasado mes de noviembre la Casa Blanca hizo pública su «Estrategia de Seguridad Nacional» y en ella, habla abiertamente repartirse el mundo con otras potencias imperialistas creando zonas de influencia exclusivas, y reservándose para sí misma el llamado «hemisferio occidental» —que incluye, al menos, tanto a Europa occidental como toda Latinoamérica—, y en el que la supremacía yanqui debe ser impuesta como prioridad para todos los países de la zona.

Sin embargo, el mismo documento tiene que reconocer que ese espacio se encuentra a día de hoy bajo una fuerte influencia de «competidores no hemisféricos» —léase China—, a los que EEUU tiene el deber de expulsar de «su» hemisferio con la colaboración —voluntaria o forzosa— de sus Estados vasallos.

No obstante, los megalómanos planes de Trump se encuentran con un importante obstáculo. El mismo documento oficial reconoce que la maquinaria diplomática y militar yanqui no está en estos momentos capacitada por sí sola para llevar a cabo esa «reconquista» del espacio vital que reclama, y señala principalmente un motivo: la economía estadounidense está en una situación crítica; enterrada en una deuda pública abrumadora —EEUU es el país más endeudado del mundo y cuya deuda crece más rápidamente, como veremos—, encadenada a unas energías fósiles en vías de quedar obsoletas, y sin acceso a materias primas ni cadenas de suministro actualizadas.

En resumen; los EEUU son simplemente incapaces de competir contra un capitalismo chino que ha extendido sus líneas de abastecimiento y exportación por todo el planeta, controla el 90% de los minerales necesarios para la producción de energías renovables, y domina absolutamente la producción de mercancías a nivel mundial.

Los datos económicos confirman los pesimistas análisis de la Casa Blanca: EEUU cerró 2023 con una deuda de 30.000 millones de dólares, en enero de 2024 ya había llegado a los 34.000; cinco meses después, en julio, alcanzó los 35.000 millones, que en noviembre eran ya 36.000. La evolución en 2025 no ha sido mejor: en agosto, el Departamento del Tesoro reconocía una deuda de 37.000 millones—cifra que no se esperaba alcanzar hasta el año 2030—, escalando, en diciembre, a los 38.500 millones. Entre las principales causas de esta verdadera hemorragia económica está una que conocemos muy bien en España por ser uno de los mantras favoritos de nuestras derechas: la falacia neoliberal en que cuantos menos impuestos, mejor. Este verano, Trump aprobó una batería de medidas fiscales destinadas a reducir la «carga fiscal» sobre las mayores empresas del país.

El resultado, según el Departamento del Tesoro, ha sido una bajada de la recaudación pública de unos 52.000 millones de dólares solo entre los meses de julio a noviembre de 2025, en comparación con el mismo periodo de 2024. La descomunal maquinaria estatal estadounidense —incluida su industria militar—intenta solventar este déficit apelando a la famosa «colaboración público-privada» —que en la práctica significa convertir servicios públicos en negocios privados—, y a préstamos y créditos bancarios, lo que provoca que al día de hoy el gobierno yanqui tenga que pagar anualmente más dinero en intereses de deuda pública (880.000 millones) que en inversión militar (850.000 millones). Un callejón sin salida del que Trump promete salir por las buenas o por las malas.

A esto hay que añadir la enorme cantidad de productos que EEUU se ve obligado a importar del exterior debido a la estrategia de deslocalización empresarial mantenida a lo largo de más de medio siglo, que llega al extremo de que gran parte de los productos que se consumen hoy día en EEUU, fabricados por empresas de capital estadounidense, se produzcan en terceros países y tengan que volver a entrar al país como importaciones. Esto fue lo que inspiró a Trump su sorprendente —e ineficaz— plan de aranceles mundiales. Pensó que, encareciendo la importación, animaría a las empresas yanquis a volver a los EEUU, además de desanimar a terceros países a inundar su mercado nacional.

Y por si estos ingredientes fueran pocos, la receta ultra de Trump también incluye la persecución de la inmigración como culpable de la crisis estructural, prometiendo que su política abiertamente racista servirá para devolver el trabajo a los «verdaderos» americanos. De momento, el efecto más inmediato está siendo una peligrosa pérdida de mano de obra y de consumidores en sectores fundamentales de la economía, como la agricultura o los servicios.

En octubre de 2025 más de 100 empresarios acudieron al Capitolio en representación de la «American Business Immigration Coalition» (ABIC), una organización formada por más de 1.700 empresas de 17 Estados, para denunciar que: «La economía americana no puede crecer sin vías legales para los trabajadores que impulsan las industrias como construcción, agricultura, hotelería o sanidad». Según esta organización, los puestos de trabajo sin cubrir debido a las redadas racistas del gobierno alcanzaban los 8 millones, provocando la subida en los salarios por escasez de mano de obra, pero también un aumento del precio final de los productos que llegan al mercado. En otras palabras; a nivel nacional se produce menos y más caro, con lo que el consumo directo también deja de impulsar la economía.

Esta es la desastrosa situación real de la «superpotencia» que hace planes de dominación exclusiva sobre medio planeta. Trump, como mano ejecutora de la burguesía yanqui, sabe que tiene poco tiempo para reconstruir las rutas de saqueo imperialista, y por eso se apresura a tomar las medidas más reaccionarias a nivel interno e internacional, exigiendo la completa sumisión de aliados y adversarios bajo amenaza del uso de la fuerza allí donde encuentre resistencia, como estamos viendo en Groenlandia y comprobamos en Venezuela.

Allí, la excusa de la lucha contra el narcotráfico ha servido para «corregir» la influencia de China sobre el país caribeño, puesto que Pekín compraba hasta el 80% de su producción petrolífera, saltándose el bloqueo decretado por los EEUU, y lo que es más importante, pagaba en yuanes y no en dólares, sentando un peligroso precedente para la desdolarización de la economía mundial.

Por si quedasen dudas, una semana después de atacar Venezuela, Trump aprobó un decreto presidencial por el cual todo el beneficio económico derivado de la gestión del petróleo venezolano queda bajo custodia estadounidense —en cuentas bancarias del Gobierno, de hecho—, especificando que China puede seguir comprando petróleo, pero a través de Washington y pagando en dólares, por supuesto.

Las cartas están sobre la mesa y el momento de la diplomacia ha terminado. El citado documento de la Casa Blanca habla abiertamente de garantizarse el «acceso a geografías clave en toda la región y proyectar poder, cuando y donde sea necesario»; de controlar las rutas de suministro y el acceso a recursos reduciendo la influencia de adversarios comerciales externos, de imponer a los países subyugados contratos de proveedor único para las empresas estadounidenses —para lo cual se insta a que las embajadas yanquis se conviertan en verdaderas agencias de negocios—, y establecer alianzas con representantes o movimientos políticos que se muestren sumisos y colaboracionistas con el dominio yanqui sobre sus propios países, y especialmente con los de carácter ultranacionalista.

La burguesía es muy consciente de que el viejo reparto del mundo, surgido hace «solo» unas décadas, con la desaparición del bloque revisionista-soviético, ha caducado por su propia descomposición económica, y, por tanto, toca reconfigurar las zonas de influencia de las distintas superpotencias capitalistas. Por eso, los Trump, Putin, Netanyahu o Xi Jin Ping del mundo entero están dispuestos a empujarnos al matadero de la guerra imperialista en Groenlandia, Palestina, Ucrania, Taiwán, o donde sus Consejos de Administración decidan que es rentable, antes que renunciar a sus obscenos privilegios.

Frente a esto, solo podemos organizar nuestra resistencia y nuestra propia estrategia de lucha como clase trabajadora recordando nuestro antiguo y cada vez más moderno llamamiento a escoger: ¡Socialismo o barbarie!

*Periódico Octubre /España PCEML

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