Por Francisco Garzón Valarezo
A veces pienso que nos aceleramos al decir que Jaime Hurtado está muerto. Callaron sus labios, es cierto; sin embargo, la elocuencia de sus palabras, su memoria, sigue viva en el corazón de la gente. Cuando lo recuerdo evoco el lujo de su piel negra, el retumbo de su voz, la firmeza de sus ideales revolucionarios.
Nunca te fuiste Jaime, poeta revolucionario. No eres duelo ni tristeza en la existencia porque frente al azote de tantas muertes en las filas de nuestro pueblo, nos hemos hecho más duros. La burguesía, que nunca tiene bastante con asesinar, ignora que el puesto que dejaste ha sido llenado por patriotas inspirados en ideas que jamás podrán ser vencidas. Por eso, los esfuerzos imperialistas son estériles, y no le queda más que acudir a la brutalidad, al crimen, a la guerra.
Todo asunto político era importante para Jaime, y no juzgaba inútil ninguna opinión para el debate. Su tiempo y su saber estaban al servicio del que quería aprender. En él florecía natural la iniciativa política porque sabía que el pueblo, sin doctorados ni maestrías, podía reconoce al líder y decidir el camino que ha de transitar. Aplicaba la ciencia de la política como un maestro y era al mismo tiempo un artista de la rebeldía que cantaba a la vida como nadie le había cantado, poniendo su verbo y su copla gallarda y frondosa al servicio de la patria; por eso, la burguesía supo a quién mandó a matar.
Pero han surgido otros hombres, mujeres, indios, negros, muchachos, para continuar el camino, y detrás de ellos vendrán otros, y a ellos les tocará la vida nueva, sin la ruina de la naturaleza, sin odios ni guerras, acariciaran la existencia por la que nosotros luchamos, y por la que tú, poeta Jaime Hurtado, diste la vida.
