Tu sangre sembró esperanza y combate

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Por Jorge Canbrera / Machala

Aquel miércoles de ceniza de 1999, mientras algunos recibían en la frente la señal del polvo y escuchaban promesas de salvación en otra vida, la muerte caminó descaradamente por las calles de Quito. Mientras los templos hablaban de sacrificio y resignación, la violencia política escribía su propio evangelio de sangre contra un hombre que nunca se resignó. Ironía brutal: mientras pedían arrepentimiento por pecados imaginarios, se cometía un crimen real contra un luchador que dedicó su existencia a combatir injusticias contra sus hermanos los pobres y descamisados. Pero las balas, como siempre, entendieron tarde que no se puede matar una causa cuando ya ha prendido en el corazón de un pueblo.

Jaime Hurtado González caminó la política con la claridad de quien no espera premios celestiales ni consuelos sobrenaturales. Su fe estaba en la conciencia humana organizada, en la fuerza obrera y campesina levantándose para cambiar por su destino. Dirigente del PCMLE, constructor del Movimiento Popular Democrático como herramienta de combate electoral para acumular fuerzas y abrir camino a la revolución social, entendió que la emancipación no cae del cielo: se construye con lucha, estudio, organización y sacrificio cotidiano. No pidió milagros; exigió derechos. No habló de resignación; enseñó rebeldía consciente.

Su voz en el Parlamento era una piedra lanzada contra la hipocresía del poder. Primer diputado negro en la historia republicana, rompió muros invisibles levantados por siglos de exclusión y racismo. No llegó para acomodarse; llegó para incomodar. Fustigó a traidores, denunció a oportunistas, señaló a quienes cambiaban principios por puestos y convertían la política en negocio. Defendió al pueblo y a sus organizaciones cuando hacerlo implicaba persecución y riesgo. Por eso su asesinato dolió como golpe en el pecho colectivo: porque no cayeron solo un hombre y una voz; intentaron quebrar la dignidad organizada.

Quisieron sembrar miedo y cosechar silencio. Nos dieron un golpe certero y doloroso, uno de esos que dejan al cuerpo sin aire por unos segundos. Pero ocurre algo con los revolucionarios verdaderos: cuando caen, se vuelven ejemplo, y el ejemplo es más difícil de matar. Cada injusticia que persiste nos devuelve su rostro; cada lucha popular vuelve a pronunciar su nombre. Nos golpearon, sí, pero con su ejemplo nos levantamos. Porque la causa de la patria nueva y del socialismo no depende de un solo dirigente, sino de miles que continúan el camino cuando uno cae.

Jaime fue coherencia viva: un revolucionario de palabra y acción, de pensamiento y consecuencia. Enseñó que la política debe hacerse con el pueblo y para el pueblo, que la dignidad no se negocia y que la lucha por la emancipación de la clase obrera y campesina no admite cansancio ni deserciones. Su vida fue escuela, y su muerte, una lección amarga pero poderosa: la historia avanza cuando los pueblos convierten el dolor en organización.

Y lo digo con la memoria encendida y el corazón abierto: Jaime, gigante de ébano y marfil, yo te conocí. Yo, y miles, caminamos tus pasos y seguimos caminando. No pudieron detener la marcha. Tu misión quedó inconclusa aquella tarde, pero no abandonada. La llevamos sobre los hombros quienes creemos que este país tiene que ser dirigido por los obreros y campesinos, por los pobres. Y mientras exista un militante dispuesto a estudiar, organizarse y luchar, seguirás vivo en cada paso que acerque la emancipación de los humildes.

Porque algunos hombres no vuelven al polvo: se vuelven camino, ejemplo y semilla.

Febrero 2026

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