Por Zulema Obando Herrera

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Homenaje a mi Padre que habita en el Cielo y a todos los Padres del mundo, que hacen de la existencia de sus hijos, un viaje siempre profundo y fructífero, a través de la poesía del desgarre, el aliento y la esperanza, transfigurando el propio ser. En la ausencia física de los padres, con el pasar del tiempo, el dolor encuentra la manera de mutar y liberar el espíritu, magnificando sus recuerdos y enseñanzas, como grandes lecciones de vida.

Ausencia

Aguja en el tiempo que el aguijón inyecta,

incontables días con sus lúgubres noches

desde que superaste a la muerte

para toda la vida;

hilo escarlata que el dolor derrama

en las cenizas de este rosal de espinas.

Anega el llanto a grito herido,

que en plena lluvia, el corazón desboca,

puñales hunden el óxido mortal

en campanadas de soledad adusta.

Mientras los vivos duermen

estallidos de espadas apuntalan al pecho,

hollando caminos,

de escarlatas y pliegues

en la hora nona,

de eterna melancolía.

Salvas de artillería

como animeras en prosa

rarezas que pululan en el vórtice,

espirales de palabras que perviven

en el rictus de tu vida y de tu muerte.

Flagelo esta pena,

que en mi infierno arde

si acaso, el alma recoge en puntillas

esa feliz infancia olvidada.

Amanecí siendo apenas una indefensa cría

cuando amar es gemir

en el túmulo tu ausencia,

oh bendita espina del rosal,

que desgarrando el pecho,

perfuma este arsenal de inefables recuerdos.

Herirme con la desgracia de tu partida

y mantenerte vivo en la memoria.

Sentada en tu morada,

sigo amándote con este lago de fuego

calcinante, salado y denso.

Desde el Cielo tu aliento

empuja este carruaje anegado en la tormenta.

Del Poemario “Palabras de Fuego”

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