Cuarta parada: provincia de Sichuan
Por Rocío Paz y Miño
En Sichuan estaban dos destinos imperdibles: Chongquing y Leshan
Chongquing
Partimos a media tarde desde la Zhangjiajie West railway station con rumbo a Chongquing; tras 3, 5 horas, y ya casi anocheciendo llegamos a esta metrópoli de 30 millones de habitantes. Nuestro hotel a 40 minutos de la estación, se ubicaba en el corazón del distrito Yuzhong. Cerca, las góndolas del teleférico del rio Yangtsé se desplazaban silenciosas cruzando el río con dirección al Distrito de Nan’an.

Alrededor de las 9 pm tomamos la línea 2 del metro con dirección a Liziba Station, una maravilla arquitectónica, ubicada entre la sexta y octava planta de un edificio residencial de 19 pisos, tan grande que es capaz de albergar un tren completo, éste pasa por el interior casi sin ruido. Para observar desde otro ángulo, bajamos a la calle y desde ahí entusiastas vimos una y otra vez entrar y salir trenes a toda velocidad por un puente altísimo.
A las 11 pm las luces de la ciudad se apagaron, debido a política de ahorro energético y reducción de la contaminación lumínica, solo quedó encendido el malecón del río Jianling y la luz fue suficiente, así que, deseando conocer más caminamos por horas atravesando parques, plazas y avenidas en las que familias, grupos y personas de todas las edades disfrutaban de la frescura de la noche comiendo, riendo, conversando, trabajando o estudiando en sus computadoras.
El complejo del Buda de Leshan
Tras unas 2,5 horas en tren llegamos a Leshan, un camino de arcilla roja y piedra nos recibió, flanqueado por caracteres rojos brillantes, testigos de tiempos olvidados. A los lados, escalones que han soportado el peso de miles de peregrinos por más de mil trescientos años. Las estatuas de Budas, sonrientes, indescifrables, de tamaños, colores y formas diversas, alineados en las paredes, como guardianes silentes de un mundo más allá del tiempo. Graderíos interminables se dirigían hacia lo alto de la montaña, junto a ellos fuentes, talladas en la roca, protegidas por dragones. Arriba se extiende una gran plaza, al fondo: la cabeza del Buda. Tal vez fue una ilusión, pero sentí su mirada penetrante, como si me aguardase.
Luego de rodearlo bajamos por una escalera estrecha que discurría por el borde del acantilado, desde allí se observa un río de carácter feroz, sus remolinos y rizos trazaban patrones impredecibles. Las paredes, frías y húmedas, marcadas por los dedos de millones de peregrinos, me hablaban de historias compartidas. Abajo, una plaza llena de orquídeas y plantas ofrecía refugio. A la izquierda, los ríos Ming Jiang, Qingyi y Dadu se encuentran en su confluencia, a la derecha, el imponente Buda, de setenta metros de altura, se alza en toda su belleza, serenidad y fe, creando una atmósfera palpable.


Luego nos dirigimos a otros sectores del enorme complejo, entre cavernas, senderos, pasadizos y templos caminamos unas seis horas. Absorta por la complejidad y belleza, encontré las estatuas de Guanyin (bodhisattva de la gran compasión), Manjushri (bodhisattva de la gran sabiduría) y representaciones de otros Budas celestiales, además de guardianes protectores contra las influencias negativas de los demonios (Yaksha).
Cada sendero, caverna, escalinata contiene un mensaje espiritual y la respuesta corta es que cada uno de nosotros está destinado a la buduidad y todos los aspectos representados reflejan nuestro propio camino y retos; unas veces en el cielo, otras en el infierno y las más en una especie de limbo del cual a veces solo salimos con dolor, pero aprendiendo; poco a poco el periplo del buda tomó un significado diferente en mí.
Por la noche de retorno a Chongquing (la capital de la producción en China, en el año 2025 alcanzó un PIB per cápita equivalente al de México o al de Brasil), el ambiente futurista de la ciudad en contraste con el mundo de fe vivenciado durante el día, fue aún más impactante. Sentí que, sin quererlo, di un vistazo al futuro 100, 200 años, no lo sé; seguramente es duro, pero también prometedor. La inevitable pregunta surgió en mi: ¿Será que, como ecuatorianos, lo lograremos? ¿Podremos lograr la disciplina, rigor, firmeza y fe en lo personal y colectivo necesarias?
Quito, enero 2026.
