“No hay periodismo al margen de la relación con otros seres humanos”, dijo el periodista Ryzard Kapuscinski, y añadió una idea que luego sería profusamente citada: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”.

El reportero no habita en el Olimpo, es un ser humano que habla sobre hechos protagonizados por otros seres humanos, y que también lo afectan como ciudadano. Elabora mensajes, creando sentidos que inciden en la realidad sobre la que reporta. Es absurdo, por lo tanto, el planteamiento de un periodismo independiente o imparcial. No puede pretenderse buscar, con lupa, en las noticias elaboradas por los periodistas, la opinión de contrabando que pudo haberse introducido en un género “objetivo”.

Por ello, es evidente que lo contemplado en la Ley Orgánica de Comunicación (LOC) siempre fue una arbitrariedad; es decir, tratar de normar la ética de los comunicadores, sancionando a aquellos que supuestamente confunden la información con la opinión, o exigirles decir “la verdad”, como si ello fuera posible para reporteros que lo que hacen es construir una nota a partir de versiones de las fuentes; o imponerles desde el Estado una agenda, bajo el supuesto de que son hechos “de interés público”.

“El periodista es un operador semántico, que elige la forma y el contenido de los mensajes dentro de un abanico más o menos amplio de posibilidades combinatorias”, afirmaba José Luis Martínez Albertos, otro referente de esta profesión al hablar de géneros. Esa es otra gran verdad: no hay inocencia y castidad en quien resuelve una manera de usar las fuentes, en quien tiene el poder de visibilizar a unos e invisibilizar a otros. Y mucho menos las hay en las empresas para las que trabajan, que diseñan la agenda y los enfoques informativos desde determinados intereses de clase. Hay periodistas y periodistas, los más son quienes trabajan con honestidad y transparencia profesional, sometidos muchas veces, sin embargo, a una estructura de poder que los asfixia.

Por: Ricardo Suárez