Francisco Garzón Valarezo

Vivió gente de toda laya en mi barrio de Las Tolas. A lo mejor otros barrios podrán presumir del talante de sus vecinos, pero se me pone que serán familias y personas de un mismo rango, o al menos algo parecido. Pero en Las Tolas no.

Allí vivieron dos ministros de Estado en funciones, si bien en épocas distintas. El doctor Rodolfo Veintimilla Flores fue Ministro de Trabajo y el general José Gallardo Román fue ministro de defensa en la guerra del Cenepa. También vivieron prostitutas, refinadas y caras, y de las otras, de las menesterosas, que fiaban el amor y amenazaban con cobrarte delante tus amigos si no les pagabas pronto.

De Las Tolas salió un futbolista famoso, Nicolás Asencio, que fue parte de la selección nacional de fútbol. Boxeadores, alzadores de pesas, karatecas, ciclistas también hubo. Una finalista a Mis Ecuador que casito gana, la bella Cecibel Zambrano vive en Las Tolas. Prósperos bananeros y camaroneros, haraganes, locos, rateros, mariguaneros, licenciados, abogados, navajeros, carboneros, banqueros, pescadores, vendedores de gelatina en vaso, cangrejeros, uno que otro asesino fueron habitantes de La Tolas.

Periodistas que se decían tales porque vendían periódicos. El célebre notario José Cabrera que hizo noticia en América vivió en mi barrio. Borrachos, de los implacables y semaneros. Ponedores de cachos y por ende cachudos.

Sargentos, cabos, suboficiales, de la policía y el ejército en servicio activo y pasivo. Un general de la policía también vivió, pero con una moza. Un juez de la Corte de Justicia. Gente metida y chismosa, gente solidaria, gente buena, costureras, médicos, millonarios, ninfómanas, vaporinos, culones, chiros, devotos, enfermeras, profesores, sapos, estafadores, cobardes, sufridores, jubilados, vagos tirados a payasos, fanfarrones, cuenteros, tuberculosos, frígidas, ingenieros, panaderos, marimachas, muertos de hambre, lombricientos.

Poetas no hubo. Un músico sí. Era un negro que andaba como loco en una moto roja, se llamaba Primitivo y nunca dejaba en calma las maracas. Mecos también vivieron, -y viven- de los simpáticos y de los horrorosos.

Las familias de los Peralta, Chicaíza, Rambay, Morales, Castro, Bermúdez, Asencio, Jaramillo, Macías, Cuenca, Martínez, Avecillas, Muñoz, Endara, Hurtado, Apolo, Gavilánez, Mejía, Cruz, Gutiérrez, Sánchez, Cabrera, Arcaya, Ortiz, Valdivieso, Jácome, Bustamante, Zambrano, Veintimilla, Bajaña, Olaya, Garzón, Pereira, Quinde, Salazar, Lam, Bravo, Ajila, Márquez, Aguirre, y unas pocas más vivieron en Las Tolas.

En este enjambre de gente encajó Graciliano Pote. Si no fuera por su nombre inaudito también lo hubiese recordado por su traza descomunal, sus bromas, y por lo que pasó un año en el último día de carnaval. Era un gigante entre el cholerío en el que vivía. De piel oscura sin llegar a negro. La cara y la frente ancha, los brazos poderosos, piernas macizas, y todo el cuerpo fornido. Era la estampa exacta de un Tarzán criollo. Las manos toscas e inmensas, costrosas de callos. Tendría unos treinta años y era cangrejero. Se me ocurre que digo poco al señalar que era cangrejero si pretendo describir sus manos, por eso diré que un cangrejero debe tener sus brazos y manos como los de una excavadora. Al meter la mano en el lodo, hay fibrosas raíces de mangle del grosor y dureza de un alambre, de esos que sirven para tender la ropa y tienes que arrancarlas con los dedos. Al fondo de los huecos, el lodo se hace duro y tienes que seguir abriendo a punta de dedo. Así, Graciliano había modificado sus manos en unas tenazas vigorosas. También ofrecía un genio risueño. A veces, cuando no daban las mareas para agarrar cangrejos, salía a la pesca en la madrugada con sus parientes. Al volver, la pandilla de muchachos íbamos a curiosear y me recibía con su saludo emblema: “habla sangre eˈ yuca”, y completaba, sonriendo siempre: “cómete estos pescados para que cojas color” entregándome unos roncadores o unas chaparras.

Así era Graciliano Pote.

Como deporte se dedicaba a consumir y resaltar con grandes elogios la calidad del aguardiente que se zampaba en unos jarros de hierro enlozado despostillados que los niños de la casa usaban para tomar colada de quáker.

Yo recuerdo clarito lo que pasó. Fue el último día de un carnaval.

Estaría medio chispo Graciliano, o ya avanzado en pepos. La cosa es que solo las espuelas del aguardiente lo habrían jinchoneado para galantear, a su modo, a dos jóvenes señoras quiteñas coloradotas que pasaban las fiestas en la ilustre casa de un duro de Las Tolas. ¿De qué color serían las flores que les echó Graciliano a las coloradas? nadie lo sabe, pero todos lo imaginaron porque enseguida llegó una Ford 350 con cinco policías, encontraron a Graciliano que estaba en la calle, le rompieron la frente con la culata de un fusil y entre todos lo aventaron al balde de la camioneta para llevárselo preso.

El duro de la casa donde se hospedaban las coloradas hizo pasar a cuatro policías, a lo mejor para pagarles por el trabajo que cumplían. En la camioneta quedó el otro que se divertía a lo grande pateando a Graciliano que estaba en el piso del balde. Yo creo que no hubiese pasado nada si el policía paraba los puntapiés, suficiente hubiese sido apuntarlo con el fusil pero no, el chapa ignorante seguía y seguía pegándole hasta que Graciliano lo agarró de los tobillos, lo levantó en el aire y lo botó balde afuera, empuñó el fusil y lo molió a palos. Aunque en este caso sería correcto decir “lo molió a fusilazos”. En esta parte, salieron los cuatro policías y se entongaron a golpes. Iban cayendo ante los mazazos de Graciliano como los bolos cuando los topa la bola. Todos quedaron soñados en media calle, bañados en sangre, con las cejas, la nariz o la boca rotas. Graciliano cogió el camino a su casa, atravesó los patios de los vecinos, cruzó la calle Arízaga, luego el barrio san Jacinto, llegó a las pampas del salitre y se internó en el manglar.

Después de unos diez minutos de la pelea arribaron a Las Tolas unos treinta o más policías. Llegaron en una volqueta, un bus y uno o dos patrulleros, tumbaron las puertas de madera de la gente humilde, fisgonearon, escarbaron, derribaron cercos de caña pero no encontraron a Graciliano.

Con el pasar de los días se supo que armó un refugio en un mangle grande, trabajó en su oficio y vivió con las provisiones que le llevaban de la ciudad.

A dos años de eso lo volví a ver en Las Tolas. Fue para las fiestas patronales de septiembre. En el tumulto de gente, oí que alguien me dijo: “habla sangre eˈ yuca, coge un poco de sol para que tengas color.” Y lo vi sonreír, como sonreía siempre.