Francisco Garzón Valarezo

Decían que el comandante de la brigada había amanecido rabioso, que se había entrovado con la mujer cuando mandaba a los soldados a garrotear muchachos en las calles de Machala. Los sometían al teque, los golpeaban, los detenían en el cuartel, les rapaban la melena, -en ese tiempo de moda-. No tenían ninguna autoridad legal ni cumplían disposiciones de nadie, se amparaban en el despotismo de la dictadura militar que gobernaba a mediados de 1972.

Pero no la tenían fácil los señores militares. Hasta la brigada llegaban las madres, las hermanas, las tías, las novias de los jóvenes ultrajados y tenían que oír la vela verde.

Todos creíamos que esos bestiales actos eran cosa del pasado, de las dictaduras militares, pero no. Estuvimos equivocados. Este marzo del 2020, después de casi 50 años, esas escenas atroces se han repetido en el país, y de sobra.

Lo nuevo es que con las redes sociales, una nueva y agresiva clase media se ha lanzado entusiasta a vomitar su fracaso y desprecio contra esos ciudadanos denigrados por las FF. AA. Esta clase social, embarrada desde la cabeza a los pies por los excrementos de banqueros, obispos, generales, empresarios y gobernantes de turno, necesita sentirse aunque sea por un momento, al nivel de los que tiranizan, creen que han encontrado a alguien más oprimido y vejado que ellos mismos, y desean sentirse aunque sea por unos segundos como policías de una moral y un orden que están lejos de practicar.

¿Quiénes son estos juzgadores para reprender? ¿Acaso saben las razones por las que esos ciudadanos, -algunos menores de edad-, están en la calle? ¿Conocen de sus angustias y necesidades?

Raspando poco podemos encontrar en estos pequeños burgueses, un falso patriotismo, frustración por sus miserables vidas y el deseo exaltado por sentirse importantes.

¡Está bien que les den palo!, ¡apoyamos a los militares!, ¡solo así podemos detener la epidemia!, rebuznan. Pero ignoran estos ordinarios seres que la fórmula para superar esta crisis está en dotar de presupuesto a la salud, en dejar de pagar una deuda obscena, en alcanzar la tasa de 2,7 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes como recomienda la OMS y no el 1,4 que tiene Ecuador, una de las más bajas de América.

Los que aplauden la violencia de las FF. AA. son los que se quedan en casa cuando el pueblo valeroso sale a protestar por la subida de impuestos o el recorte de derechos. Ahí se ahuevan como cobardes, pero son muy valientes para condenar las propuestas de los trabajadores.

En un párrafo del Quijote de la Mancha, Sancho Panza se entusiasma al oír la solvencia verbal de su amo y recuerda que “cuando muchacho rebuznaba tan bien, que «en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo». Y, para que constara el primor de su habilidad, se puso a rebuznar.”

Ni más ni menos, ese es el caso de quienes aplauden el atropello de los militares, porque maravillados celebran el triunfo de una encuesta donde una mayoría de burguesitos aprueban los abusos de los militares.

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