Por Rafael Larrea I

“Porque no son sólo los cinco sentidos, son además los sentidos prácticos voluntad, amor, etc.), en una palabra el sentido humano, el carácter humano de los sentidos, que no se forma más que por la existencia de un objeto: por la naturaleza devenida humana”.1

Usen los poetas sombrero, cachucha, gorro o gorrión sobre las sienes, o tal vez desnuda calavera; empleen lentes, largavistas, microscopios, telescopios o manga negra de fotógrafo de parque para auscultar la inasible, multicolor e interminable cola de cometa llamada poesía, casi todos recurren a la necesaria reflexión sobre su oficio, al que han dedicado lo mejor de sus vidas, y ante los sucesivos descubrimientos respecto de la relación verbo-poesía, síntesis-imagen, esencia-forma, melodía, ritmo-estructura y cuantas más cuestiones traten, se sienten tan alborozados que no han sentido arrugarse su piel, ni se han dado cuenta cómo crecen yuyos, líquenes y hojas alrededor suyo.

Pero, puesto que siempre surgen nuevas posibilidades, complejidades, alcances, matices, ambigüedades, oscuridades y luces, su espíritu investigador, cuestionador, así como sus hipótesis descabelladas, audaces, totalizantes y esenciales no dejan de presentarse una y otra vez, aunque tras de cada esfuerzo, por ilógico que pueda parecer, cada cual cree firme y finalmente no haber hecho otra cosa que empezar.

Este trajín invitador e inevitable se suma a la acumulación constante, consciente e inconsciente, de experiencia vital y desarrolla a grados cada vez más altos su sensibilidad, inflama su imaginación, fortalece su conciencia crítica, es decir, mejora notablemente algunos de los instrumentos con los cuales aprehende estéticamente la realidad, la multilateralidad, la esencia y el objeto del mundo y del ser.

En el entretanto nace su propuesta, resuena en su interior la dulce flauta de pastor de ovejas, o el silbo del pájaro cautivo en la jaula de calles y edificios, y grácil, apasionadamente, oloroso a siete y más hiervas del bosque, o con gomina, peluca, desodorante y paraguas, baila el nuevo poema.

Nace y ya se bebe todo el vino. Y hélo por ahí, danzando en las esquinas, a todo vuelo, a rienda suelta, a calzón quitado, hendiendo sus cabellos de puntas como picos de colibríes, mirándose en alguna lágrima rodada, con las orejas atentas, los párpados húmedos, listo y dispuesto a dar todo de sí para dar vida.

Cuando uno se acerca al poema, lo quiere hacer suyo, su propiedad privadísima, personal mejor dicho. Tocan uno de sus verbos y pluscuanfelices se achicharran, un adjetivo distinto y se sonrojan, una imagen loca y enrojecen, una esencia estimulante, y miran para sus adentros. Otros, orgullosos iluminan con poemas las lagunas en los atardeceres, siembran estalagmitas y estalactitas, gustando verso tras verso, sonido tras sonido, los más se aman sin tregua cubriendo su desnudez con bellísimos poemas y agradeciendo el humano milagro de estar vivos.

Estos esfuerzos -me refiero al afán auscultador, creador y gustador de la poesía- en sus muy elementales principios, probablemente se iniciaron cuando el hombre atónito miraba la danza de la vida y de la muerte entre soles que se iban y los fríos imposibles de la noche. Antes inclusive de que se trasladara a su cueva-hogar, antes de besar el sagrado fuego que mordisqueaba su mugrosa piel ávida de supervivencia. Y cuando el fuego murió, con sus cenizas pintó sueños, andares, mamuts, ciervos, en las partes altas de su nido, atravesados por pequeñas y retorcidas flechas de madera con punta de obsidiana, acercando secretamente la anhelada y obligada carne de sus labios hambrientos.

Pues, la poesía nace con el hombre, la poesía -esa síntesis de jazmines y bizcochos, como la definiera Carl Sandrug, poeta norteamericano- es posible con el ser capaz de añadir a la realidad, la imagen de la realidad, su dimensión  desconocida.

La poesía es obra de aquel desnudo ser que vive en el paraíso terrestre, ajeno a  reglas fijas, a inalterables normas. En las paredes de sus cuevas, de sus cuartos, de sus rincones penden los símbolos, las aliteraciones, los símiles, tembleques y huecos, pasados de moda, inútiles para cada amanecer, los retruécanos romos que sólo se asustan ya a sí mismos, los cómo acumulados en mojones que sirven exclusivamente como leña.

Mientras, bañada en cascadas de agua purísima, la metáfora se esfuma en la neblina para resurgir brillante nuevamente; el indomable tropo a galope sobre su caballo de paja y polvo deja el camino trillado. Y en cada instante, otro poeta coloca la piedra inicial de lo nuevo, incursiona casi a ciegas por tierras desconocidas, tropieza con palabras insólitas, cual Hunos al revés, y siembra sombras donde los guerreros fantasmas habían pisoteado, y flores, y mieses, almendras para todas las gargantas dispuestas a cantar.

Es en este andar, en este inagotable interés de penetrar en la esencia y la estructura de la poesía, en este afán de conocer sus componentes básicos, mínimos, últimos, sean estos espirituales, químicos, físicos, concienciales, irreverentes, desacralizadores, en fin, como llegamos a esta sala de disección.

Una vez en el dintel de lo desconocido, debemos avanzar, y no nos queda otro recurso ni sendero que el de exprimirle a esta cantimplora de cuero su frugal desierto, a esta brújula sin sueño su ojo único, a esta piel de estrellas con que se cubren los montes, su raíz fantástica, el espermatozoide de lo maravilloso dé su razón de hormiga trabajadora, y dar a cada espalda que se ha curvado escribiendo, parte de la razón. Sacudamos todo el mundo guardando en la mochila de huesos y suspiros que otros llaman pecho, o seso, o corazón y anima a un tiempo, y adelante.

Sin embargo, queda advertido el lector que ninguno podrá ver el cadáver de un poema. No pretenda nadie que yo intente extender su canto de gorrión sobre la blanca sábana de este quirófano; nadie se atreva a esperar verlo bailando como un monigote sin cabeza y sin sentido, desprendido de su hilo sustancial, o sus alas clavadas con pinzas de acero, o peor aún, su miel generosa regada por el piso.

Únicamente en aras de una didáctica creadora, que espera que los escrutadores ojos se conviertan en frutos, es dable presentar la poesía en la forma de una incapturable y mágica rana, única en su especie cada vez, para asombro de todos los interesados.

Admitamos, a pesar de todo, que aun así, tomada por sus delicadas extremidades, la poesía se mueve, se transforma, porque es libre. Estos son sus órganos genitales, estas sus acciones cerebrales, estas las fuentes estimuladoras, está la cuerda de donde procede su melodía, como ustedes ven, canta porque tiene violines en la glotis (o manzana de Adán, como suele conocerse esta parte), este es su sistema nervioso, este su sistema estelar, este conjunto su sistema económico, político y social; en esta columna se forman los genes de su historicidad, este otro es su sistema amoroso, romántico; sensibilísimos toques mágicos recorren desde las neuronas de su piel, abriendo tantas puertas como llaves posee, hasta la habitación en donde miles de misteriosas manos trabajadoras labran su jalea real, y todo el proceso produce un flujo vital, similar a la respiración de su vecino, mientras coros de garzas soplan sus multífonos armonios solemnizando la llegada victoriosa de cada verso a la boca del hombre.

Y mientras nos extasiamos como aparece y desaparece la poesía, es conveniente reflexionar respecto del siguiente texto de Marx:

 “La formación de los cinco sentidos es el trabajo de toda la historia del mundo hasta este día. El sentido  sujeto a las necesidades prácticas groseras no es, así, más que un sentido limitado. Para el hombre que se muere de hambre no existe la forma humana de los alimentos; podrían estos existir bajo la forma grosera, y no se puede decir en qué esta actividad nutritiva difiere de la de los animales. El hombre abrumado de sus inquietudes, necesitado, no tiene sentidos para el más bello espectáculo; el comerciante de minerales no ve más que el valor comercial del mineral, pero no la belleza ni la naturaleza particular del mineral: no tiene el sentido mineralógico; así pues, hace falta la objetivación del ser humano, a la vez desde el punto de vista teórico y práctico, para hacer humano el sentido del hombre, y también para crear un sentido humano correspondiente a toda la riqueza del ser humano y natural”.

Razonemos, entonces, a la luz de esta luz.

Así que mi ojo no es un simple ojo; una pupila rodeada por arrugas y estremecimientos producto de los temblores del tiempo transcurrido, un ojo que ha mirado pero que no ha visto.

Mi ojo (tu ojo, el ojo del otro, ojo tras ojo) tiene historicidad sentido histórico y es capaz de penetrar en la realidad más allá de lo que puede una bola de cristal de los magos de barrio; capaz de extender su radio de apertura y profundidad en un abanico de posibilidades que van desde los aminoácidos hasta los tamarindos en una tarde de mar de la sociedad socialista.

Luego, este ojo (el tuyo, etc.) es también un camino, una gran grúa y un gran martillo, una caña de pescar y un orificio infinito por donde sale el sol de todas las pocas; un desmesurado y un ayer trashumante. Es un ojo minero de pico y lampa, hundiéndose en las galerías de los seres cercanos como tú, o en los lejanos planetas, en los soles negros, en las galaxias, en la materia en sus innúmeras formas, sombras y movimientos. Un ojo que va y viene, el mismo pero jamás igual, impávido jamás, de asombros lleno, impotente en ocasiones, y en las más verbo y flor, de ligerísimo poder de captación, calor, rescoldo; ojo que ve y se explica, que ve y proyecta al futuro el frío de los desheredados y explotados de la tierra.

Este mi ojo es una caja registradora, contabilizadora menos, estadística quieta, imposible. Es cuna donde surge y despierta son riente la vida, la poesía. Cuando sea el ojo de una calavera, la mía, seguirá siendo nido, un ojo fijo con su pregunta sin respuesta.

¿Y el oído?

El oír y su instrumento, la oreja ecoica. No es simple, ni solo oreja, ni pobre orificio tampoco.

Una oreja que se precie (o un oído, debería decirse) no va por ahí, despeñándose, con la nota más triste de un pasillo en el fondo del ala, solamente, o a rastras cargando cadenas de un condenado amor, final y mustio, sino que aun así golpeado y todo puede recoger en su sien el nítido, seco disparo libertario en las lejanas montañas de Nicaragua o de Tigray, Y es capaz de resolver la incógnita del chasquido y hasta sentir la pólvora.

Mi oído (el tuyo, etc.) es capaz de sentir desde el quejido del árbol de la niñez o aquel que pasa sacudiendo sus hojas a tu lado, y hasta puede verlo alzarse, darse de frente, con todas sus ramas y sus pájaros, contra el helicóptero invasor en Vietnam o el Salvador, en Panamá o en cualquier otro lugar.

Escucha a una hoja llamando por caricias, y a cada ser humano hundido en su silencio. Cada vez, es un oído nuevo, distinto, es más oído, más sentido, porque es el cántaro donde se riegan todas las canciones, porque es una herramienta pulida que brinda figuras, estaturas, esencias, historia a más de sonido, melodías, palabras, ruidos. Con su red atrapa singulares significados, referentes, ángulos, matices, reverberaciones, al lado oculto de lo evidente. Oye también, sin duda, el autoelogio, el tintineo de las medallas y los centavos sueltos; las campanillas de los bonzos y brujos que mascullan mensajes indescifrables; escucha laberintos, pálpitos y balcones. Es como una niña atenta, transparente, esta oreja que escucha, una y otra vez, los olvidados golpes de Beethoven en la puerta del futuro, en la fronda del sueño, en sus válvulas de concha y esperanza. Es un caracol que rumia sus bosquejos, y aunque no termino completamente de decir lo que es, más que oído, la oreja, es un labio.

Digo lengua. Repito, paladeo esta palabra húmeda. La toco con la lengua. Lo siento con las papilas de gustar lo salado y lo dulce, el sonido membrillozo y el acento ácido. Su esencia se vierte por el cuerpo, pasa los dientes, gasta, llega a la caja sonora y los pulmones. Todo es lengua, fuente de comunicación, a un tiempo envoltura de significados y significantes.

Esta seda maravillosa da el entorno imprescindible a la palabra mágica, metálica, clarín, futúrica. Se desliza entre la gente comunicándole minucias sobre el amor y el odio, el sueño y la costumbre. Paladea cada encuentro con otro ser, aquel que sabe a mora y naranjilla; laberinto sin fin, torpe o hábil juego, limitado reproductor de labios. Piola de carne que une el hueso y el espíritu, que saluda, conmueve y entretiene; que incluye, y se agolpa ante la injusticia, que deglute el licor de la vida y de la muerte. Ese es otro de mis garfios, de mis anclas. Lúcido recurso de mis fuerzas naturales y candentes desatadas.

¿Tacto? ¿Mano? ¿Piel? ¿Escama? Pulpo de mil esporas, pájaro cuya ala se besa con otras alas. Tersura de las flores peregrinas viajeras, clave de los secretos de las piedras madres, estáticas, pensadoras, que imitan a Rodin. Amando se queda, atada a su huso, al tuétano de lo vidente, palpando la existencia en una carta, la sangre que recorre todas las sangres, memoria imborrable.

Este sentido unge. Se prende y aprende. Me entrega a todas las cosas y seres. La repetición le da la experiencia necesaria. Arpón ballenero a flor de tierra que ni siquiera razona cuando se hunde. De heridas lleno. Cuando tomas la sartén por el mango se fortalece, se decide, responde. Pasa por entre los cabellos del hijo y las abejas, de los inocentes árboles pequeños y la semilla, por la cortina verde de la lechuga que tiembla estremecida. Sirve para compartir, para extraer, para querer, para dar más de lo que estamos dispuestos a dar y recibir.

Finalmente, el olfato. Aquel lobo hambriento.

Esa aspiración débil y cortante, sencillísima, profunda y preferida, buscada o hallada. Devorador de las especies de olor y de las especies de nostalgia. Viene en forma de pan caliente o de flor, de agua que se baña a sí misma limpia. De pisada y polvo desplumándose. Olor a mujer y a hombre. A mendigo de las cinco de la mañana y su portal. A papel mal dormido. A benéfico sudor, creador o esclavo. A brazo que sabe, a tiranosaurio pie. Olor a plato y a café con colina y nube, a rito y té a hierbabuena, incienso, pólvora, arena, y más encantamientos con que adorna la tierra al hombre y viceversa. Olor a multitud, heroísmo y cobardía. Hasta la muerte huele a sombra que pasa, a velo negro y transeúnte, a  pequeños aplausos en la espalda del deudo. A calle y a todo lo que podemos pensar, sentir y pisar con las narices.

Estos son algunos planos del prisma, para instrumentos con los que los poetas receptan parte de la voluptuosa materia prima de la poesía.

Vivir con nuestros sentidos viento en popa es una condición sine qua non de los poetas.

Quede entendido que a ellos debemos sumar los vibrantes y pujantes sentidos espirituales tan diversos, los sentidos sociales, la voluntad, el amor, en fin. Nos resta añadir la conciencia equilibradora, discernidora, histórica, de clase. Tenemos la teoría, la ciencia, la experiencia de otros siglos y otros seres. Sin duda, tenemos el sentido de futuro que nos permite proyectar al niño en hombre, la batalla diaria por la vida con la batalla y la victoria de la humanidad.

La poesía tiene misión de vanguardia, es cabeza, cambio, revolución.

Quien esto no admita no comprende por qué siempre se mueve adelante de todos nuestros pasos, esta insaciable e inasible mariposa libre.

¿Qué más nos dice esta rana exánime, expuesta ante nosotros en un imperativo reto y exigencia? ¿Cómo es el mecanismo que le da la vida? ¿De qué materia en movimiento está hecha la poesía?

¿Qué hay más allá de esta cara de piedra, de esta perfumada piel, de este incansable pie en su distancia, de esta olla que quema y que se llama corazón en llamas, espíritu que suda y juega, razón que deambula a medianoche midiendo las palabras exactas, cavilando sobre las fórmulas mágicas jamás plenamente comprendidas?

En el ilógico ajedrez de la vida, la poesía no pierde tiempo: juega su rey. Su delicada sonrisa se confunde con locura, lo obvio la sorprende de mano con su novia, lo insólito le brinda su tersura. En el jardín se pierde entre los árboles. Como una sirena pide, clama, desde una milenaria piedra de lavar. Con ella los ahogados encuentran el sol que perdieron en su gran naufragio. Los paisajes se pegan en sus manos, y con ella cada mono contemporáneo con su Darwin.

Ahora, introduzcamos la mano al fondo de este conejo huidizo que juega al mimo, que se cristaliza, y saquemos un vivaz sombrero del bastón del mago, una paloma del pico de la flor; levitemos con los pantalones blancos, mientras nos conversa ese zapato a punto de ser sonrisa sin dientes. Tomemos una calle polveada, una mujer o un hombre, la mano al cinto, el pecho al viento de coplas serranas, pongamos una hora, digamos las 12, y veremos al mundo cargando sus poemas, los versos libres al bolsillo roto.

Podríamos también llegar bajo los puentes para sentir el paso de las noches, y escuchar el cuchicheo de comadres que las piedras de su río traen, acomodándose siglos en las entrañas. O vamos al sindicato donde las manos fraternas nos cuentan noticias e historias de héroes y futuros; miremos la energía humana saliendo de sus jersey, escuchemos cómo el verbo sólido, clásico, toca la puerta y habla.

¿Cómo hacer para incorporar tanto repiquetear de campanas; tanto mundo, con qué verbo se expresa, cómo decirle al que pasa y al que vive lejos algo útil y hermoso, algo que lo transforme sin sentirlo, y que nunca vuelva a ser el mismo antes de, en, dentro de, al lado, junto a, además de, desde, con, entre, por, sin, sobre y tras un poema?

La poesía se gesta como un hombre y su paraguas.

La noche es medio día. No hace falta comprobarlo. Lo sabemos. Una tela de araña es más fuerte que un poderoso gobierno de opresores. La diminuta araña y su tela, la madre infatigable  y su inocente terquedad, la maga y su invisible conjuro, cumple su tarea vital. Es un poeta.

Y, dime tú, Jacinto, que vas cargando ese florerío de cajones y cajones, tu panela lamida y relamida, tu pan guardado y tu propio andamio, si miraras en los ojos al mundo, si comprendiéndote bajara los humos avergonzado, y si subes al fondo de ti mismo y encuentras la perla que tu amamantas, hombre trabajador, ¿acaso no tienes tú pasta de líder, de líder de pueblos y poetas? ¿Quién dijo que tú no puedes ser poeta?

Oh, tú viejecita loca que vendes peras, naranjas, limas, plátanos mosqueados; tú que brindas tu ternura a todo aquel que pasa, pañolón cálido, ¿por qué no puedes tú ser la primera dama de la poesía?

¿Poeta?

Todos queremos ser poetas. Y aún más, lo somos, cada cual en su rama y estilo, en su urgencia.

Pero, ¿cómo es que esta tierra húmeda de poetas alegres y sombríos, esta invalorable piedrecilla y su sombra mínima; este dorado pez que se muere de escama tras escama anhelantes, cómo es que se vuelven poesía?

La vida nos gradúa a todos. Todos somos honoris causa de la vida, matusalenes, jobs, paciencias eternas con teja o sin ella. No somos pensadores ad-hoc, cuando más ad-honorem. Todos estamos en capacidad de decir ¡vini, vidi, vívide, vinci!

Están de por medio la esencia del hombre, sus causas profundas, los grandes objetivos de la humanidad. ¡Ser, Enorme destino!

Entonces, decidido. Ser Poetas es lo que cuenta. Tomamos una palabra, la miramos por todas sus reverberaciones. No es un dije, es un ser vivo, está latiendo. Detrás de su simple apariencia está un hombre en calzoncillos, lanchando los pañales del hijo que va a nacer, está también la madre salpicando consejos, y está la puerta y está el sol. ¿Cómo, entonces, no dejar la plancha quemándose los dientes y salir a la calle a gritar: ¡Vivo! ¡Soy! ¡Aquí estoy! Tóquenme, pero no me maltraten. ¡Mírenme, y ya!

La verdad, hermanos míos, son ustedes poetas.

Trabajar es florecer, flotar en el aire, reproducirse y ser.

El poeta trabaja moviendo sus pesados pies entre las calles, con las medias mojadas, muchas veces. Va por ahí y come una tortilla de papa o de maíz, calentada en piedra plana. Se mira a sí mismo tras mirar a los demás, mide su terreno, lanza su red y caza los más variados objetos, seres, sentimientos, colores y sabores, vuelve a casa, conversa con su íntima almohada. Las preguntas surgen solas, las respuestas tardan. Cuando alguna respuesta le sacude como un tifón o simún, temblor o derrumbe, se introducirá en el laberinto de un papel en blanco. Muchos Poetas lo hicieron, pocos salieron, algunos ya barbados y con canas. Otros hicieron de su papel algo insalvable. Trabajo. Trabajo de poeta.

Martilla el eco desde el fondo de uno mismo. Se revuelven y agitan las cosas vividas. Sube el humo de la conciencia y prefigura mensajes, ideas, jeroglíficos de idiomas no nacidos todavía. Se atropellan los verbos, se imagina los rostros, se opta, regurgita, copula, se despeñan los sesos tras un verso, se pare, hijo tras hijo, cada uno de pies y luego todo el cuerpo y alma. Y tú no sabes bien qué será finalmente de ellos. Si tendrán dientes o si sus mejillas se enrojecerán, si pasarán la vida abriendo calles o cantando tras un mohoso balcón. ¿Quién te asegura si ese mismo verbo que hoy levantas como ventana amante no fue ya en otra época castillo de gigantes? ¿Ese sentimiento no rondó la esquina junto a Caspicara? ¿Fue ese adjetivo el inaugurador de los derechos humanos, del deseo más apremiante, al que llamaron Demiurgo?

Dudas inevitables, imperdonables, increíbles. Pero nadie puede detener la vida que irrumpe y reclama su puesto y brinda su palabra. Está tan viva la palabra que salta, sangra, sueña. Allí en el papel, el mundo se desplaza en carabelas que van para morir en su mar, y hay tardes, tardes en las que uno desearía embarcarse y partir no importa a dónde ni cómo. Luego el poema se levanta y anda. Uno lo mira, se entusiasma. Te llamaré Pinocho y vendrá tu mamá y te soplará los mocos. Irás a la escuela, y en cualquier esquina una tarde una morena se reirá contigo. Serás trovador, encantador, brujo liberador, estrella de circo, pestaña del más allá. Todos te verán y se sentirán dueños de ti, serás poema, puesto que te dimos lo que poseíamos para que fueras, y sabemos que jamás te tendremos plenamente.

Seamos originales, siempre hay algo nuevo bajo el sol.

Ya sabemos que la luna es una copa rota. Que la flor se come sus picaflores. Que las lagunas son los amores platónicos no resueltos. Entonces, ¿por qué no decirlo de otro modo? ¿Del modo que no lo ha dicho nadie antes? La luna, más que farol chino es ojo de pirata, prima hermana de la flor de loto, razón final de Li Po. Y la flor no es la costumbre del día, sino el desayuno del desocupado, un ataúd de pétalos que exhala su memoria por las tardes. Y el hombre, ¡el verbo!

Demos a la poesía verdad y compromiso.

El Poema no es un loco desenvainado y solo, un vagamundo sin destino, un come vidrios sin trabajo, un tragaldabas sin oficio.

La poesía está tocando puertas, o sentada junto a alguien convenciéndole de que algún día el mundo y el hombre harán el amor orgullosos de su nueva conciencia, sin cadenas, bandera, fronteras. Si parece loca es porque va con su jarrón de vino para todas las bocas, dadora, potenciadora.

Toma una verdad, se inunda de ella y rejuvenece. Tiene su lado oscuro de luna, pero su vela encendida prometeica va por los caminos, agrupa gente en los mercados, e pou si mouve. Antes de ceder, hunde su pico en su pecho.

Jamás la encontrarán haciendo coro a los tiranos, ni saludando a la guillotina que corta los sueños de los pueblos, ni ofreciéndose en coktails, o escondida en su cuarto flagelándose la espalda de impotencia.

Está comprometida, casada, ennoviada, amañada, enamorada, nunca viuda. Está encinta siempre. Tiene complicidad con la vida, es una sed que abrasa y una guitarra de agua que se regala.

Y así la dejo entre ustedes. En sus manos calientes y en sus penas de vino hervido. Regarla es lo que resta. Y si de tanto decir lo que piensa les cansara, pónganla en la ventana. Que venga otro y se la lleve, que pase otro pájaro y recoja esta semilla.

1 Marx, C., Manuscritos económicos filosóficos de 1844. Ed. Política.

La Habana, 1965, PP. 113-114

Tomado de Revista Espacios, edición #2

Mayo de 1993