Por  En Marcha

A Rafael Larrea todos le decían “el poeta”. Es uno de los pocos personajes de la literatura ecuatoriana que se hizo acreedor a ese apelativo con todas sus letras y significado, y así fue reconocido inclusive por quienes transitaban por senderos distintos. Hace 25 años falleció, un 22 de abril, cuando tenía 52 años de edad y mostraba uno de los momentos de mayor contribución teórico-política en el Partido.

Rafael jugó un papel clave en el movimiento Tzánzico que en los años sesentas del siglo pasado surge y cuestiona el tradicionalismo de la sociedad y el aburguesamiento de la literatura ecuatoriana. En el Primer Manifiesto Tzánzico, cuestionaban que la poesía se había desbandado «en pilas de palabras insustanciales para llenar un suplemento dominical, ya en ‘obritas’ para obtener la sonrisa y el ‘cocktail’ del Presidente». Agustín Cueva, en su libro Entre la Ira y la Esperanza dirá que «los Tzántzicos aparecieron cuando en el Ecuador se había pasado de la literatura de la miseria a la miseria de la literatura y por eso su primera reacción fue la denuncia a los literatos y a la literatura, denuncia que, por supuesto, llevaba ya implícita la severa acusación social que luego formularían de manera directa.»

La concepción que Rafael Larrea tenía respecto de la literatura, y de manera particular de la poesía, estaba en correspondencia con su pensamiento político. Militó en nuestro Partido desde finales de los años 60 y cuando vino su muerte física formaba parte del secretariado del Comité Central.

Su capacidad política, su conocimiento teórico, la sensibilidad artística hicieron de Rafael uno de los más importantes cuadros de nuestro Partido. Sus contribuciones teórico-políticas están en una rica producción plasmada en artículos en nuestra prensa central, en la revista teórica del Comité Central (Política) y en revistas internacionales del movimiento comunista internacional, están también en el debate interno del Partido al definir su política general y coyuntural.

Dirigió la propaganda del Partido y el periódico En Marcha por casi veinte años, su conducción del trabajo entre los artistas e intelectuales dio lugar a la constitución del Centro de Arte Nacional, la Unión de Artistas Populares y a una importante producción artística. Siempre preocupado por la construcción del Partido, por la educación política de la militancia y por la formación y desarrollo de los cuadros. Su obra poética, expresión de la estética comunista y su práctica revolucionaria, trasuntaba optimismo, solidaridad, rebeldía, y esa sensibilidad que le permitía mostrar la dialéctica de la vida en las cosas más sencillas para comprender los grandes pasos que los pueblos están obligados a dar, y los están dando.

“Ahora me veis levantado, cholo alzado,

más alto que diez nubes,

más duro que cien foetes lanzados contra el odio que me tienen

los que me explotan y oprimen.

Por eso,

aquí me tienen,

mírenme, deléitense, asústense, recuéstense en mí,

no me corro, corazón soy

y en el pecho me quedo.”

Dice Rafael en «Campanas de Bronce», obra en la que se adelanta a mostrarnos un Ecuador multicultural, crisol de nacionalidades y pueblos.

Rafael es un ejemplo de comunista: enamorado de la vida, de la lucha, de su pueblo. Enamorado de su militancia en el partido comunista. Comprendió como el que más la necesidad de estudiar a fondo el marxismo leninismo y entender la realidad en la que vivimos para hacer una efectiva labor revolucionaria, y tuvo la capacidad de abstraerlas y transmitirlas con absoluta sencillez. El legado del poeta es parte de la identidad de los comunistas marxista leninistas del Ecuador.