«Republicanos negros», una lectura no fantasmal de nuestra historia

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Por Juan Montaño Escobar

El libro «Republicanos negros – Guerras por la igualdad, racismo y relativismo cultural», de José Antonio Figueroa, es un aporte imprescindible sobre la historia de la afro descendencia en Cuba y Ecuador.

Las comunidades afroamericanas jamás renunciaron al derecho supremo a existir, a ser donde se les negaba esa posibilidad autónoma y facultativa como individuos y como comunidades libres. Las rebeliones empezaron en el mismo instante que pusieron el primer pie en este continente, no es hipérbole ni siquiera es un intento figurativo. Está en el sustrato civilizatorio de los seres humanos ni más ni menos. A veces más que menos.

Y si es menos, entonces las alboradas catalizan las poesías de la inconformidad. La mayoría de las narrativas de las vicisitudes históricas se concentran en las acciones de guerras como causa y nunca como efecto. Las rebeldías cimarronas son también las consecuencias de la negación brutal de aires libres y a la vez el aprovechamiento de la inteligencia individual y colectiva para producir y acumular riquezas en beneficio absoluto del pequeño grupo nacional hegemónico de los países americanos.

¿Ciudadanía pluriversa?

Y organizado, ese grupo, desde esos tiempos como clase social y racial. El listado de estos esfuerzos resistentes cimarrónicos para no desaparecer fue desconocido hasta hace unas pocas décadas, porque el dominio epistémico, político, religioso y cultural se asentó con la desmesura de un peso muerto irremediable sobre cuerpos y conciencias.

Eso parecía hasta el fortalecimiento de los procesos emancipatorios de vidas y existencias de la negritud americana; de mentes y cuerpos; y por la búsqueda Casa Adentro de aquello de volver a ser y mostrarlo Casa Afuera mediante el Estar-Bien Colectivo (filosofía) o el republicanismo (polis1), por el alcance de la ciudadanía en su plenitud inobjetable. Un deseo comunitario irrenunciable, por el significado en las repúblicas tempranas.

Así pues, Republicanos negros. El libro se afinca en dos vertientes del republicanismo discutido, desestimado y negado a la negritud cubana y ecuatoriana por racismo. Ideología, política, sociología, ética histórico-social y costumbrismo popular. De una parte, del pueblo diverso. O ciudadanía universa, totalidad única y exclusiva. Una, la masacre despiadada de los miembros y simpatizantes del Partido Independiente de Color (PIC), en Cuba, entre mayo y junio de 1912 y la otra, salirse de la línea mezquina de los historiadores repetidores cansinos de los motivos liberales y considerar el descrédito de los adversarios de los protagonistas de esta guerra impuesta a las Comunidades Afroecuatorianas, ocurrida de 1913 a 1916. En ambos países se habla poco y mal de estos momentos decisorios para los afrodescendientes; los malabarismos teóricos son prodigiosos para contar lo no fue o parece que fue; y finalmente para esquivar cualquier cuestionamiento concluyen que “son cosas del pasado”. José Antonio Figueroa da un aldabonazo en el portón de la comedida indiferencia. El título ya es un serio desafío, al menos, en Ecuador (no sé en Cuba): Republicanos negros. Ese título desafía al conformismo epistemológico, a la caterva de historiadores más preocupados en los recurrentes personalismos que en los colectivos verdaderos modificadores históricos de ¨los destinos de países; es un convite historizante a explorar y andar otras vías más próximas a las gestiones emancipadoras de las comunidades negras y reafirmar el pensamiento crítico.

Reaprendizaje necesario para dos orillas libertad, igualdad y fraternidad, la base conceptual de los jacobinos franceses, en las Américas negras fue llevada a otro nivel ‘extremo’, más radical y catalizador social de las insurgencias antirracistas y anticolonialistas. En el prólogo, el profesor James Sanders le baja las revoluciones al academicismo eurocéntrico: “…estos conceptos no han sido ideas exclusivamente europeas u occidentales, ya que fueron creadas y desarrolladas en las Américas, muchas veces por los afrodescendientes”3

Las tibiezas del compromiso político se vuelve radicalismo cimarrón al desafiar los límites estrictos y restringidos del republicanismo de antes y ahora en los países americanos, para el caso Colombia y Ecuador. Y aún ahora, porque la ultra concentración del dinero en la babilonia social4 facilita comprar la distorsión del republicanismo y trasladarlo a simples ejercicios electorales. La apropiación sin fin del significado de ‘ciudadanía´ componente irrenunciable de la existencia, en grupos minúsculos deteriora en los hechos cotidianos la libertad, aumenta de manera exponencial la desigualdad y extrema el racismo. O disimula la aversión social con el multiculturalismo o con el relativismo cultural.

“…creo firmemente y de corazón que el día en que el hombre negro adopte una medida intransigente y se dé cuenta cuando su propia libertad se ve amenazada que está en su derecho de usar todos los medios que sean necesarios para conseguir la libertad o frenar esa injusticia, no creo que vaya a estar solo”5. Uno de estos ‘medios necesarios’ es la historicidad crítica de este libro (es decir, atender y entender el conjunto de acontecimientos para aproximar sus significados en los emprendimientos6 políticos inmediatos o también ese desaprender para reaprender con otras perspectivas historiográficas) así José Antonio Figueroa trabajando en dos orillas distintas y parecidas alcanza este reaprendizaje necesario.

Este libro es una lectura desafiante, porque conmueve las estructuras epistémicas de la colonialidad de saberes y pareceres hasta la cuarteadura y posible derrumbe, pero el cimbronazo final corresponderá a quienes concluyan su lectura. Su buena y expedita lectura. Es posible que también ocurra un trastorno cognitivo en lectores y lectoras malacostumbrados a esas hermenéuticas lineales, predecibles y favorables al conservadurismo intelectual. Este jazzman insiste, el título anuncia que va por otras vías o desandará la quietud reaccionaria de las caminadas. Es lectura emancipatoria, porque no da tregua al conformismo reaccionario.

Consecuencias deseables post lectura

 Y ahora aquello que tiene entontecida a las clases políticas (partidismos y movimientismos) de las Américas, sin perdonarles sus dislates, la carga de la prueba recae en el mundillo académico cuyos alcances solo trascienden los límites teóricos de la fraseología de ocasión al desmerecer los méritos del republicanismo de los países americanos, pero sobre todo negar que “…que los afrodescendientes han sido claves en estos hechos fundacionales”7. Esto se explica, porque” en el siglo XIX la gran mayoría de las repúblicas estaban ubicadas en las Américas, mientras Europa podía contar una o dos; …”8.

No lo deseo por ser malafesivo, pero anhelo que el cimbronazo crítico que tuvo este jazzman -lectura atenta de por medio- también les ocurra a ustedes. J. A. Figueroa coloca estos rótulos inocentes dentro este trabajo histórico, a pesar de no claudicar en sostener un radicalismo diferenciador: “relativismo cultural” y “universalismo situado”.

Figueroa explica que el primero “se convierte en una perspectiva que profundiza y perpetúa la exclusión de los afrodescendientes desde la matriz benigna de la cultura”9.

Mientras que en el segundo dice “que rompe la lógica particularista del racismo y del colonialismo y el rescate de una noción de igualdad sin abandonar las especificidades de los grupos, tal vez uno de los mayores legados del republicanismo popular”10.

Borrar es el verbo de la perpetua negación

Las fechas del calendario de las rebeldías comunitarias tienen sus simbolismos ocultos, porque las decisiones de no aceptar ni pequeñas ni grandes opresiones corresponden a sus procesos filosóficos (soy porque somos y seremos). Los narradores que relatan los devenires históricos de los países y de las regiones, desde el balcón de la Casa de la Plantación del siglo XXI o desde los salones del conservadurismo burgués, borran las causas civilizatorias de las comunidades negras. ‘Borrar’ es el verbo, es decir, la actividad perpetua de negar el sencillo derecho a la ciudadanía como destinatario, portador y disfrutador de todos los derechos convenidos en las sociedades, en homenaje al libro: Cuba y Ecuador.

Al anochecer del domingo, 20 de septiembre de 1908, el Partido Independiente de Color (PIC), realizó su primer mitin aun con la hostilidad de grupos que se decían ‘liberales’. De aquellos que tenían no solo el amén, en los labios, sino también eso de libertad, igualdad y fraternidad. La recepción popular y electoral fue buena. La República de Cuba había sido proclamada el 20 de mayo de 1902, un martes por la mañana izaron la bandera del rubí, las cinco franjas y la estrella. El ejército ocupante de los Estados Unidos estuvo por ahí a la espera que nada fuera diferente al mandato otorgado. La absoluta mayoría de los miembros del PIC habían luchado por ese día, aunque de falsa independencia, y ahora querían confirmar el derecho republicano.

La noche dominical septembrina mostró la ruta cimarrona inevitable y a la vez una gritería racista sembraba de malos presagios el porvenir de las próximas semanas. Entre mayo y junio de 1912, “las acciones del Estado y de amplios sectores sociales terminaron con la vida de entre tres mil y cinco mil afrodescendientes, … Al catalogar la lucha antirracista del PIC como la promoción de la guerra de razas, el poder racializado de la República temprana de Cuba sacó la lucha del PIC del terreno político, y la llevó al campo de las teorías antropológicas que desde mediados del siglo XIX establecían una diferencia radical e insuperable entre los “blancos” y las “razas de color”, al tiempo que trasladaba la lucha al campo de los miedos sociales”11. Entre esos miles de asesinados dos de los más importantes líderes: Evaristo Estenoz y Pedro Ivonett. J. A. Figueroa deja esta pregunta: “¿Cómo pudo sustentarse la masacre en el credo de Martí y de Maceo de República con todos y para todos, cuando un sector de los afrodescendientes solo exigía desde la política que el credo republicano fuera una realidad?”12

Un día de desastres que jamás ocurrieron

Era martes, por la mañana, para quienes no habían aún desayunado el ingreso de las cinco columnas de cimarrones (y cimarronas, seguramente) entraron en perfecto orden y nadie sintió en carne propia el desquite de alguna ofensa reciente a familiares de los combatientes o inclusive a muchos de ellos. Espacio de respeto en las circunstancias del irrespeto. No se cumplió el vaticinio de los gobiernistas: saqueo y mortandad. Las comandaba Federico Lastra (sus familiares conservan este y no otro apellido), eran 300 y las quejas de abuso fueron controladas de inmediato, inclusive por el comandante en persona. Fue el ‘jefe superior de la plaza’.

Los periódicos cubanos de, en el caso del Partido Independiente de Color; y los periódicos ecuatorianos en el caso de la Revolución de Esmeraldas fueron la artillería ideológica de esos tiempos y de los que vinieron después. El sistema programático de ideas difundido, consumido y hasta ahora repetido fue la perversión racializada de las personas afrodescendientes. El racismo fue (todavía lo es) la viga maestra de las estructuras narrativas periodísticas e historiográficas sobre estos dos eventos transitoriamente culminantes de los procesos emancipatorios de la afrodescendencia de Cuba y en Ecuador.

José Antonio Figueroa aprovecha el testimonio de Segundo Luis Moreno quien, en esos años, fuera secretario de Hacienda del Gobierno del presidente Leonidas Plaza Gutiérrez: “…a pesar de todas las dificultades y estrecheces provenientes del bloqueo, reinaba verdadera fraternidad entre los soldados de la revolución y el elemento civil y eran aquellos lo que debiera ser y casi nunca ha sido el Ejército en este país, menos aún en tiempo de guerra, esto es, el guardián del orden y la propiedad, la garantía de la libertad y el amparo de la vida…”13 Fueron tres meses de administración de la ciudad el Jefe de la Plaza, el comandante Federico Lastra, exigió y mantuvo respeto absoluto para las depuestas autoridades gubernamentales. Es decir, los límites de la aversión bélica no serían traspasados ni en ese ni en otros episodios.

Son más, pero por ahora estos

Algunos de los extraordinarios aciertos del libro de J. A. Figueroa son (sin excluir a otros) los siguientes: establecer los contextos de los liderazgos (la guerra civil no es atribuida o apropiada, casi en exclusividad, en una sola personalidad); revalorizar la imagen histórica del comandante Federico Lastra, desacreditada por las malvadas invenciones de esa caterva de historiadores que anduvieron y andan por ahí; las habilidades de los revolucionarios, hombres y mujeres, en iniciar el enfrentamiento con el Estado ecuatoriano de ese tiempo a mano limpia hasta armarse lo suficiente para no ser masacrados; el internacionalismo cimarrón y del liberalismo radical para defender vida y existencia de las comunidades negras, para el caso, esmeraldeñas; realizar una evaluación crítica y política de obras literarias referenciales de los escritores Alejo Carpentier y Fernando Ortiz (Cuba) y Nelson Estupiñán Bass (Ecuador).

• La mayoría de los historiadores han privilegiado el liderazgo total de Carlos Concha hasta parecer que fue solo él quien enfrentó al ejército nacional y que su relación con los combatientes afroecuatorianos era de un afrentoso paternalismo.

Sin desmerecer su capacidad de conducción político-militar, José Antonio Figueroa explica: “Los documentos más bien permiten decir que en la guerrilla las relaciones mostraban unas funciones diferenciadas: mientras Concha se dedicó a consolidar las relaciones nacionales e internacionales, las operaciones militares estuvieron a cargo de los afroesmeraldeños, quienes las ejercían con un importante nivel de autonomía”14. Además de respetar a los comandantes (autoridad de mando), según se detalla en el libro, confiaba en las tácticas de combate de sus invenciones por el conocimiento del territorio, la oportunidad de ataques y retiradas según las circunstancias y el ejercicio de la disciplina militar.

• Federico Lastra es la personalidad cimarrona favorita de la historiografía malafesiva (y también de la caterva historicista). Si Carlos Concha Torres es el supuesto causante de la Guerra Civil y sus terribles consecuencias, al comandante F. Lastra le cargan las culpas de pretendidas atrocidades en los combates y por fuera de ellos. A través del descrédito sostenido se construyó una imagen histórica de violencia sin causa de la gente negra ecuatoriana (esmeraldeña, si se querría precisar), de irracionalidad belicosa y abusiva que las instituciones estatales deberían combatir sin pausas y por eso mismo ingobernables por ellos mismos, hasta el caos social y político permanente. Es racismo histórico y cognitivo. Y perduran esos relatos sin malgastarse en las opiniones de muchas personas. J. A. Figueroa plantea estas preguntas: “¿qué conocemos del comandante Federico Lastra? ¿Cómo podemos reconstruir su figura más allá de la criminalización de la prensa y de las narrativas?”15 El ejército nacional, de aquellos años, fue víctima de su propia invención racista y la desmesura de las leyendas que inventó, de su porfía despectiva hacia las comunidades negras de Esmeraldas y a Federico Lastra. El alto mando militar disminuía a lo mínimo las posibilidades combativas del cimarronismo en armas con una frase que se hizo parte del habla de la oficialidad y los soldados del Gobierno: “cuatro negros pelagatos”. Para el Gobierno de Leonidaz Plaza Gutiérrez, apenas alcanzaban ese y otro calificativos peores. José Antonio Figueroa, entonces precisa aquello que fue: guerra revolucionaria de las comunidades afro esmeraldeñas. Y recupera el liderazgo de Federico Lastra. Por cierto, no es una revisión de la historia; para nada, esa fue la Historia. Al menos rompió el silencio culpable sobre el comandante F. Lastra.

• La rebelión comenzó con el asalto al cuartel de la policía, la madrugada del miércoles 24 de septiembre de 1913, no es ninguna exageración, a trompada limpia. “La revolución, iniciada sin un solo rifle, en ese momento contaba con ciento cinco fusiles y cuatro mil doscientos cartuchos16, que iban proveyéndole las tropas del Gobierno en sus constantes descalabros”17. La cantidad se soldados gubernamentales siempre fue superior a los rebeldes, igual en armas y hasta en su calidad. Al final el armisticio ocurre porque no había posibilidad triunfo o derrota de alguna de las partes y porque concluyó el periodo gubernamental de Leonidaz Plaza Gutiérrez. El mayor proveedor de armas para la guerrilla afroesmeraldeña fue el Ejército nacional, por las sucesivas derrotas o los despavoridos escapes abandonando aquello que les impedía acelerar la huida. Los negros macheteros de Lastra imaginario cultural y político creado para construir sobre esa narrativa su propio panteón de próceres y que los años por venir se acrecentara la veneración de esos pretendidos “salvadores de la civilización ecuatoriana”. La propaganda y las informaciones de los periódicos de la época hacían descripciones terribles y hasta de posible antropofagia de los combatientes afroesmeraldeños, aquello causó un aura de miedo en las tropas y oficialidad del Gobierno. El efecto contrario de la propaganda fue la otra guerrilla a vencer por el ejército nacional.

• José Antonio Figueroa dedica algunas páginas de su libro a aquello que algunos, con razón histórica hemos llamado, internacionalismo cimarrón. El republicanismo reconoce y valora los derechos de los pueblos y sus procesos democráticos, sin excepción y postergación. En el libro se explica aquello que ocurre si las acciones son al revés. Y si las condiciones políticas son aceptables y se está dispuesto “con los empobrecidos de la Tierra echar suerte igual”18. “Otras de las características de las guerrillas era su carácter binacional, lo que iba en correspondencia con la perspectiva continental del liberalismo radical (o sea del alfarismo ecuatoriano), y se reforzaba por el estrecho vínculo entre los afrodescendientes en ambos lados de la frontera”19. Se cumplió aquello que la voz colectiva del Abuelo Zenón sentenció: “una raya que separa, pero no divide”. Eso ‘de raya’ es un despectivo a la frontera interestatal colombo-ecuatoriana. En la página 284, del libro, sobre la base de un documento del Ministerio de Relaciones Exteriores del Ecuador confirma que “se calcula que los colombianos son al menos la quinta parte de los soldados que lo conforman”. Más que el simple gentilicio fue (y es) una categoría resistencia emancipatoria: afrocolombianos. O el genérico continental y diaspórico: afrodescendencia. La movilización desterritorializada de los afrodescendientes en las guerrillas esmeraldeñas evoca la “desnacionalización de la imaginación” que (Achille) Mbembe atribuye a la larga tradición de viajes y desplazamientos vividos por los afrodescendientes desde la colonia temprana que “se prolongará hasta mediados del siglo XX y acompañará a la mayoría de los grandes movimientos negros de emancipación”20. O dicho con la potente metáfora del Abuelo Zenón: “la sangre estira, pero no (se) arranca”. Ya se sabe que hacia Esmeraldas convergieron desde distintas comunidades negras combatientes, por ejemplo, del Valle del Chota, de las zonas esmeraldeñas más distantes y también se unieron jamaiquinos llegados para la construcción de la línea férrea del ferrocarril alfarista. No se ha valorado aún la participación de las mujeres negras, muy activas y no pocas veces fueron decisivas en las batallas.

• Celebro la honestidad intelectual de José Antonio Figueroa, una lección a valorar e imitar. El pensamiento crítico activo es de ida y vuelta, si no deja de serlo y su pasividad corrompe, agrede, desmotiva y perjudica el cimarronismo político militante de la afrodescendencia. El juicio historiográfico es imprescindible, aunque no se debe ignorar los tiempos de las obras de Fernando Ortiz, Alejo Carpentier, Nelson Estupiñán Bass y otros. De ninguna manera debería afectar la enorme importancia de sus obras, sus aciertos inobjetables y su lectura obligatoria. Sin embargo, no comprendieron o malentendieron los procesos históricos emancipatorios de las Comunidades Negras de Cuba y Ecuador. Los cambios posteriores en sus productos literarios y ensayísticos sostienen su vigencia.

Para Cuba y Ecuador, especialmente para la afrodescendencia americana, Republicanos negros es un libro indispensable para alumbrar oscuridades epistémicas. Valga en su totalidad la paradoja. Las lecturas sobre y desde esta investigación conducirán a otras lecturas esclarecedoras, a otros análisis críticos de nuestras historias y sin dudas fortalecerán las luchas por el republicanismo en el siglo XXI, que incluye el antirracismo y la materialización de teorías y prácticas en el desempobrecimiento de nuestra afrodescendencia continental. Por fin se termine “esa relación fantasmal entre la teoría y la práctica”, como escribe Boaventura de Souza Santos. Ese, creo yo, fue el propósito cultural y político de José Antonio Figueroa. Axê.

Notas:

1 Comunidad política propuesta desde sus presupuestos autónomos.

2 profesor Utah State University

3 Republicanos negros – Guerras por la igualdad, racismo y relativismo cultural, José Antonio Figueroa, Editorial Planeta Colombiana S. A., 2022, Bogotá, Colombia, primera edición, p. 14.

4 Babylon (babilonia) es el corrupto sistema de la sociedad occidental y oriental construidas sobre el capitalismo y el imperialismo, antes que sobre la vida humana. Definición del Movimiento Rastafari internacional.

5 El extremismo en defensa de la libertad es una virtud, y la moderación en pos de la justicia es un vicio: la intervención de Malcolm x, en el Oxford Union Debate (3 de diciembre de 1964), documento en pdf, p.7. https://www.google.com search?q=EL+EXTREMISMO+EN+DEFENSA+DE+LA+LIBERTAD+ES+UNA+VIRTUD%2C+Y+LA+MODERACI%C3%93N+EN+POS+DE+LA+JUSTICIA+ES+UN+VICIO%3A+LA+INTERVENCI%C3%93N+DE+MALCOLM+X+EN+EL+OXF ORD+UNION+DEBATE

6 El concepto es diferente al económico. Hablamos de iniciar, realizar, consolidar y prolongar un ejercicio político-cultural.

7 Óp. Cit., p. 15.

8 Óp. Cit., p.14.

9 Óp. Cit., p. 30.

10 Óp. Cit., p.34.

11 Óp. Cit., p. 97.

12 Óp. Cit., pp. 143-144.

13 Óp. Cit., p. 276.

14 Óp. Cit., p. 289.

15 Óp. Cit., p. 292. Las cursivas y el resaltado son del autor de estas líneas.

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