Responsabilidad de la industria militar y la guerra en la destrucción del ambiente

Periódico Opción
Periódico Opción
9 Minutos de lectura

Edgar Isch L.*

El metabolismo entre sociedad y naturaleza tiene puntos de equilibrio muy difusos, por lo que su fragilidad crece en medida que la sociedad utiliza un territorio cada vez mayor, extrae recursos en mayores cantidades o interviene, interrumpe y altera los ciclos naturales. La capacidad humana de afectar a la naturaleza ha crecido con el tiempo y, en el periodo que se asume como “capitaloceno”, se expresa de manera violenta, generando una situación inédita en la historia humana de destrucción y alteración. El capitalismo, en general, ha roto el metabolismo y ha puesto en peligro a la existencia de la misma especie humana, entre tantas otras.

En el momento presente, que se corresponde con la fase del imperialismo, tenemos una situación generada en la disputa, principalmente de las potencias mundiales, que se distribuyen áreas de influencia inestables y conflictivas, en espera de garantizar su rol en la dominación del mundo. Entramos así en un momento en que se ha regularizado el uso de la guerra como una herramienta y con desastrosos efectos para los seres humanos y los territorios. El hecho que se llegue a casos de genocidio que prácticamente se transmiten de manera instantánea, o que sin rubor se mencione una guerra mundial, no dejan sino pensar en la barbarie, como una opción de futuro distópico, que debe detenerse a tiempo.

Cabe señalar que, contrario a los anuncios realizados en décadas pasadas de un nuevo orden mundial que vería desaparecer los conflictos bélicos, estos han crecido en número (hay 56 guerras activas según semFYC, 2024), intensidad y violencia.  Eso lleva a preguntarse sobre los efectos que estos conflictos tienen en el metabolismo social y natural, aunque no ha sido un tema tratado con detalle.

La destrucción de territorios, implicando la destrucción biológica de especies que allí habitan, es el efecto más visible. Pero en el interior del territorio podría existir un cúmulo de especies aún no identificadas y en riesgo de desaparecer, la reducción del número de individuos de otras afectando la cadena trófica o las interrelaciones biológicas. Los territorios atacados, en varias de estas guerras, incluyen bosques nativos, causando efecto negativo en la captura de gases de efecto invernadero. Pero también se afectan durante los entrenamientos militares de gran impacto, como son los ejercicios militares que suman a varios países a la vez.

Considerando que el ser humano tiene en su entorno no solo un medio ambiente natural sino también uno construido, es obvio pensar en la destrucción del mismo en cada bombardeo. Se destruyen viviendas y caminos, pero también las plantas para tener agua potable, los hospitales y escuelas. De esta manera se destruye el derecho humano a tener un ambiente seguro, sano y libre de contaminación. La salud física y mental es atacada de manera intencional al realizar la guerra sin importar la muerte de civiles.

El uso de distintos productos contaminantes, desde el plomo de las balas, pasando por explosivos y llegando a gases, fósforo blanco o radioactividad, acrecientan las consecuencias mencionadas anteriormente. Estos contaminantes continúan causando efecto por muchos años, ampliando su daño ambiental y a las poblaciones víctimas de las guerras de dominación.

Estados Unidos, como primera potencia militar mundial, entre 2001 y 2017 en acciones militares y su industria emitió 1.200 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero (Crawford, 2019). Por su lado, la huella de carbono del sector industrial/militar y de las fuerzas armadas de los 27 países miembros de la Unión Europea en el año 2019 fueron estimadas de 24,8 millones de tCO2e (Parkinson y Cottrell, 2021). En síntesis, conforman uno de los sectores que más inciden en el cambio climático, que presenta ya fenómenos climáticos extremos con enormes daños a la vida.

Sin embargo, la guerra es también un gran negocio para unas cuantas industrias y consume unas enormes cantidades de recursos. De acuerdo con SIPRI (2024) el crecimiento total de presupuesto militar a nivel global entre 2022 y 2023 fue del 6,8%, hasta alcanzar los 2,44 billones de dólares, lo que marcaría el mayor incremento anual desde 2009. Los 31 miembros de la OTAN gastaron 1,34 billones de dólares, lo que equivale al 55% del gasto militar mundial.

En comparación, para enfrentar “las crisis del clima, la biodiversidad y la degradación de la tierra sólo podrán contenerse si se invierten 536.000 millones de dólares anuales en los próximos 30 años” (ONU, 2021). Es decir, la quinta parte del gasto militar de 2023. Gasto militar que crece año tras año, mientras el requisito ambiental se mantiene fijo, ampliando cada año la brecha.

En el marco de la crisis integral del sistema, Centre Delàs d’Estudis per la Pau (2021), señala que: “El complejo militar industrial… Es un sistema que no tiene en cuenta los límites ecológicos y del planeta, que no respeta la dignidad de todas las personas, que utiliza esquemas patriarcales de violencia, que no se plantea una actuación coordinada a nivel planetario ante las crisis globales, y que no acepta la visión feminista de la igualdad esencial de todas las personas, descartando algo tan fundamental como su cuidado”.

Pero en lo que si piensan es en cómo “blanquear” su actividad. Por ejemplo, hablan de contar con “munición verde” y “amistosas con el medio ambiente”. Una de las empresas empeñadas en este gesto propagandístico es Bae Sistems (Sunday Times, 2006), que es a la vez una de las más grandes a nivel mundial, habla de “limitar los daños colaterales y minimizar el impacto en el medio ambiente, en la medida de lo posible”. Solo le falta decir que serán armas inteligentes y que no matarán. Pero un arma en manos de las potencias será utilizada para imponerse en el mundo, matando y esclavizando. Lo demás, lo demuestra la historia reciente, no les importa.

El guerrerismo imperialista también pretende justificarse en “derechos” que se otorgan a sí mismos. Israel sostiene tener el derecho de realizar un genocidio; Estados Unidos, el derecho de atacar y sancionar pueblos enteros; Rusia, el derecho de invadir Ucrania; y se puede seguir con un largo etcétera. Lo obligatorio es desmitificar esa manera de justificar su violencia masiva y denunciar al guerrerismo y las industrias de armamento.

La defensa del medio ambiente, así como la defensa de la vida misma, incluida la de los seres humanos, involucra hoy la lucha contra los afanes de dominio mundial a través de las guerras. Justicia ambiental y guerra imperialista son totalmente opuestos.

Referencias

Centre Delàs d’Estudis per la Pau, 2021. Crisis Climática, Fuerzas Armadas y Paz Medioambiental. Barcelona.

Crawford, Neta C., 2019. The Defense Department is worried about climate change – and also a huge carbon emitter. En: https://theconversation.com/the-defense-department-is-worried-about-climate-change-and-also-a-huge-carbon-emitter-118017

ONU, 2021. Salvar a la naturaleza requiere una inversión de 8,1 billones de dólares para 2050. En: https://news.un.org/es/story/2021/05/1492532.

Parkinson, Stuart y Cottrell, Linsey (2021), Under the Radar. The Carbon Footprint of Europe’s Military Sectors, European United Left/SGR/ the Conflict and Environment Observatory, 2021. Disponible en: https://www.sgr.org.uk/publications/under-radar-carbon-footprint-europe-s-military-sectors

semFYC, 2024. (semFYC 2024)Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC) 

SIPRI, 2024. Tendencias del gasto militar mundial, 2023. Estocolmo. En: https://www.sipri.org/publications/2024/sipri-fact-sheets/trends-world-military-expenditure-2023

Sunday Times, 2006. Tranquilos!, son balas respetuosas con el medio ambiente. Londres.

*Académico y ex ministro de Medioambiente de Ecuador. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Comparte este artículo