Por Libertad Regalado Espinoza

Más allá de remitirnos a la historia del significado de palabras como mestizo, cholo, longo, negro, mulato, zambo, indio que definían en la colonia con mucha claridad la clasificación social y racial; y lo peyorativo del uso de estos términos para referirse a las personas, tratando de minimizarlas, no solo en la colonia sino hasta nuestros días, es importante rescatar los movimientos que han venido surgiendo en el Ecuador para reconocerse como mestizos, cholos, negros, indios y montuvios[i]

Qué hermoso reconocer la propia identidad y sabernos mestizos, indios, negros, montuvios, cholos. No hacerlo sería negar nuestras raíces, no admitir que por nuestra sangre corre savia de quienes nos antecedieron, que en nuestros genes hay información de los pueblos ancestrales que habitaron estas tierras.

La Constitución acertadamente reconoce la existencia del pueblo montubio en la costa ecuatoriana, pero dejan a una gran parte de la población fuera de este contexto, justamente a los cholos quienes viven en la ribera del mar, en las cercanías del manglar, de los humedales y de las cuencas hidrográficas cuyas aguas salen al Océano Pacífico. Su actividad ha estado unida a la pesca, al comercio, a la navegación, a la obtención de perlas, de sal, a las artesanías derivadas de la mocora, de la paja toquilla, tagua, piquigua, conchas, coral, palo de balsa y sabe tejer atarrayas, redes, chinchorros

Este pueblo que se alimenta de los productos del mar, que respira a diario salinidad, que mira el horizonte y sueña con devorarse las millas del inmenso océano; que toda su vida ha sido reconocido como “pata salada” por andar sin zapatos sobre la arena salobre empujando sus pangas y bongos; lanzando sus aperos de pesca, recogiendo en las redes la pinchagua, camarones, langostas; cazando con sus punzones los pulpos; recogiendo cangrejos, extrayendo las conchas, almejas, erizos de mar entre los mangles y  los acantilados de esta costa agreste que penetra con sus múltiples formaciones  en las aguas profundas; obteniendo en los ríos con bajíos, catangas, barbasco los peces, cotos, sengues, cacaños, y guariches. Ese hombre que escudriña el horizonte, días enteros sin otro paisaje que el cielo y el agua, que lucha contra los poderosos brazos de las olas, con la fuerza de los huidizos peces; y con los piratas que siempre han asediado nuestras costas.

Cholo que sigue siendo un gran navegante como lo fueron hace miles de años sus ancestros, que conserva los secretos de una faena de pesca, y sabe mejor que los radares donde está una mancha, un cardumen. Que en sus poderosas balsas atravesó los océanos para llevar sus productos, en especial la spondylus e intercambiar con productos de los habitantes de centro América, del Caribe, del Perú, Chile. Que, como polizón, grumete, comerciante atravesó el Atlántico para lograr ante los reyes españoles sus reivindicaciones, el respeto a sus tierras, a su artesanía (Juan Seguiche, Manuel Inocencio Parral y Guale, Manuel Soledispa del Común de Indios de Jipijapa). Que siempre ha sido y se ha sentido libre; por eso no sabe de esclavitud, no conoce otra forma de vida que la de caminar libre sin ataduras por esa inmensa playa besada por las aguas verde azuladas de un amoroso y esquivo mar.

Esa chola, mujer que aprendió a convivir con  la soledad, que saboreó el pan de la espera en su casa de caña guadua o de madera de amarillo, madero negro, guachapelí; que aprendió  a tejer esperanzas con los hilos finos de la toquilla,  a trabajar la tagua, a crear adornos con las conchas, con los corales;  a preparar manjares con los frutos del mar en ese horno de arcilla; esa chola que tiene la sabiduría de sus ancestros y conoce los secretos de las hierbas para curar los males de ojo, de espanto, de aire, las picadas de mosquito, de agua mala; que mantiene las tradiciones y costumbres de sus pueblos, que sabe preparar la mesa de los muertos con esos manjares que por siglos han sido los platos preferidos de su gente, que sigue velando a sus santos y siente devoción por sus muertos.

Manabí y Santa Elena durante siglos han permanecido relacionados, los pueblos precolombinos ocuparon sus tierras; el señorío de Salangome se extendía por la zona Sur de Manabí y la Península de Santa Elena. La isla de la Plata fue centro adoratorio donde convergían varias culturas de la costa del Pacífico. Hay actividades que los conecta directamente, una de ellas es la elaboración de los sombreros de paja toquilla y la comercialización de la paja con los pueblos del norte de Perú, del sur de Colombia y las provincias de Cañar y Azuay. Hay una fiesta que los une la de Pedro y Pablo, Patrimonio cultural inmaterial del Ecuador, que ha logrado amalgamar toda una tradición religiosa (aborigen-judaica cristiana), étnica, política, que se celebra en el mes de junio y agosto; comparten ciertas  costumbres como la de “los ángeles somos” en el mes de noviembre con la preparación de la mesa de comidas que más les gustaba a sus fieles difuntos; la de elaborar un cordón de algodón para que le sirva al difunto como protección en el viaje al más allá;  la preparación de ciertas comidas como las tortillas de maíz en el horno de arcilla, las roscas de finados, los bollos,  los sangos de zapallo con mariscos, el mote con zapallo,  la albacora horneada, los ceviches.

La diferencia con el pueblo montuvio no solo está en su actividad, sino en su contextura física, la mayoría de ellos son de talla pequeña, piel obscura, piernas gruesas y fuertes, rostro ovalado que recuerdan a los figurines de la cultura Machalilla, Chorrera, Jama Coaque, Bahía, Manteña. Exhiben una prominente nariz aguileña y ojos marrones obscuros de mirada profunda, capaz de poder adivinar los recónditos escondites de los peces en altamar.

Hoy están aquí los Alay, Anzúles, Anchundia, Bacusoy, Bailón, Baque, Caiche, Cali, Cajape, Chaume, Chele, Chancay, Chilán, Chiquito, Chóez, Chompol, Chonillo, Chunchy, Coaboy, De la Cruz, De la Rosa, Del Pezo, González, Indio, Jalca, Ligua, Lindao, Lino, López, Lucas, Parral, Parrales, Pibaque, Piguabe, Pilligua, Pincay,  Quijije, Quimí, Quimís, Pisloy, Seguiche, Sancán, Samán, Toala, Tomalá, Tubay, Tumbaco, Villao para  levantar su voz, para decirles a quienes gobiernan, que son parte de este Ecuador diverso, pluriétnico, pluricultural. Que tienen miles de años de historia, que son fruto de los pueblos precolombinos que habitaron las costas ecuatorianas. Que son habitantes dilectos del mar, que conviven con los hermanos montuvios con quienes les unen relaciones comerciales, afectivas y productivas.

Nos dicen que la interculturalidad intenta romper con la historia hegemónica de una cultura dominante y otras subordinadas y de esa forma refuerza las culturas excluidas. La interculturalidad abarca conceptos no machistas, no elitistas, promueve el equilibrio entre todos los seres de la madre tierra, respetas sus especificidades culturales.  

Si es así, desde esta perspectiva urge una mirada atrás, a las raíces profundas de nuestras culturas, a hurgar en lo auténtico de la identidad, limpiarnos de la cosmovisión heredada de los conquistadores, salir del paternalismo, la resignación y el miedo; y solo lo podremos hacer, si desde el gobierno empiezan por reconocer esta diversidad y aceptar al cholo pescador, al cholo artesano, al cholo comerciante como parte de los pueblos ecuatorianos.


[i] El montuvio como etnia,  asoma en la colonia relacionado a “hombres de montaña”, ya en la república unido a las personas que conformaban las famosas montoneras de Alfaro, durante la revolución liberal, escrito con v montuvio, según la RAE, se lo  define como habitante de las zonas montañosas de la costa ecuatoriana cuya actividad está conectada directamente con la agricultura y ganadería.  Con b Montubio, en la misma RAE se refiere de una persona que es montaraz y grosera.