Por: Francisco Garzón Valarezo
Había una vez en una ciudad de la costa ecuatoriana un hospital que atendía a varios enfermos en una sala. Un día, a media tarde, una pareja con aire profesional, un doctor y una enfermera o una doctora y un enfermero, —que para el caso da igual—, entraron a la sala y dijeron a los pacientes que les iban a tomar la temperatura rectal por cuanto era el método preciso para medirla. Corrieron las cortinas de las camas para darles intimidad, los hicieron acostar boca abajo y aplastar sus caras en las almohadas.
Les hurgaban el nalgatorio con manos que parecían de albañil, les separaron los glúteos y les encajaron el diabólico aparato del termómetro sin vaselina.
Luego de unos minutos que para los pacientes debieron ser largos, llegó otra enfermera y cundió la alarma. Se hizo la bulla y se descubrió que a los enfermos les habían robado todo: celulares, ropa, zapatos, medicinas, termos, sábanas, lentes, útiles de aseo.
Los falsos doctor y enfermera, o enfermera y doctor, —que para el caso da igual—, eran un par de ladrones que les habían dejado clavado en el recto, a cada uno, dos pulgadas de una pluma bic.
¿Te parece graciosa esta historia?
Un caso parecido ocurre en nuestro país con el proceso electoral. Dos petulantes estafadores con ínfulas de sabelotodo, doblegados y complacientes al poder imperialista; y un pueblo iracundo que busca frenar la injusticia, y en ese camino, espera el desencanto fatal en un mal menor.
Los pacientes de aquel hospital nunca recelaron de que serían víctimas de un robo. Confiaron en los falsos médicos. Creyeron con resignación en la cura de sus dolencias, así como parte de los ecuatorianos creen en la simulada rivalidad de dos carteles que ya gobernaron y ya fracasaron.
Ya los conocemos, son cuenteros baratos, por eso no merecen nuestro voto