Trascendencia de una discusión intrascendente

Periódico Opción
Periódico Opción
6 Minutos de lectura

Por Alberto Acosta

Si la economía se encuentra hoy en “recesión” o en “etapa de recesión” no es relevante.

La economía está estancada desde el año 2015. En ese lapso impactó el terremoto del 2016 y de forma brutal la pandemia del Covid-19. Le golpearon y le golpean los problemas económicos internacionales, algo de mucho cuidado en una economía extremadamente dependiente del mercado mundial. Hasta aquí se podría decir que son causas exógenas las que explican este estancamiento, a las que podríamos incorporar muchas dificultades estructurales que arrastramos desde hace rato, como lo es, para mencionar una sola, la estructura oligopólica del sistema financiero privado.

Lo que no podemos ocultar es que las tendencias recesivas -¿se aceptará esta calificación?, en gran medida, son responsabilidad de la política económica aplicada en los últimos años. El austericidio que provocan las recetas fondomonetaristas, inspiradas en la teología neoliberal -que busca reducir el tamaño del Estado a como dé lugar-, está a la vista. Impacta negativamente en lo productivo, en lo social, en lo energético e inclusive en la seguridad ciudadana. Y todo debido, en especial, a la sistemática destrucción de la inversión del sector público con duros impactos en la economía y la sociedad.

La reducción de las inversiones del sector público continúa en el gobierno del pasante en Carondelet @DanielNoboaOk. Tanto que resulta dramático constatar, que de los 1.733 millones de dólares presupuestados para el 2024 en el Plan Nacional de Inversiones, apenas se han ejecutado 40 millones… Con este manejo económico, sería de ilusos esperar la superación del estancamiento.

Vistas así las cosas, no vale la pena discutir si estamos o no técnicamente en recesión. Mucho menos luego del supuesto crecimiento registrado en el primer trimestre del presente año.

Se requiere un golpe de timón para impedir que la economía cumpla una década de estancamiento, con una población que sigue creciendo, mientras aumenta la pobreza, sin que se reduzca la brecha entre ricos y pobres…

En este punto quizás convenga recordar que no todo crecimiento es bienvenido. Al crecimiento hay que abordarlo responsablemente. Inclusive es oportuno diferenciar el crecimiento “bueno” del crecimiento “malo”. Pongámoslo en palabras de Manfred Max Neef, economista chileno, quien escribía así en una carta abierta al ministro de Economía de Chile, el 4 de diciembre de 2001:

“Si me dedico, por ejemplo, a depredar totalmente un recurso natural, mi economía crece mientras lo hago, pero a costa de terminar más pobres. En realidad, la gente no se percata de la aberración de la macroeconomía convencional que contabiliza la pérdida de patrimonio como aumento de ingreso. Detrás de toda cifra de crecimiento hay una historia humana y una historia natural. Si esas historias son positivas, bienvenido sea, porque es preferible crecer poco, pero crecer bien, que crecer mucho pero mal.”

Además, no nos olvidemos que, inclusive, se puede desembocar en un “crecimiento empobrecedor”, como demostró hace décadas Jagdish Bhagwati, profesor de economía de la Universidad de Columbia. Resulta empobrecedor el crecimiento cuando los beneficios de exportación de un país son mucho menores a sus consecuencias, cuando se destroza el patrimonio natural y cuando no está vinculado directamente a la redistribución social, permitiendo el enriquecimiento de ciertos grupos de poder, sin generar transformaciones productivas genuinas. Una situación perversa que registramos incluso en nuestra estancada economía.

Aterrizando en el caso ecuatoriano, por ejemplo, no podemos sostener más la destrucción del #Yasuni-ITT a cuenta de que su no explotación provocaría la recesión; lo que es una falacia, pues, para colmo dicha extracción petrolera es un mal negocio para el país.

Sin asumir que todas las soluciones deben partir desde el Estado, nos vemos abocados a recuperar la inversión pública sin abrir nuevamente la puerta al despilfarro. En ningún caso podemos aceptar que la inversión privada por definición es positiva; bien sabemos que en nuestro país abundan los empreSAURIOS, que viven de una multiplicidad de rentas, sean de la Naturaleza, de las estructuras oligopólicas, de diversos subsidios, de la evasión y elusión tributarias, de la especulación, del contrabando, de la corrupción…

Impulsemos la reactivación de la economía con criterios de justicia social y justicia ecológica.

Y de todas formas, el crecimiento no debe ser ni el motor ni el fin último de la economía. Cada vez es más evidente que el crecimiento material sin fin podría culminar en un suicidio colectivo, sea por el recalentamiento de la atmósfera, la pérdida de fuentes de agua dulce, la erosión de la biodiversidad agrícola y silvestre, la degradación de suelos, la propia desaparición de espacios de vida para los animales humanos y no humanos…

En suma, a pesar de que la discusión de si hay o no recesión resulta irrelevante, nos sirve para profundizar el debate sobre la economía ecuatoriana. Un tema que no puede hacernos perder de vista las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de habitantes de nuestro país, cuya superación debería ser el objetivo final del manejo económico. –

ETIQUETAS:
Comparte este artículo