Por Marcelo Robles
El reciente ataque de los Estados Unidos contra la República Bolivariana de Venezuela, acompañado del secuestro del presidente Nicolás Maduro, constituye una nueva y grave agresión imperialista contra la soberanía de los pueblos de América Latina. No se trata de un hecho aislado ni de una reacción coyuntural: es la continuidad de una política histórica de dominación, injerencia y violencia ejercida por el imperialismo estadounidense contra los pueblos que intentan decidir su propio destino.
Tal como lo han denunciado en sus comunicados la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista-Leninistas (CIPOML) y el Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador (PCMLE), esta agresión no tiene como objetivo la defensa de la “democracia” ni de los “derechos humanos”, conceptos utilizados de forma cínica por Washington, sino el control geopolítico, económico y energético de Venezuela y el castigo ejemplar a un pueblo que no se somete dócilmente a los dictados del capital transnacional. El propio Trump en rueda de prensa señaló que las acciones militares tienen como objetivo recuperar el petróleo.
El secuestro de un jefe de Estado en ejercicio constituye una violación flagrante del derecho internacional, de la autodeterminación de los pueblos y de los principios más elementales de convivencia entre naciones. Es, además, una demostración brutal de que el imperialismo no reconoce límites legales ni morales cuando se trata de defender los intereses de las grandes corporaciones y del capital financiero. Hoy es Venezuela; ayer fueron Irak, Libia, Siria; mañana puede ser cualquier otro país que se atreva a disentir.
Esta agresión no va dirigida únicamente contra un gobierno o un presidente. Va, sobre todo, contra el pueblo trabajador venezolano, contra sus organizaciones sociales, sindicales y populares, contra su derecho a vivir sin bloqueos, sanciones, amenazas militares y sabotajes económicos. El imperialismo sabe que para imponer su dominio necesita quebrar la resistencia de las masas, generar miedo, desmovilización y desesperanza. El efecto del ataque y secuestro a Maduro superó la frontera. Trump amenazó a los presidentes de Colombia, Cuba y Brasil, así como a la presidenta de México con actuar de manera similar, incluso se refirió a la posibilidad de anexar Greolandia como una necesidad estratégica para los Estados Unidos.
Frente a ello, la solidaridad internacionalista no es un gesto retórico, sino una necesidad política. Como bien señala la CIPOML, la defensa de Venezuela es parte de la lucha general de los pueblos del mundo contra el imperialismo y la explotación capitalista. Defender la soberanía venezolana es defender el derecho de todos los pueblos a decidir su propio camino sin imposiciones externas.
Desde Ecuador y desde toda América Latina, los trabajadores, los campesinos, la juventud y los pueblos deben levantar su voz. El silencio o la neutralidad solo favorecen al agresor. Es indispensable movilizarse, denunciar en las calles, en los centros de trabajo y estudio, en los espacios sindicales y populares, esta nueva agresión imperialista. La historia demuestra que solo la lucha organizada y consciente de los pueblos puede frenar la guerra, la intervención y el saqueo.
En Ecuador, el PCMLE ha señalado que la agresión contra Venezuela forma parte de una ofensiva más amplia del imperialismo en la región, que busca fortalecer su presencia, apropiarse de los recursos naturales de América Latina, destruir las conquistas populares y asegurar condiciones favorables para la explotación capitalista. Por eso, la respuesta no puede ser aislada ni fragmentaria; debe ser continental y clasista.
Hoy más que nunca, la consigna sigue vigente: ¡Fuera el imperialismo de América Latina! Solidaridad activa con el pueblo y los trabajadores de Venezuela. Defensa irrestricta de su soberanía. Movilización popular para detener la guerra y la agresión.
