Por Juan Bajaña G./ Guayaquil

Nuevamente los actos delincuenciales y en especial los asesinatos que se cumplen de forma dirigida, son noticia de primera plana en los periódicos informativos tanto radiales como televisivos y con ello, una vez más se promueven comentarios, opiniones y, se hacen propuestas, que en gran medida ya han sido formuladas por quienes dirigen el Estado y que han dejado muy poco o casi nada como resultado para impedir el auge delincuencial.

El endurecimiento de las penas, el aumento de patrulleros, armas, personal militar y de policías se ha dado de forma significativa; ahora se propone como solución el derecho a portar armas y desplegar en las calles una mayor fuerza de represión. Es claro que se maneja el tema de forma arbitraria y con alto grado de eufemismo.

Desde luego que la delincuencia organizada y desplegada desde los de cuello blanco, por ningún lado es condenada en los términos que se merece, al punto que reconocidos asaltantes y delincuentes se siguen paseando de forma impune.

Las masacres que se producen en las cárceles, en las que se denuncian complicidad y hasta beneficios de determinados elementos vinculados al Estado, no muestra otra cosa que el fracaso de las políticas de atención a los centros de detención, en los que el estado tiene la obligación de garantizar la vida misma.

Es evidente que el auge de los asesinatos dirigidos y provocados por elementos descalificados, no son un patrimonio de Ecuador; a vista de todos está lo que sucede en EE.UU. donde se porta armas con cierta libertad e incluso pervive la pena de muerte en ciertos estados.

Es indiscutible que este es un mal que debe ser enfrentado y derrotado, que debe haber políticas para dar soluciones a corto y mediano plazo.

Desde los sectores democráticos y de izquierda se ha señalado que mientras no se ataquen las causas principales para existencia de esta mal, el problema no sólo que persistirá, sino que se agravará como sucede hoy en día. Lo que de ninguna manera implica no hacer algo de forma inmediata.

Se ha denunciado, principalmente, el desempleo y aumento de la pobreza como males que crecen de forma significativa, males que crean condiciones para una serie de actos y comportamientos que son aprovechados por grupos con poder económicos y también político que manipulan y direccionan a su favor distintos actos que le permiten aumentar sus fortunas.

Es evidente la quiebra de valores morales y humanos que hacen de hechos delincuenciales actos que cada vez sean vistos como algo ya natural.

Para este y otros problemas graves, no pueden verse soluciones al margen de las alternativas para resolver la crisis que sacude al Ecuador y al Mundo; no puede resolverse un problema de pérdida de valores con formación con antivalores; no puede combatirse la delincuencia con endurecer penas para los de abajo, mientras los autores intelectuales y beneficiarios directos anden orondos y dando lecciones de conducta; no puede enfrentarse el problema delincuencial con centros de detención que son verdaderos lugares de profesionalización para el delito.

Combatir la delincuencia si es posible atacando el desempleo sin mañoserías, haciendo de los centros de detención verdaderos centros de rehabilitación de las personas; capacitando de forma profesional al personal que esté a cargo de los centros de detenciones; educando con valores y cerrando el paso a una serie de programas que promueven como ganancia la violencia, la delincuencia, el tráfico de personas.

Desde luego que un Estado excluyente, discriminatorio y violento por la naturaleza es la fuente y causa de este y otros males.