Por Francisco Escandón Guevara

Desde que los partidarios de Donald Trump irrumpieron en el Capitolio para evitar la validación de los resultados electorales, en los que Joe Biden resultó ganador, la crisis política del país imperialista se profundiza al punto de amenazar la estabilidad institucional y prolongar la polarización presente desde hace meses atrás.

El saldo de muertos y detenidos es el resultado del fanatismo alimentado, por el mandatario norteamericano, con un discurso reaccionario que no venció en las elecciones, pero que peligrosamente sembró posturas fascistas en la gran potencia que se autoproclama la embajadora de la paz y la democracia.

Esas consignas ultra conservadoras (xenófobas, machistas, preñadas de homofobia y  racismo y tendientes al armamentismo) fueron heredadas de la extrema derecha del viejo Ku Klux Klan que utilizó como métodos de acción el terrorismo, la violencia y actos intimidatorios, como la quema de cruces, para imponer su criterio de la supremacía blanca y oprimir a sus víctimas.

Así se condujo el gobierno de Trump, plagado de polémicas que exacerbaron las contradicciones entre republicanos y demócratas, al punto de visibilizar las disputas entre los monopolios de Wall Street, entre las élites, que tutelan y financian a cada uno de esos partidos. Pero luego del ataque al Capitolio, varios coidearios del magnate norteamericano tratan de desembarazarse del incómodo inquilino de la Casa Blanca a través de un juicio político que, de prosperar, lo destituirá.

El asalto al Capitolio también desnuda la naturaleza de las fuerzas del orden yanquis. Cuando a las protestas, por derechos sociales, acuden negros, hispanos, hombres y mujeres pobres, la respuesta es la represión inmediata que incluso provoca la muerte; pero a los fanáticos del populista Trump, que no admite su derrota y apela a la denuncia de un fraude no probado, se los trata con permisividad.

El descalabro del paradigma norteamericano continúa, el FBI advierte que se están planeando protestas armadas para impedir la posesión de Biden, al tiempo que Trump anuncia su continuidad política como opositor del próximo régimen.

Es evidente, la democracia liberal está agotada, no es un ejemplo digno de seguir. Sólo los trabajadores y los pueblos la pueden reemplazar por una de nuevo tipo.