Evocación de la poesía honda y transparente de Rafael Arias Michelena

Por Gustavo Báez Tobar

Rafael Arias Michelena, doctor en Ciencias de la Educación, prestigioso catedrático universitario, poeta y escritor, nació en Atuntaqui, Imbabura, el 9 de junio de 1934. Sus padres: José Luis Arias y María Celina Michelena. Tuvo una rigurosa preparación académica en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, PUCE, que la complementó en el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá donde estudió Filología Hispánica, entre otras materias de su especialidad. Con muchos méritos llegó a ser Director de la Escuela de Lengua y Lingüística de la PUCE. Rafael Arias contrajo matrimonio con la distinguida dama quiteña Martha Recalde, y como producto de esta unión nacieron: Tatiana, Deyanira, Rodolfo y Renata Arias Recalde, todos excelentes profesionales. La implacable Parca se llevó tres meses antes de que cumpliera los 85 años, pues, falleció el 20 de abril de este año.

Sus principales obras

Su nombre figura entre los principales poetas contemporáneos, a la altura de Jorge Enrique Adum, Euler Granda, Ana María Iza, etc. razón por la cual sus poemas y su nombre  brillan en antologías importantes de la Literatura Ecuatoriana, como la de Hernán Rodríguez Castelo. Entre los poemarios de su autoría están: Occidentalmente tristes, 1969, (fue su primera obra poética a cuya actividad dedicó gran parte de su vida), luego vendrían: Columpios de la noche, 1973; Es difícil volver al paraíso, 1982; El otro yo de nosotros, 1987; De la tierra, la sangre y los olvidos, 2003, su última obra, que el apreciado autor y amigo me dio el privilegio de prologarla. Todas sus publicaciones fueron auspiciadas por la Matriz de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”.

Breves notas sobre: El otro yo de nosotros

En mis manos reposa el poemario: “El otro yo de nosotros”, que personalmente me lo obsequiara Rafael, poco después de su lanzamiento, con una delicadísima dedicatoria que me honra. En el prólogo escrito por la connotada escritora cuencana y académica Susana Cordero de Espinosa, expresa: “Rafael Arias tiene, sobre mucha gente, una admirable ventaja: sabe cuál es su camino, no reniega de él y lo sigue construyendo paso a paso, en el trabajo, la paciencia y la búsqueda. Ese camino en el que imprime su signo es la poesía. Nada fácil, por cierto: un convenio del hombre con la palabra; un ansia de instaurar lo permanente, como diría Heidegger, de hacer patente el ser, de revelar lo sencillo y la medida”.

Para esa impresionante cabalgata se nutre de poesía críptica, que ofrece  infinitas posibilidades de interpretación, como todo lenguaje válido; búsqueda esencialmente existencial que quiere encontrar, construir, mejor, esa presencia evasiva que él es, que somos todos, en la palabra precisa. Como un nuevo Quijote cabalga su Rocín, renuncia los cánones clásicos y empuña las  armas de la modernidad; se defiende y ataca con ellas, en esa interminable búsqueda de su yo, y lo encuentra en la libertad de sus versos libres al parecer inacabados, inacabables, porque no alcanzaremos a descifrarlos definitivamente.

Con su visión de bardo hecho y derecho, tiene el privilegio de poetizar nuestras falencias sociales y culturales, nuestras limitaciones, desigualdades, incoherencias… y con la fuerza de sus palabras, -vocablos nuestros y cotidianos- las denuncia, y clama interiormente por la urgencia de hondos cambios, aunque no los diga textualmente; empero nos transporta al mundo de la meditación para visualizar -aunque lejanas- algunas definitivas resoluciones. Con versos duros y desnudos, Rafael nos muestra como: “carne individual en permanencia colectiva/somos/después/no somos nada/… estamos aquí/en este mundo que transformamos día a día/aquí comienza nuestro conflicto con el hombre/él sueña con la libertad que nosotros vivimos/no puede vivir sin construirse muros/nosotros sin romperlos/… instalamos nuestra fábrica en la noche/rasgamos la soledad/las moscas oscuras colaboran con sus verdes/himnos/he iniciamos el acopia de las semillas”.

En las grandes urbes, las cosas cambian aceleradamente, ¿para mal o para bien?: “rodeado de bodegas/en tus bardas/se barajan los negocios del cemento/… tu color es de cemento/tu gesto de cemento/tu corbata de cemento/tu país de cemento/solamente lo que hiciste/es de hierro/pero el herrumbre comienza a engordarse/en tu historia/”.

Las más de las veces, Rafael deja grandes dudas e  interrogaciones; pero se fue, se fue a gozar de un Parnaso de blancura y diafanidad. Ante una lápida de tristeza tenemos que reclamarle con sus propios versos, como si ellos hubiesen sido elaborados ex profeso para la ocasión: “cómo se te ocurre morirte/ahora/cuando tenemos la obligación de vivir/con esta vida que huele a raíces/… cómo se desborda la vida alrededor de tus/huesos/en la esquina más transitada de la vida/ ¿no ves cómo estorba tu cadáver?/ no obstante/aún respiras hondo dentro de nosotros/en nuestro corazón”.

Gracias, mil gracias Rafael Arias Michelena, entrañable amigo y compañero, admirable coterráneo, tu poesía honda y transparente por siempre arrojará destellos de luz e inspiración.

¡Adios, por siempre adiós, Rafael! Quienes, por nuestra voluntad hemos asumido humilde y sencillamente la trinchera de la cultura, seguiremos codeándonos contigo, para continuar soñando en una Patria nueva, más grande que la soñada por Carrión, o quizá colaborando en la consecución de anhelada paz e irrenunciable libertad!

 Ibarra, mayo 2019.