Por Marcelo H. Andocilla L.*

La pandemia del SARS-Cov-2, extendida universalmente, ha puesto de manifiesto ante nuestra incredulidad, la finitud humana, la presencia inesperada de la muerte, la precariedad de todo lo material y en nuestra conciencia se ha agudizado el temor, se ha agitado el miedo, la confusión, la incertidumbre.

Entre el miedo y la esperanza

Marco Aurelio por el año 160 dejaría en sus Reflexiones la siguiente donde dice que el tiempo de la vida humana no es más que un punto, y su sustancia un flujo,  sus percepciones torpes y la composición del cuerpo corruptible,  el alma un torbellino, la fortuna inescrutable,  la fama algo sin sentido[…][i] Tras sus grandes victoria militares, vio escurrirse la sombra de la peste viajando con las legiones y diezmando a cientos de miles; él mismo murió en Viena durante su campaña contra los bárbaros germanos, al parecer a causa de la enfermedad relacionada a esta peste, los historiadores creen que se trató de sarampión o de viruela. Luciano de Samosata, par literario del genial Virgilio, habría de decir en sus versos de Alejandro o el falso profeta: “Se percataron fácilmente de que la vida de los hombres está sojuzgada por dos tiranos, la esperanza y el miedo, y de que quien se las arreglara para manejar convenientemente cualquiera de ellos pronto se haría rico”[ii] haciendo referencia a un charlatán llamado Alejandro Abonoteichus y a los hogares que quedaban vacíos en medio de la cuarentena a causa de la peste y el engaño.

Ya antes, en la antigua Grecia, fue tal el impacto de las guerras y de la epidemia que asoló sin piedad a las polis y terminó por llevarse a la tumba al mismísimo jefe ateniense, el gran Pericles, acelerando el declive de la democracia griega y el hundimiento de los antiguos valores.  Atenea, la diosa de la guerra y de la filosofía fue representada en uno de los relieves más bellos encontrados en el Partenón observando una lápida, cabizbaja,pensativa, como símbolo de reflexión. Con un casco corintio y vestida con peplo ático, se apoya en una lanza clavada en el suelo mientras inclina levemente la cabeza, lleva el dedo índice de su mano izquierda a la frente, cavilando, parecería que la deidad abrumada contempla la catástrofe; en estado de contemplación, reflexiona.

En la circunstancia de la tragedia el ser se siente aislado, ajeno a los otros, con un miedo que va más allá de la probabilidad de encontrarse con el virus, sino con el miedo a los otros seres que pueblan su cercanía social y el mundo, y que son vectores del virus. Pero este mundo está hecho no solo de seres sino de poder, ejercido por ellos y  que se expresa en los seres sociales ubicados en clases en una sociedad escindida; y, el aislamiento, rompe aún más la cercanía humana de los similares y es el poder, quien domina, que tiene una concreción también de clase, que impulsa el miedo, genera un callejón sin salida, la desolación, y asegura así erigirse en la esperanza dominante de su clase y  sobre las otras, porque el miedo inmoviliza, debilita, deshumaniza. 

El ser o no ser…

En esta realidad resulta que hemos sido enajenados, en razón que es un ente externo a nosotros que se internaliza en nuestras respuestas fisiológicas, pero no pertenece a nuestro ser, niega nuestro ser, mortifica el cuerpo y arruina el espíritu.  El ser humano, entendido como algo colectivo es el que, de pronto, se encuentra enajenado ante un microrganismo, como ante un Dios que se percibe como algo ajeno, como la otredad, aun cuando no hay en él sino aquello que proviene de la misma naturaleza, incluso a estas alturas, de la misma colectividad humana y que se enajena de ella para constituirle casi en una divinidad mortificante y mortal. Ante la imagen de fatalidad de los hechos, las dudas, el conflicto interior generado, parece que reflexionarían como Hamlet[iii] en la escena primera del tercer acto de su monólogo:

“…

 ¿Que debe
más dignamente optar el alma noble
entre sufrir la fortuna impía
el porfiado rigor, o rebelarse
contra un mar de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?”

Huyendo de la peste, el ser humano trabajador se lanza a retomar su actividad, se incorpora a la vitalidad del movimiento social y a su rol de productor, pero ésta también le resulta extraña, ajena. Emigrando de su refugio cree que en su reproducción vital puede mantener su vida, huye hacia el movimiento, a la acción, a la relación con los otros. Busca corresponderse cooperativamente, hacia la comprensión, la confianza mutua, sin embargo, se percatará que tales valores se ven reemplazados por el individualismo y la competencia en el comercio, en el intercambio de mercancías, él mismo una mercancía que además se ha desvalorizado, en la apropiación privada de su producto y del producto del resto, del producto social y en ella se incluye las formas de vida, su calidad, los productos sanitarios, la salud, la cultura, la historia… unos seres humanos no reconocen en el otro una naturaleza humana común: ven a los otros como instrumentos para satisfacer sus intereses egoístas. En el capitalismo, el trabajo productivo, poseído por los capitalistas, no les pertenece a los trabajadores, les es también ajeno, está enajenado, lo mismo que su producto y derivativamente su propia humanidad y sus relaciones con los demás seres humanos. Su huida a la actividad termina dando vitalidad al capital que es el que se reproduce. La propia energía física y espiritual del trabajador, su vida personal (pues qué es la vida sino actividad) como una actividad que no le pertenece, independiente de él, dirigida contra él”[iv]

El Estado, que es de clase, ejerce una suerte de presión añadida en medio de la “Gran Infección”[v], fomentando la extrañeza, difundiendo el temor, aislándolo y luego obligando a la reincorporación, a fin que el capital no colapse. Incluso la ciencia del capitalismo no atina sino a desarrollar aquello que le permita fabulosos réditos. Todo formulado a mantener la salud global del capital. La enfermedad y la muerte percibida en la peste terminan por revelarse en su desigualdad: los que pueden, logran pagar para mantenerla alejada y así el muerto, aunque lleve cédula, no es ya una persona, es una clase.

La esperanza en la transformación social

Cabe tomar conciencia de la realidad que se nos presenta como tal, es decir “en sí,” para reaccionar reflexivamente, convertir lo que pareciera inamovible en posibilidades. Escapar del miedo en virtud de esas posibilidades y de nuestras capacidades de trascender a través de la acción, el trabajo, la actividad transformadora. Una aprehensión reflexiva del “sí mismo”, pero de responsabilidad de actuar en y para los propios, los cercanos, la clase, la comunidad y para el mundo. No ser vasallos de los acontecimientos ni de los designios de un poder hostil. Lo “en-sí”, los hechos, no nos pueden determinar, sino que podemos hacer de ellos el escenario desde el que habremos de transmutar “el hecho” en “posibilidad” y en transformación, en acción. Transformar si, entre lo “en-sí” que aparece como igual y no susceptible de cambiar al “para-sí”, para la clase, un “para nosotros”, para el ser humano, el único ser capaz de actuar y hacer del hecho una posibilidad transformadora y crear nuevas realidades. Esa nada, que sentimos, deberá precipitarnos a una movilizadora acción de tomar una decisión en libertad. En la conciencia plena de esta necesidad. Somos nosotros quienes elegimos nuestro destino y esto es un reconocimiento optimista de nuestras posibilidades. La condición enajenada, pues, no es algo que pueda superarse teóricamente. Se necesita tener conciencia de esta realidad, pero fundamentalmente la práctica y esa es una práctica transformadora de la realidad, de manera radical, revolucionaria, hacia una sociedad sustentada en formas de solidaridad y cooperación, en la confianza en las personas y en la ciencia, reinventarse  la sociedad que ya se habló en el Manifiesto comunista, sin apropiación privada de la riqueza social, [vi] donde los seres vuelvan a ser dueños de la producción, del intercambio, de sus relaciones, de sus productos,  entendida así como la des-enajenación de la humanidad. Recobrar el poder sobre su vida humana y social; la humanidad puede reapropiarse de sí mismo y retomar las riendas de su historia.


[i] https://www.imperivm.org/biografia-de-marco-aurelio/

[ii] https://elaposentodeloslibros.wordpress.com/2018/01/15/luciano-de-samosata-iv-alejando-o-el-falso-profeta/

[iii] Hamlet: III acto, escena 1. William Shakespeare

[iv] Marx, K., (1932) (2009). Manuscritos de economía y filosofía. Madrid: Alianza Editorial.

[v] Dávila Andrade, César. (1967) (1999) La última cena de este mundo, en Cabeza de Gallo: Casa de la Cultura Ecuatoriana.

[vi] Marx, K., (1845) (2014) La Ideología Alemana, Ediciones Akal, Madrid.

*Medico, ex -docente universitario de microbiología, poeta y escritor.