Por: Xavier Alejandro Andocilla Rojas

Hace más de 10 años la propuesta correísta, que se presentaba como novedosa, ganó el proceso electoral levantando un discurso en el que se proponían desarrollar la meritocracia y la cultura del mérito en todas las áreas del gobierno, que se constituiría en un elemento como contrapartida a lo que antes existía, lo que los correistas denominaron «el compadrazgo». Decían a viva voz que representaban el fin de la argolla y el inicio de la meritocracia.

A este concepto se le acompañaba el criterio de que ellos era la opción para gobernar, ya que se han preparado, estudiado y sacado los mejores títulos en las universidades más destacadas del país y del mundo, discurso muy similar al que fue planteado a finales de la década de los 90’s por Jamil Mahuad, quien decía que él era la alternativa para gobernar porque se graduó en Harvard y sabía como dirigir el país.

Con la finalidad de crear una sociedad a su imagen y semejanza, comenzaron a decretar algunas medidas, entre ellas, la creación del Instituto de la Meritocracia mediante el Decreto Ejecutivo No. 737, que configuró al Instituto como el encargado de regular el acceso de nuevos funcionarios al sector público.

Desde un inicio, trataron de convertir a la meritocracia en el factor común que regule los perfiles de quienes ocupen la administración pública, así se constituyó una serie de requisitos y elementos para acceder a los cargos, como por ejemplo, se exigió a los docentes universitarios que ostentasen maestrías y doctorados para desarrollar su ejercicio profesional, sin importarles si el docente se encontraba capacitado para enfrentar los bemoles de la enseñanza. Así, muchas personas condecoraron sus pechos con innumerables títulos pero no cuentan con la experiencia para explicar lo que ellos han memorizado de los libros.

Pero estas medidas no sólo que regularon a quienes querían trabajar en el gobierno, sino que pretendió limitar los derechos a las personas e imponer requisitos, transformando los derechos en privilegios, es así que a los bachilleres se les exigió un examen de ingreso a las universidades, atropellando la Constitución y dejando sin la continuidad de sus estudios a más de medio millón de jóvenes, a los cuales se les limitó el acceso al trabajo por no tener un título profesional y se les criminalizó generando leyes que los acusaba de ser delincuentes, como por ejemplo la ley zanahoria.

La exagerada exaltación a la meritocracia y las permanentes políticas represivas generaron en el imaginario colectivo que, quienes podían cumplir con los requisitos impuestos, eran súper personas, tan parecidos a lo que describe Nietzche en su obra «Así habló Zarathustra», es decir, eran individuos que se superaban a sí mismos y a la naturaleza humana, se autotitulaban como los “superhombres” o las “supermujeres”    que superaron la esclavitud del ser humano y llegaron a un estado de pureza individual. Por otro lado, los que no cumplían con los requisitos impuestos o criticaban al gobierno eran declarados como los mediocres, personas en quienes no se debía dilapidar recursos e individuos que no merecían tener derechos.

Los “superhombres” y las “supermujeres” eran personas que estaban sobre todo y sobre todos, ellos no se regían por las leyes que sometían al resto de individuos, podían hacer y deshacer, a tal punto que se creían dueños de la verdad, de su puesto de trabajo, de su cátedra y de los alumnos a los que tenían que enseñar, se creían dueños en cuerpo y alma, a tal punto que si el alumno no respondía académicamente tenía que superarse sexualmente. Ahí entendemos la epidemia de violaciones a niños y niñas en escuelas públicas y privadas, el sinúmero de denuncias de acoso y abuso de poder en las universidades.

Pero, mientras se ejecutaba esta política Estatal por más de 10 años, se iban presentando denuncias que contradecían la validez de la meritocracia y se configuraba la idea de que este pomposo concepto era solo una justificación para que muchos organismos sean dirigidos por hombres y mujeres cercanas al gobierno, como por ejemplo: el CNE, las Cortes de Justicia, el Consejo de Participación y Ciudadana y Control Social, etc.

Luego de transcurridos más de 10 años, han demostrado que el discurso de la meritocracias no es nada más ni nada menos que un componente más de la ofensiva de dominación ideológica impulsada por el Correísmo, empleada para desmovilizar y golpear los anhelos de cambio y transformación que tienen los sectores populares por construir una sociedad nueva.

Este concepto de la meritocracia no es nuevo, es tan viejo como han sido las clases sociales y la lucha entre ellas. Mientras exista un grupo reducido de personas que se apropien del trabajo de otros, seguirá existiendo la imposición de conceptos que permita dominar una clase sobre otra, es por eso que Marx decía que «la ideología de las clases dominantes es la ideología dominante». De ahí entendemos el criterio de Platón de que la polis debía ser dirigida por los filósofos, ya que solamente ellos podían desarrollar una radical reforma moral que serviría para remediar los males de la polis, criterio que fue blandido en momentos que los esclavistas necesitaban remachar las cadenas de dominación a los esclavos. Por otro lado, se presentó el derecho divino e impuso a los reyes como gobernantes bajo la voluntad de una deidad y los monarcas respondían de sus acciones solamente ante este dios que los eligió. La burguesía teorizó y justificó su dominación hablando del origen de la desigualdad y argumentando que se encontraba en el orden social, el mismo que ha corrompido a los hombres alterando sus costumbres e inclinaciones naturales, además señalaron que el origen del poder era una convención humana, haciendo creer a los dominados que ellos podían escoger a sus tiranos.

En estos más de 10 años, Los “superhombres” y las “supermujeres” se han desenmascarado y evidencian su naturaleza. Se han presentado denuncias de cómo la meritocracia ocultó sus verdaderas condiciones y sus objetivos políticos, por ejemplo Pedro Delgado, primo de Rafael Correa (ex presidente del Ecuador), fue presidente del Banco Central del Ecuador cuando se hizo pública una investigación de la falsificación de su título de economista en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Otro caso es el del ex vicepresidente de la república Jorge Glas, a quien se le descubrió el plagio de una parte del marco teórico de las tesis de grado; existieron denuncias en la que se señalaba la utilización de su cargo en el gobierno para defender y ocultar a su padre que fue acusado de violador. En la actualidad se encuentra en la cárcel por asociación ilícita relacionada con actos de corrupción.

Caso similar es lo sucedido con los hermanos Alvarado y las irregularidades en la consecución del título de doctores en Ciencias de la Comunicación Social en la Universidad Nacional de Loja. Ellos tienen acusaciones por irregularidades de sus empresas y negocios, razones por las que la Jueza nacional Sylvia Sánchez dictó prisión preventiva a Fernando Alvarado mientras Vinicio se encuentra escondido fuera del país. Siguiendo las enseñanzas de la meritocracia de los hermanos Alvarado, le siguió la posta su sobrino Iván Espinel, quien fue arrestado mientras era Ministro del MIES por tener vínculos a delitos de enriquecimiento ilícito.

No se pueden olvidar las irregularidades de la ex presidenta de la Asamblea Nacional Gabriela Rivadeneira, quien llegó a su puesto legislativo sin tener un título profesional y al poco tiempo de ser electa en la dirección de la Asamblea le fue otorgado su título de tercer nivel, hecho que fue cuestionado por la opinión pública, que formuló interrogantes en la forma de la consecución de este título.

En estos últimos días se presentó una nueva denuncia que confirma la mediocridad y la improvisación del criterio de la meritocracia, tiene que ver con la anulación del título de posgrado que realizó la Universidad de Guayaquil a la ex vicepresidenta María Alejandra Vicuña. Según el acta de Consejo Universitario reunido el 9 de abril de 2019, dispuso la anulación del título de máster en Administración de Empresas con mención en Recursos Humanos y Marketing.

Es por eso que los “superhombres” y las “supermujeres” pasaron de la meritocracia a la mediocridad correísta, pasaron de querer aparentar una propuesta novedosa a ser parte de la vieja y conservadora política de dominación a las clases populares, la meritocracia no es nada más y nada menos que una política de elitización e improvisación que busca ocultar los intereses de las clases dominantes.