Por Francisco Garzón Valarezo

En la década del 70 unos primos de mis primos venían a Machala desde Loja a estirar las piernas y tomar el sol en las playas de Jambelí. El padre de los muchachos era un retaco blancote, ancho, nervioso, de ojos vivaces, con traza de campeón supremo en alguna cosa, pero lo que más me inquietó fue la potencia de su voz rigurosa.

¡Kruskaya! ¡Kruskaya!

Así se llamaba una de sus hijas y reclamaba su presencia. Por alguna intrincada razón ese nombre se me quedó en la mente. Ella era casi una joven, fortachona, las mejillas y la frente rojas por el calor. En Machala siempre ha hecho un calor parejo al de los desiertos de Australia y ver a estos chicos sofocados y aterrados con la idea de subirse a una lancha era para mí un secreto goce. Los acompañaba hasta el muelle y allí el padre asumía el poderío del comandante de un submarino ruso y a punta de bramidos lograba que aborden la barca.

Después de muchos años torné a escuchar que el nombre de la esposa de Lenin, era Krupskaya, que a la final no es nombre sino apellido, pues su padre se llamó Konstantin Krupskaya y bautizó a su única hija con el nombre de Nadiezhda. Sometido al traductor de Google Nadiezhda quiere decir “esperanza”, y Nadia, “Esperancita”.

Este 26 de febrero se cumplen 151 años del nacimiento de esta gran dirigente de la Revolución Rusa y nos corresponde resaltar los méritos de tan extraordinaria mujer, pues la gran prensa arrincona a propósito las fechas emblema de la vida de los revolucionarios mundiales y si alguna vez se acuerdan de ellos es para infamarlos.

Nadiezhda Krupskaya tenía una cultura universal asombrosa. Se ganaba la vida traduciendo documentos, escribía cientos de cartas en clave y hacía seguimientos de las direcciones y seudónimos de sus camaradas, llevaba las finanzas del partido, escribía para el periódico y a más de eso pulía en revisiones críticas las obras de Lenin antes de publicarlas, esto llevó a los rivales políticos a comentar que era Krupskaya quien escribía los textos.

Redactó cientos de documentos y según los entendidos, su mejor obra es “Gente, Educación y Democracia,” aunque para mí, “Días de octubre” y “Mi vida con Lenin” son la excelencia.

En el gobierno desarrolló una imponente actividad en el campo de la enseñanza. Recordemos que antes de la Revolución más del 75 % de la población rusa era analfabeta; propuso leyes, creó fundaciones culturales y editó un gran número de publicaciones para la educación pública.

Cuando Krupskaya cumplió 70 años Stalin le envió un pastel, al siguiente día murió. Esto abasteció la torpe fantasía de los enemigos que enseguida estiraron la lengua vociferando que la habían envenenado. La verdad es que Krupskaya nunca probó el pastel porque estaba muy enferma.

Así fueron siempre los retrógrados, así son ahora. Se la pasan inventando cosas para deformar los hechos. Todo patriota, todo luchador es blanco de sus ataques.

Recordamos el natalicio de Krupskaya y su lucha por superar la idea del feminismo como una lucha entre sexos y la convirtió en lo que debía de ser: en lucha de clases por la emancipación de la mujer y por el socialismo.