Por Marcelo Andocilla L.

Por los años de 1515, en derredor de la mesa de trabajo de un apacible zapatero romano y mientras manufacturaba sandalias a punta de martillazo templando la suela en la plancha puesta en el filo de su muslo, solían reunirse varios amigotes de la cuadra y sus alrededores quienes se entretenían hablando de los demás y de temas para entonces de gran actualidad. Hablaban por ejemplo de una peste que se extendía por las calles de Florencia, era la bubónica, y de cómo se morían los miserables contagiados; de los ladronzuelos y de los verdaderos ladrones, los unos pobretes desarrapados y los otros encumbrados, bien vestidos, engalanados y muy bien ubicados, pretendientes de nobles; de los embusteros y aduladores que consiguieron carguitos irrisorios en el reino sin tener méritos suficientes o mostrando largas listas de títulos de dudosa procedencia para llegar a ser considerados caballeros(as) o ascender a cortesanos inútiles que no conseguían mejorar la condiciones de la localidad, burócratas del rey en los que ni el mismo confiaba; de los adúlteros sorprendidos y perseguidos entre los tejados, calles y plazas de la ciudad a los que a pedrada limpia, les seguían sus mujeres cargadas de hijos; de los amoríos, a escondidas y tras los altares, de curas mancebos mientras daban sermones de buen comportamiento a sus feligreses; de los que en estado etílico luego de la jerga atropellaban con sus caballos y carruajes sin miramientos a los súbditos y plebeyos que cruzaban boquiabiertos la calzada; a los que adquirieron carruajes,  tierras y mansiones sin haber tenido medio en que caerse muertos; y desde luego, de la astucia de todos éstos que les permitía sobrevivir en medio y el miedo del poder.

Se afirma que hasta el santo Papa estuvo alguna vez en boca de estos vagos mundanos, aunque en realidad se metían con los nobletes de más baja ralea, aspirantes a ser encumbrados. Tenía, el zapatero, la virtud acumulada de saberse muchos dichos picantes y chistosos, producto de estas reuniones en su tienda de trabajo. Qué y quién  no se escapaba de éste y sus amigos, de tal manera que aquellos que se sentían bajo su ojo y lengua preferían darle más zapatos a fin que no se preocupara de ellos y de paso participar de las conversaciones sobre otros; algunos aparentaban remorderse del coraje, aunque ciertamente les alagaba haber sido tomados en cuenta en las reuniones del zapatero porque les sacaba del anonimato en la pequeña población. El zapatero era, en última instancia, odiado y tolerado, pero festejado por el populacho.

Como la historia es bastante injusta, revisemos algunas conclusiones de quien fue éste: los que investigaron de quien se trataba el remendón llegaron a conocer que su nombre era Pasquino; pero, utilizando técnicas muy conocidas entonces como la entrevista de boca a boca y el seguimiento paso a paso, ahora investigación exploratoria, descriptiva, traslacional… y otras novelerías de la época, y sin contrastar la información recibida configuraron diferentes versiones: unos decían que no era zapatero sino barbero, otros que era un Profesor de Gramática Latina que daba clases en la plaza, también se determinó, con evidencias, que ese nombre llevaba uno de los personajes del Decamerón de Boccaccío, quien ingiere una planta medicinal de cuyo veneno muere. Inclusive hay quienes afirman que se trató de un Gladiador romano, ídolo del pueblo, muchos de sus rivales cayeron para siempre bajo la estocada de su certero puñal.

En todo caso este buen hombre, o quizá mujer también, él o la, llegó a ser muy considerado por sus coetáneos que festejaban las historias contadas, noticias, dichos y acusaciones muy esperados; otros caballeros y  caballeresas de gran medianía y con ansias de notoriedad afirmaban públicamente haber sido tomados en cuenta e incluso, llegaron a inducir fábulas sobre ellos mismo diciendo que provenían del famoso zapatero, pero claro, siempre diciendo ¡infamia¡, ¡cobardía¡ que me han dicho, o que le han dicho a un tercero, tomándose así el duelo; otros en cambio querían ser él, o al menos como él.

En fin, Pasquino adquirió mucha fama tanto que luego de su muerte, cuando el municipio decidió levantar la calzada para arreglar la calle donde vivía, hallaron el tronco de una estatua antigua tallada en mármol blanco; al parecer, un fragmento de una obra helenística del siglo III y que representaba a un guerrero. Le colocaron en la plaza delante de la zapatería y todo el pueblo junto, entre aplausos y vítores, le dieron el nombre del difunto: Pasquino. Aunque dicen que fue el propio gobierno imperial quien ordenó se levante la estatua en  su honor por haber contribuido a desenmascarar a los malos elementos del gobierno de su majestad. Bien merecido, así deberían hacer.

Desde entonces se tomó la costumbre de colgar del cuello de la estatua, o dejarlas al píe, las sátiras dirigidas a personajes públicos considerados importantes; allí se intercambian notas y comentarios llamados, según el español, pasquines.

Al Eugenio de Santa Cruz y Espejo le acusaron, aunque así debió haber sido, de colocar clandestinamente pasquines en las cruces de las iglesias…y a las mazmorras se le envió. Y al Juan Montalvo le dijeron que sus escritos eran pasquines, y ¡cómo  los enfrentó! “vejestorio ridículo” “que ha fuerza de apellidos se va quedando sin nombre…” le dijo nada menos que al Secretario de la Real Academia de la Lengua. Les persiguieron hasta la muerte, en la cárcel el primero y en el destierro el segundo. El Gabo escribe la “Mala hora” dedicado a los pasquines que inquietan a Macondo, donde al parecer convivían familias  que “parecían tener la sangre dulce para la murmuración” afirma; y que estos “solo dicen lo que ya anda diciendo la gente”, sentencia en boca de Roberto Asís.

Desde luego hay “pasquineros” de uno u otro peso específico, y hasta de mala muerte; sin embargo en ellos, de primera o de segunda, se encuentra el peso  de la palabra, afilada por la lengua, que apunta al poder.

La palabra, ese artilugio donde todo se intercambia; todo se revela, aun la esencia de las cosas inasibles se hace a través de la palabra. La palabra aparece indestructible y por eso amenazada. Los que la ejercen siempre serán incómodos a los absolutistas, a los censores y aprendices de censores, a los intolerantes, incluso a los vanidosos de poca monta. Aún los de mediocridad extrema y manifiesta se ven desnudos en sus acciones por la palabra que juzga sus medianías, y éstos buscan a sus autores aunque sean también de poca monta: ellos y sus palabristas que les tomaron en cuenta, sin merecerse. Se grita: ¡pasquín!, “investigar y perseguir al pasquinero, a sus cómplices y encubridores”, así mismo corre el ladronzuelo de barrio gritando “cojan al ladrón”, como si la culpa fuera del pasquín y no de los pecados que los denuncia, aunque ya todos lo sabían.  Y los hay quienes festejan el pasquín que trae noticias de otros y se “enfurecen” cuando hablan de ellos. En el fondo hay cierto tufo de orgullo de segunda por haber sido tomados en cuenta.

Aunque algunos si, verdaderamente tiemblan y le temen, y por eso recurren a manifestar su poder a través de prohibiciones. Negar los mensajes, afirmando prohibiciones. Como diría Montalvo «“…pide el tirano el exterminio de los hombres de saber y entender a quienes llama  “herejes” porque no saludan su avaricia, ni mandan parabienes a su “lujuria”. Y se protege exclamando que se trata de “levantar falsos testimonios” para mandarlos a expiar públicamente sus almas, o a pagar diezmos y primicias para enmendar el “honor”». Atemorizar, para tratar de ganar autoridad.

A la era digital en el twiter, el Facebook, el blog o la sencilla comunicación por documento, Pasquino sobrevive. La sátira no morirá, la denuncia ácida, la palabra que pervive en la clandestinidad; siempre alguien, algún atrevido, colgará en las estatuas, en  los muros o en las pantallas lo que se oculta, aquello que la hipocresía y el poder, o los que se creen que les han dado algo de poder y que en el fondo no tienen nada, vacíos, esconden. Esconden su vacuidad, son desenmascarados.

El pasquín seguirá siendo una arma en la lucha clandestina contra del dominio. Como el Quijote cubierto en su armadura, “embiste con los que encuentra, si los tiene por malandrines y follones, esto es, por hombres injustos y opresores…” (J. Montalvo) o como reclamaría el poeta de los pueblos: “en la lucha de clases, toda arma es buena/la piedra/ la noche/ el poema.”

¡Vive Pasquino,…!