Por William Pazmiño Olvera.

Es el funeral de George Floyd. La religiosidad se entrelaza con las vigorosas protestas callejeras. Su vil asesinato a manos de 3 policías de Minneapolis genera una serie de reacciones en todo el mundo. Movilizaciones multitudinarias se desarrollan en las principales ciudades de los EEUU, cuyas autoridades las descalifican por atentar a la seguridad y la propiedad privada. Las muestras de solidaridad en Europa, Australia, medio oriente y América Latina no sean hecho esperar, con ello la condena a una nación con un largo historial de abuso, sometimiento y explotación a los negros que habitan desde hace siglos en la tierra del Tío Sam.

El desarrollo económico de los Estados Unidos se debe en gran parte al trabajo de millones de inmigrantes y de negros llevados como esclavos, quienes realizaban extenuantes jornadas en las minas y en grandes plantaciones agrícolas principalmente en los estados del sur, donde la producción y exportación de algodón y tabaco generaban ingentes recursos a los terratenientes. La lucha por terminar con la esclavitud data desde los albores de la colonia y culmina con la abolición por la proclama de emancipación en 1863 durante la guerra de secesión, donde en combate ofrendaron sus vidas casi 40 mil esclavos. Distinta a su lucha, que consistía en romper sus cadenas, el interés del presidente Lincoln y de los líderes de la Unión, no era humanitaria, buscaban proveerse de abundante mano de obra para fortalecer la creciente actividad industrial de los estados del norte. El capitalismo, desde la abolición, hasta nuestros días, explota con avaricia a los trabajadores, particularmente a los negros y latinos. El racismo y la discriminación están enraizados en la sociedad americana, es un flagelo sutilmente justificado por los grupos de poder.

En la lucha por los derechos civiles, dos destacados activistas sobresalieron de entre las multitudes. Martin Luther King sonó que “algún día los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, podían sentarse juntos a la mesa de la hermandad”, “frente al odio se debe responder con amor”, afirmaba. Malcolm X entendía mejor el problema. Frente a las críticas de los “actos vandálicos” expresaba: “La violencia solo trae violencia. Si un hombre blanco me maltrata y yo le respondo, él gana por su ley, pero si el blanco me pega solo por ser negro y no me defiendo, tengo el derecho a levantarme contra esa ley”. Las combativas movilizaciones responden a ese principio. La postura de los medios se limita a atiborrar sus noticieros con una insignificante impugnación moral, mientras el rudimentario Donald Trump exige mayor represión. La pistolera idea, parecería propia de la cabeza deshabitada del presidente, pero no, el llamado recoge la posición histórica de los gobernantes de turno.

En el país de la democracia y de las oportunidades no existe igualdad étnica, peor económica. en consecuencia, la lucha no bebe limitarse a la tolerancia, ni tampoco al comprensible derecho a no ser maltratado. Una anhelada aspiración es mejorar las condiciones de vida de los afroamericanos.  El mismo Malcon X vociferaba: “los negros no solo debemos tener el derecho de sentarnos en una mesa junto al blanco, sino también el derecho a ser propietarios de dichos negocios”. Aspiración justa pero un tanto esquiva. La economía americana está en crisis, es más, pronto cederá la corona de primera potencia frente a China y posteriormente frente a India. La historia en lo positivo, narrará su legado en la música y el deporte. El jazz, el blues, Rock & Roll, la música disco, el béisbol, el básquet y el box, tienen como principal protagonista a la comunidad negra.

Los servicios fúnebres se prolongarán en tres ciudades más. Se auguran nuevas protestas hasta lograr la condena de los policías implicados en el asesinato. La muerte de George Floyd aflige a la colectividad, pero no le es indiferente. “Ninguna persona es una isla: la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.  Ernest Hemingway.