Por: Sandra Peñaherrera

Las resoluciones de suspensión de los reinados de belleza, tanto por el Municipio del Distrito Metropolitano de Quito como por el Gobierno Autónomo Descentralizado de Latacunga, son hechos que constituyen en un importante avance en materia de protección, garantía y progresión de derechos.

Partamos señalando que el criterio de  belleza, de hermosura, el encanto,  lo bonito, lo atractivo es una apreciación subjetiva; es decir, están basados en los sentimientos, las emociones, lo que para unas personas puede ser bello para otras personas no lo es.

Los certámenes o concursos de belleza se han convertido en escenarios en donde se recrean y perpetúan las condiciones de inequidad y discriminación, en el marco de unas determinadas condiciones históricas  que vive la sociedad, en la cual han sido normalizadas y justificadas.

No se trata solo de discutir y vale o no un reinado de belleza,  sino de poner sobre la mesa del debate otros factores más relevantes que van en perjuicio de las mujeres y que son el resultado de estos reinados, por ejemplo: la cosificación de la mujer que la deshumaniza y la convierte en un objeto y no en un sujeto de derechos, peor aún en espacios de poder y de toma de decisiones; la mercantilización del cuerpo de la mujer como un mecanismo de degradación de las mujeres y de normalización de la violencia, además que la autonomía del cuerpo de la mujer nos ha sido negado desde la misma división sexual del trabajo y nos ha sometido y esclavizado; la hipersexualización infantil que promueve en las niñas particularmente, la reproducción de estereotipos de conducta basada en el erotismo y deseo sexual, así como también en el imaginario de la “perfección” impuesta por el mercado; los trastornos alimenticios que han conllevado a la proliferación masiva de enfermedades como la bulimia, anorexia, entre otras, generando impactos negativos en la salud de las niñas y adolescentes y en varios casos causando su muerte.

Estos factores no son hechos aislados, al contario deben abordarse en el contexto del tejido social, de las relaciones entre hombres y mujeres, en el desarrollo de patrones socioculturales y en la construcción de subjetividades femeninas; que por cierto, se encuentran arraigados en la sociedad y en las familias y que en niveles de descomposición social se convierten en detonantes de violencia en contra de las mujeres, los concursos de reinas promueven prácticas de competitividad desleal y violencia simbólica.  

Pierre Bourdieu y Rita Segato definen a la violencia simbólica como un tipo de violencia insensible, invisible, sutil y efectiva; por lo tanto, sostienen la estructura patriarcal y todas sus condiciones de inequidad y desigualdad, solo basta con algunos ejemplos que demuestran está afirmación; como la humillación, las bromas machistas, la publicidad sexista, la invisibilización, la desvalorización, sumados a los factores económicos, sociales, al menosprecio estético y a la descalificación intelectual  que se evidencia como algo “natural” en este tipo de eventos.

Como mujeres y como lideresas, estamos en condiciones de ser innovadoras, creativas;  para trabajar en los campos de la cultura, la ciencia y la tecnología; aprovechar nuestra relación con otras mujeres, hombres, niñas,  niños, adolescentes, jóvenes, adultos; para promover en la sociedad, la necesidad de transformarla y construir un mundo nuevo donde prevalezcan los  valores de la libertad, la justicia, la vida y la solidaridad, no necesitamos reconocer y calificar la belleza,  necesitamos implementar nuevos métodos de inclusión que garanticen la equidad.

La decisión de algunas Instituciones del Estado de eliminar los concursos de reinados es un avance sin duda, y ratifican que con la  lucha hemos conquistado victorias y vamos ganando razón en amplios sectores sociales. Debemos insistir en la visibilización  de la violencia estructural contra las mujeres, en identificar las causas de la desigualdad y la dependencia, sostener con firmeza la defensa de nuestros derechos