El enemigo como cortina de humo en el «Nuevo Ecuador» de Noboa

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Por: Remo Cornejo Luque

‎Desde los tiempos de Carl Schmitt, la política se ha definido por la distinción fundamental entre «amigos» y «enemigos». No es una casualidad ni un error de cálculo; es una herramienta de control diseñada para cohesionar a las masas. En el Ecuador actual, el gobierno de Daniel Noboa parece haber comprendido que cuando las soluciones estructurales faltan, los culpables deben sobrar.‎

‎La declaratoria de conflicto armado interno fue el primer gran hito de esta narrativa. Al catalogar a 22 bandas como «terroristas», el Ejecutivo trazó una línea ética: «están con el gobierno o están con los criminales». Esta lógica de guerra no solo justifica el uso de la fuerza, sino que sirve para silenciar cualquier crítica, bajo el argumento de que cuestionar al poder es, de alguna forma, favorecer al enemigo. Es el uso del miedo como el pegamento de una aprobación popular volátil.‎

‎Sin embargo, detrás de la espectacularidad de los operativos y el discurso bélico, existe una realidad incómoda que el ruido mediático parece asfixiar. Mientras el gobierno se enfoca en el «enemigo interno» en las calles, informes internacionales sugieren que las estructuras logísticas del narcotráfico operan con una eficiencia alarmante. Se ha planteado que, paradójicamente, durante los estados de excepción, las exportaciones de droga desde puertos ecuatorianos han mantenido una dinámica constante o creciente. Todos nos preguntamos, ahora que están de moda los allanamientos selectivos, ¿Y para cuándo la fiscalía empieza el allanamiento de las empresas Noboa Trading Co.  y Blati S.A. que están involucradas en la exportación de drogas? Ante los ojos del mundo, se nota entonces que la «guerra» se libra contra el eslabón más visible, mientras se mantiene una sombra sobre los nodos económicos y de lavado de activos que sostienen el negocio global.

‎‎Esta fabricación de enemigos actúa también como un paraguas frente a los crecientes cuestionamientos éticos del régimen. Al señalar a un adversario, el gobierno intenta distraer a la ciudadanía de las alertas de corrupción detectadas en su propia gestión, incluyendo polémicas en la contratación pública para enfrentar la crisis energética. La polarización busca que la mirada pública no se detenga en el nepotismo o en la opacidad administrativa, transformando la integridad en un eslogan mientras las sospechas de irregularidades se acomodan en los despachos oficiales.

‎‎A esta distracción se suma la construcción del enemigo institucional. Al señalar a la Corte Constitucional o a la oposición como bloqueadores del progreso, Noboa construye un relato de victimización heroica. En el camino a las elecciones de 2027 y 2029, el correísmo sigue siendo el villano perfecto de ADN para polarizar a un electorado que, distraído por la pugna de bandos, olvida exigir respuestas sobre el desempleo, el alto costo de la vida y el deterioro de la salud pública.‎

‎Gobernar mediante la fabricación de enemigos es una estrategia de corto aliento. Un país no se construye derrotando a un adversario de turno, sino resolviendo la vida de la mayoría de la población ecuatoriana. Mientras la atención se desgasta en el conflicto del día, los problemas reales —y los negocios ilícitos de gran escala— siguen ahí, operando en la oscuridad que dejan los «shows» y la retórica oficial.

 ¡El correísmo no es la solución a los problemas nacionales, es más ya gobernó una década y Noboa no tiene la talla de estadista, al servicio de los intereses de los trabajadores y pueblos, para seguir gobernando!

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