Por Francisco Escandón Guevara
Atrás quedó el sueño americano; la tierra prometida de libertad y oportunidades del Tío Sam se convirtió en un coto de caza de migrantes acusados de amenazar la seguridad nacional norteamericana.
Para Trump ellos son invasores, son los responsables de la desestabilización, del terrorismo, del narcotráfico, de la trata de personas y del espionaje deliberado de sus rivales políticos. Ellos, los desplazados de sus países de origen principalmente por condiciones socioeconómicas, son calificados como enemigos y hasta como animales por el presidente estadounidense.
Tan perverso es ese discurso como lo son los repudiables actos de ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos). Las redadas en escuelas, hospitales e iglesias, los asesinatos en operativos, la represión injustificada, las operaciones militarizadas violentas, las condiciones inhumanas y maltratos en los centros de detención, las deportaciones a terceros países, etc., son aberraciones miserables que no tienen justificación alguna.
Trump y ICE atropellan los derechos humanos de quien se ponga por delante, criminalizan a los migrantes desde un desprecio racializado que juzga acentos, apariencias físicas y códigos postales como evidencia de delito. Estas prácticas son semejantes a las ordenadas por Hitler y ejecutadas por los nazis contra los judíos y los comunistas.
Los recientes asesinatos de Renee Good y Alex Pretti, la detención arbitraria del niño ecuatoriano Liam Conejo y su padre, desataron movilizaciones multitudinarias en los propios Estados Unidos de Norteamérica y la condena de casi toda la comunidad internacional, salvo de los aduladores de Trump. Uno de ellos es Daniel Noboa, lejos de solidarizarse con los compatriotas apresados, de exigir disculpas diplomáticas y reparaciones inmediatas, actúa con silencio cómplice que lo pone del lado del agresor.
La huella de la administración Trump es la sumatoria de la profundización de las políticas xenófobas, racistas y anti migratorias; junto a la amenaza e invasión de países y pueblos dependientes, la exacerbación de las disputas entre las superpotencias y el impulso de la ideología fascista. ¿Eso también defiende Noboa?
Trump actúa como un rey de un reino en decadencia, Noboa como un súbdito incondicional. El imperialismo no es la solución, tampoco el arlequín que aplaude y baila sin gracia. El país y el planeta merecen un presente y futuro mejor.
